Discurso del continuismo

Freddy Espadas Sosa (*)

Yo veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla —Luis Donaldo Colosio Murrieta, 6 de marzo de 1994

Cuando analizo el curso que lleva la precampaña electoral presidencial, me pregunto una y otra vez qué es lo que el abanderado del PRI, José Antonio Meade Kuribreña, puede ofrecer de manera persuasiva a una ciudadanía totalmente harta de la situación que prevalece en el país: crisis socioeconómica, inseguridad, innumerables asesinatos y desapariciones, corrupción e impunidad.

Debido a que en los discursos pronunciados en las últimas semanas el supuesto “aspirante ciudadano” no ha dicho prácticamente nada en materia programática, repaso el mensaje que dirigió el pasado 3 de diciembre, cuando se registró en la sede nacional del PRI como precandidato a la máxima investidura nacional.

Ocurre que en dicha intervención lo que Meade perfiló en realidad son las líneas generales del continuismo más burdo que uno pueda imaginar. Las siguientes perlas ilustran de maravilla el discurso prosistema que él encarna a todas luces: “Hoy México tiene un mejor presente y futuro, gracias a un liderazgo claro”; “Reformas que habían esperado por décadas se concretaron con diálogo y con la voluntad transformadora de las mujeres y los hombres del PRI”; “México es un país con un pasado brillante, un presente vigoroso y en ruta para afianzar un gran futuro. Para lograrlo, la mejor propuesta es consolidar los cambios, ampliarlos y profundizarlos”.

La ausencia de crítica ante la situación real que vive la mayoría de los mexicanos es palpable en el discurso color de rosa ofrecido por el precandidato tricolor, pues cuando mucho llegó a balbucear que “también hay que ser críticos y reconocer que hay realidades que nos duelen, nos lastiman, nos vulneran y que tenemos que cambiar”, pero no hace alusión a nada en particular.

Resulta evidente que Meade no repasó el histórico discurso que pronunció el 6 de marzo de 1994 el asesinado candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio Murrieta, cuya vigencia es innegable en razón de que el lacerante diagnóstico que él planteó no solo es muy parecido a la situación actual del país, sino que lamentablemente se ha empeorado en muchos aspectos.

Pero ocurre, caros lectores, que el discurso del abanderado del PRI no puede ni podrá convencer a la ciudadanía porque el ungido proviene de las entrañas mismas del sistema dominante y responde claramente a los intereses de la oligarquía y de las elites beneficiarias con pingües ganancias, canonjías y privilegios, arropadas como están por la corrupción galopante y una impunidad que raya en la desvergüenza.

Es decir, las propuestas de Meade no pueden tener ningún elemento de renovación ni de ruptura porque encarnan un discurso continuista y conservador, mientras que la inmensa mayoría de los ciudadanos demanda un cambio trascendental en nuestro sistema político, económico y social.

Llegado a este punto de análisis, la cuestión central radica ahora en apreciar qué fuerza política será capaz de canalizar el descontento social generalizado y aumentar su posibilidad de alcanzar la Presidencia de la República el próximo primero de julio.

Por una parte, el precandidato de la coalición PAN, PRD y MC, Ricardo Anaya, se esfuerza en construir un discurso de aparente “ruptura” con el sistema político dominante, señalando que hay que sacar al PRI corrupto de Los Pinos. El problema del discurso de Anaya es que carece de credibilidad entre los ciudadanos que no olvidan que los partidos que lo postulan se aliaron al PRI-Gobierno para imponer las llamadas “reformas estructurales” mediante el Pacto por México, cuyos resultados están afectando negativamente a las mayorías populares.

Por otra parte, el precandidato de la coalición Morena, PT y PES, Andrés Manuel López Obrador, ya tiene tiempo planteando y puliendo un proyecto alternativo de nación, que implicaría un cambio profundo en el sistema político y en la orientación de la política económica y social, ofreciendo además combatir frontalmente la corrupción y ejercer un gobierno honesto, austero y republicano. En esta tesitura, surge la pregunta inevitable: ¿Qué candidato, cuál discurso y qué propuesta programática lograrán convencer al electorado para que su hartazgo y enojo se transforme en una firme decisión de cambio, y que ésta se exprese en las urnas el próximo primero de julio?

La respuesta a esta crucial interrogante se abrirá paso conforme transcurra la campaña electoral y la disputa por el poder adquiera la intensidad que todos prevemos. Mientras tanto, el hecho real es que todas las encuestas recientes siguen colocando a AMLO en el primer lugar de las preferencias ciudadanas, sensiblemente arriba de sus principales adversarios. Veremos.— Mérida, Yucatán.

canek_1999@yahoo.com.mx

Profesor-investigador titular “C” de T.C. Universidad Pedagógica Nacional