El toreo es de verdad, en cualquier plaza del mundo, y sin distinciones de títulos.

Ayer, la tauromaquia estuvo en vilo, con una gravísima cornada sufrida por el novillero Sergio Rollón, en el coso de Valdetorres de Jarama, cerca de Madrid, en uno de los percances más impresionantes del año. Y en la mundialmente famosa Feria de San Fermín, en Pamplona, Rafael Rubio “Rafaelillo” pagó caro un triunfo ante una dura corrida de José Escolar con una paliza impresionante.

Lo de Rollón es algo serio. A media noche de España, fue reportado como “muy grave” en los partes médicos que eran alarmantes.

El novillero fue intervenido con éxito en el Hospital de La Paz después de la gravísima cornada. El percance obligó a suspender el festejo, mientras que el novillero fue evacuado por un helicóptero después de ser estabilizado en la enfermería de la paz. Participante en el Circuito de Novilladas de la Comunidad de Madrid, Rollón intentaba la suerte suprema con el tercer astado de la tarde cuando fue prendido por el pitón y sufrió una gravísima cornada en el triángulo de Scarpa, que obligó a parar el festejo y, posteriormente suspenderlo. El torero fue trasladado de urgencia en helicóptero a un hospital. “Tuvo suerte porque los músculos estaban despegados de la piel, y no se los ha roto el pitón. Es una cornada muy extensa que ha llegado hasta la rodilla, por abajo; y hasta el hueso de la cadera, por arriba”, aseguró su apoderado. Impactó la cornada, los chorros de sangre y la forma en que, con las emergencias, se desplegaron autoridades y médicos para la atención. el helicóptero sobrevoló la placita entre ovaciones de respeto de los aficionados.

Y en Pamplona, Rafaelillo terminó sin la chaqueta la lidia, con la blanca camisa tinta en sangre, en una tarde que para los taurinos ratificó lo que es la dura realidad de la fiesta brava, y a los sanfermines les devolvió su esencia de peligro, sangre, emociones y miedo.

Ante una dura corrida de Escolar, fiel a ese encaste, se dejaron ver tres toreros de los guerreros que tiene la Fiesta: Juan de Castilla volvió a pedir paso en San Fermín, cortando una oreja del mejor ejemplar y haciendo frente al peor. Rafaelillo también tocó pelo, pese a sufrir una dura cogida en el cuarto. Y Fernando Robleño se despidió de Pamplona con dos faenas que, de haber sido culminadas con la espada, habrían tenido otro final.

La miel y la hiel, en los ruedos, como ha sido siempre.— Gaspar Silveira Malaver

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