Los ganadores del Maratón de la Marina de 2024 triunfaron en la edición 2025 y ya están pensando en regresar para llevarse la de 2026.
El keniano Stephen Ndege, como si fuera un paseo de Mérida a Progreso, se llevó por segunda ocasión seguida la prueba estelar del Maratón de la Marina, en una edición 36 que reunió a más de 2 mil corredores en tres modalidades. También en damas la reina fue la misma de la categoría estelar, Micaela Rayo Reyes, quien no pasó apuros para eregirse ganadora, en una mañana en que el bochorno hizo mella en la gran mayoría de los que tomaron las dos salidas, la de los 42.195 kilómetros, en individual y en relevos, y el medio maratón (21 km).
El tiempo de los ganadores absolutos fue de 2:35.57 horas para Ndege, de la categoría submáster, y 2:50.41 para Micaela Rayo, en máster, arriba de lo logrado un año antes. Ambos ganadores absolutos se llevaron la bolsa especial de 30 mil pesos, de un total de $350 mil repartidos en toda la competencia.
El Maratón de la Marina recuperó su derrotero original de Mérida a Progreso, como cuando se corrió por primera vez, en 1973.
En plena madrugada se escucharon los disparos de salida a unos pasos del Monumento a la Patria, en Paseo de Montejo. Los atletas de sillas sobre ruedas fueron los primeros en salir y luego lo hicieron los del maratón, poco más de 300, tomando primero las calles céntricas de la capital, con rumbo a Progreso, sobre la Prolongación de Montejo.
Y desde allá Ndege se despegó. Desde antes de cruzar periférico ya se veía como trámite su arribo a la meta, ubicada en el malecón de Progreso, frente al Museo del Meteorito. Decenas de personas esperaban a los corredores, entre vítores.
El trayecto dejó ver el esfuerzo de los corredores por el bochorno que se sentía a pesar de que amanecía cuando se realizaba la carrera. No es fácil correr en esas condiciones, menos en estas épocas del año. Y eso que el maratón salió a las 4:30 de la mañana, pero el tempranero amanecer complicó a todos.
Los momentos especiales se vivieron, como siempre, en el tramo final, entrando por el Monumento a Juan Miguel Castro. Los metros que faltaban para cruzar la meta fueron impresionantes para todos, ya con los fondistas casi fundidos, pero la carga motivacional llegaba con el apoyo irrestricto de quienes estaban detrás de las vallas.
Eso hacía más grande y emotivo el cierre. Damas y caballeros no podían ocultar sus emociones. Unos gritaban de felicidad, casi al borde del desmayo, otros caían rendidos apenas superaban el arco de meta.
“Este es el maratón más duro de Mexico”, dijo un corredor, que reiteró que desde años anteriores lo bautizaron como el “maratón del infierno o del diablo”. Nada alejado de la realidad que se vive.— Gaspar Silveira Malaver
