Literatura y cotidianidad
JORGE PACHECO ZAVALA (*)
La vida moderna se ha convertido en un auténtico desafío cotidiano.
Entre las responsabilidades laborales, la vida en familia, los planes personales, el necesario descanso, y si queda tiempo, la lectura por placer o por gusto; luego entonces, queda poco espacio para echar una mirada cercana a la manufactura de obras literarias.
De modo que, si me lo permites, déjame ayudarte a clarificar un poco los procesos a través de los cuales se crea una obra literaria.
Muchos escritores traspasaron las fronteras de la cotidianidad a partir de sus propias vivencias, lo que hoy se llama, autobiografía-ficcionada, o auto-ficción. Rompieron los límites de la cruda realidad y esbozaron mundos ideales o distópicos que por su singularidad, aún ahora nos vuelan la cabeza.
Otros (hablamos de escritores) se quedaron en el planteamiento primario, en el germen que desde su nacimiento, ya llevaba el ADN de la anécdota. La frontera entre ambas visiones y mundos muchas veces es muy delgada y suele romperse con suma facilidad.
Un cuento, por ejemplo, puede nacer de una mirada indiscreta, de un guiño de ojo, de una pausa en el trabajo, a partir de un chisme, en una conversación, repentinamente de un recuerdo de la niñez, de un error cometido, de una indiscreción, de una pesadilla, o quizá, a partir de una imagen que nunca se fue, etc., etc.
La mayoría de las novelas nacen de una complicación mayor, buscan en su esencia desentrañar algo sin respuesta; y a saber, este nacimiento a modo de germen incluye la idea primaria, o la imagen adyacente que surge con las primeras luces de la historia.
El andamiaje de la novela es diferente al del cuento, pues en la novela el centro gravitacional descansa en la evolución o degradación del personaje; no así en el cuento, donde la historia o la anécdota representan el núcleo como aspecto focal en expansión.
Así, mientras Huxley construye mundos distópicos propios de cualquier pesadilla, como en su novela “Un mundo feliz”, la escritora canadiense Katherine Mansfield nos relata desde la cotidianidad la efímera existencia de un canario. Un cuento escrito y ambientado prácticamente en la cocina. El título del cuento es así: “El canario”.
Los mundos que los autores crean son microcosmos que buscan ensamblar de alguna forma con lectores que también, de alguna forma, han conseguido mantenerse en una expectativa literaria viva. Son realidades (ficción o no), que generalmente desembocan para hacernos saber que allá, en el otro extremo, en la orilla del autor, también hay vida inteligente, y también hay cotidianidad.
Si Edgar Alan Poe fue un loco o malvado en su vida real, no lo sabremos nunca; lo que sí podemos notar, es que su literatura marcó un antes y un después respecto del género de terror llamado gótico.
Se puede incluso asegurar que fue el propio escritor estadounidense quien le dio vida a ese género. A través de su obra, nos muestra justamente los desequilibrios de las mentes en acción. Y sin embargo, al leerlo, sabemos que es ficción.
Pero… ¿Qué podríamos decir de la obra de Dostoyevski? Que su realismo es abrumador, y que el descubrimiento de la naturaleza humana a través de sus personajes es terriblemente revelador. Conocer de cuerpo presente a Raskólnikov nos hace helar la piel, y nos lleva a preguntarnos si en verdad somos así: Maquiavélicamente insanos.
Entre la realidad que vivimos cada día, y el realismo literario al que nos acercamos hay una distancia que se puede recorrer entendiendo desde dónde fue que el autor escribió su obra. La intencionalidad del autor es un código que revela lo que existe entre la realidad que a veces puede ser cruda y la ficción que nos captura al internarnos en la lectura, y que por cruda o cruel que nos parezca, hemos aceptado las condiciones no escritas entre autor y lector.
Entre la ficción y el terror se mueve Stephen King. Sus libros son bestsellers que todo mundo conoce. Sus historias convertidas en películas le han dado la vuelta al planeta. La característica que lo hace sumamente atractivo es la mezcla entre realidad y ficción.
Todas sus historias tienen ambos elementos construidos con suma atención y esmero. Si miramos con cuidado, todas sus historias tienen la plataforma literaria llamada anécdota, y mientras todo avanza, la anécdota se transforma.
Para muchos, sus propias vidas representan una ficción o una realidad alterada; para otros, el aburrimiento amerita una sacudida con un buen libro de terror o al menos de ficción; y para escoger hay un mundo de autores que se mueven entre la cotidianidad de la vida alterada que vivimos y la otra realidad: la que delata la complicidad secreta de la que hablamos, tal y como lo expresó el escritor estadounidense de ficción Orson Scott Card: “Todas las historias son ficciones. Lo que importa es en qué ficción crees”.— Mérida, Yucatán.
Jpza14@gmail.com
Escritor
