Picadores y banderilleros, con pancartas, defendiendo su sustento
Picadores y banderilleros, con pancartas, defendiendo su sustento

Amigos aficionados…

La fiesta de los toros vive un momento de trascendencia, vital para su sostenimiento. Aquí, allá, en todos lados. Pero, siendo sensatos, necesitaremos, además de un ordenamiento justo, mucha paciencia. Muchísima. Y vean ustedes…

Cuando cruzaba la calle para llegar a la acera de la Plaza Mérida el domingo pasado, en la corrida del aniversario, frente al coso había la clásica manifestación antitaurina. ¿Cuántos? ¿Diez, veinte, treinta?

El número importa poco. Unos querían cerrar el paso a quienes intentábamos atravesar la calle. Cuando los subalternos que actuarían en el festejo pasaban, salieron a agredir verbalmente, a incitar violentamente. Una persona, con manta en manos, se plantó frente a nosotros gritándonos casi a la nariz “asesinos”. Igual llegó ante un picador que caminaba con su equipaje, acosándolo, casi tirándolo. Era, de verdad, no triste, sino lamentable que los protestantes quieran que los que sí gustan de los toros se mueran, que la plaza donde había cientos de personas se cayera. ¿Desear la muerte de un ser humano es algo propio? Y que ellos se acercaran a azuzar a los que actuábamos en paz, y solo queríamos ir a lo que nos gusta y apasiona, ¿no es un acoso? Los agentes de policía miraban y miraban a dos, tres metros, viendo todo el intento de los antis contra nosotros y solo actuaron para decir: “Por favor, no los provoquen, ellos solo están protestando…”

Por Dios: si ellos estaban provocándonos. Y eso es lo que da pie al título: “El mismo por qué de siempre”. ¿Nosotros somos los violentos?

Y luego, vi todo lo de la Plaza México. ¿Entonces? Gaspar Silveira Malaver

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