Armín Puerto “El Maya”, in memóriam
Antonio Rivera Rodríguez
Despuntaba la mañana del miércoles cuando un duro golpe de tristeza hizo rodar el día. Armín Puerto “El Maya” salía en triunfo por la puerta grande del ruedo de la vida.
De conocer la infausta noticia a tener enfrente una fotografía eterna, sólo hubo un minuto. La verónica en su personal interpretación. El lance que huele, duerme, muerde, duele y muere para no morirse.
La imagen nació para siempre en una plaza importante de provincia, de las varias del interior del país en las que el maestro Armín dejó huella. El capote suave que envuelve y seduce la brava embestida. El brazo conduce y convence, no arrebata. El mentón hundido en un tórax entregado y la cintura se disuelve y acompaña. El compás abierto y decidido carga la suerte y clava la zapatilla adelante. La pierna izquierda, grácil, sólo sostiene el eje fundamental para firmar esta bella obra artística. Me agita la inquietud de interpretar el fondo esencial del movimiento cautivo en ese instante: Vocación y concepto… Está claro. Personalidad y convicción, sin duda. El toreo es grandeza. Y es misterio. Grande que habrá sido el alma torera de don Armín Puerto al desentrañar esos profundos misterios artísticos que gravitaron tantos años entre su corazón volcánico y su espíritu de héroe antiguo.
La vida torera del maestro Armín Puerto “El Maya” tuvo dos manantiales de generosidad incomprendida: su memoria de torero con fuerte personalidad y estilo propio que coleccionó infinidad de vivencias y anécdotas en tantas plazas y tantas tardes y tantas faenas que hizo suyas para siempre.
Elaboró con puño y letra un extenso libro manuscrito compuesto de hojas sueltas que alguien, algún día, tendrá que publicar como fue su infinito anhelo. Al escucharlo hablar de su libro, supe que su anhelo de verlo impreso no obedecía a un gesto de autocomplacencia sino a la necesaria aportación de su propio capítulo a la historia de la tauromaquia yucateca, de la que fue un protagonista insustituible.
La otra vertiente generosa de su vida de torero la concibió como una necesidad inevitable, casi como una adicción personal: la enseñanza del toreo a las nuevas generaciones de vocaciones toreras, especialmente de su amada Hunucmá, donde fundó la escuela taurina “La Verónica”.
Vestidos de traje corto, varios de sus alumnos lo acompañaron en la misa fúnebre con lágrimas de aprendices que aún no entienden la ausencia de su maestro, que pocas horas antes de su partida desbordaba la ilusión de torero antiguo al imaginar sus triunfos en el festival del próximo 13 de febrero. Para los novilleros que se acercaban a él siempre tuvo un consejo técnico, una lección taurina, alguna sugerencia artística y siempre una enseñanza generosa.
Un velo de profunda tristeza cubre el ambiente taurino. Nos hace falta creer que el domingo lo veremos en la plaza de toros, enfundado en su filipina blanca y tocado con su sombrero de ala ancha y un poema manuscrito y fresco en la bolsa.
Su figura de inexplicado quijote victorioso, romántico y gentil, con gesto duro y trato cálido, de mirada intensa y transparente, estará siempre presente en el recuerdo y en la memoria común cuando se hable de los íconos del toreo peninsular, de ídolos de muchas ferias, de poetas populares y genuinos y de toreros valientes y hombres honrados y nobles donde los haya.
¡Gloria eterna, maestro “El Maya”! Vaya hacia la eternidad como torero en triunfo grande, que la faena de su vida ya es inmortal…— Mérida, Yucatán
