Gran anécdota. Todos en la vida hemos tenido una anécdota que se nos queda grabada en la memoria, traspasa las líneas del tiempo como algo que permanece en el subconsciente y con frecuencia la recordamos, ya sea por algo que marcó nuestra vida o simplemente se acomoda en el lado divertido de nuestra existencia, pero que tenga una bivalencia en ambos sentidos es un poco extraño.
Ese fue mi caso cuando ingresé a la preparatoria, lo que me motiva a hacer este relato que creo les puede entretener.
La narraré como un cuento (verídico) para no perder el carisma que me hace reír y añorar los momentos que acompañaron esta anécdota por allá de los años sesenta.
Me veo formado en una fila del patio portando un uniforme color caqui, mis botas Ten Pac, mi quepí en la cabeza, con una mano cargando mi mochila de cuero y con la otra tomando mi distancia con el compañero de adelante: era la ceremonia de la terminación de cursos y con ello el último día de mi estancia en la secundaria No.12 ubicada atrás de la Villita de Guadalupe, como decía mi mamá, la iglesia que antecedió a la Basílica actual.
Fueron tres años en esa secundaria, los que viví plenamente. La disciplina era semi militar, teníamos que aprender las estrofas del Himno Nacional y hacerle honores a la Bandera todos los días a las 7:45 de la mañana. Pasaban revista para checar el uniforme cada semana, la pasé increíble, ahí aprendí a fumar, a pelear y también a marchar.
El comienzo
Listo para entrar a la prepa, no me quedó mas remedio que ingresar a una preparatoria de la UNAM. Mis padres, a pesar de que los dos trabajaban, no tenían lo suficiente para pagar una preparatoria particular; las demandas de mis hermanos 10 y 11 años mayores que yo con sus carreras: Arquitectura y Medicina, copaban su atención y presupuesto familiar a pesar de que estudiaban en la UNAM.
Alcancé cupo en la prepa 7 en el centro de la ciudad, a un lado de Palacio Nacional. Un ambiente raro que amenazaba convertirse en mi némesis, y así fue: como un desertor abandoné el pelotón de rufianes que me tocaron como compañeros, entonces ocupé mi tiempo con otros amigos vecinos de donde vivía, hasta que un día mi hermano Luis me sorprendió a las 11 de la mañana jugando tochito en la calle y ahí se me acabó mi trotar.
Amenazado por mi padre de meterme al Colegio Militar, se me ocurre la brillante idea ni más ni menos de inscribirme en el CUM (Centro Universitario México), una prepa marista a la que solo admitían a los egresados del Instituto México y uno que otro cerebrito proveniente de alguna otra secundaria. Esto se dio porque mi amigo Jaime Márquez, egresado del Instituto, me llevó un día y me dijo.
–Trata de convencer a tus papás, es de las mejores prepas del DF, yo te doy ride todos los días.
Acto seguido, rogué que me dieran una oportunidad ya que mis hermanos trabajaban y el gasto había disminuido. Convencí a mi papá con la única condición de que sacara buenas calificaciones.
No hay lugar
Mi decepción fue que al ir a inscribirme, ya no tenían cupo para alumnos egresados de otras secundarias. Ahí comenzó todo.
–Papá, ya no alcance cupo en el CUM y además dicen que como no soy egresado del Instituto México me negaron la entrada.
–¡Ah! que jijos de su… mañana vamos temprano para hablar con el director.
Mi padre no anteponía nada más que la cordura de un hombre que sirvió a su país en el Escuadrón 201 con todas las condecoraciones habidas del Ejercito mexicano y el estadounidense, para él, no había trabas.
–No te preocupes papá, mejor escojo otra prepa.
–Si quieres entrar a esa escuela, así será Chuy (apodo cariñoso de mi familia).
Al día siguiente mi papá vestido de gala militar con el grado de Capitán con toda la medalliza en el pecho se sube al coche de mi hermano que nos iba a llevar al CUM en la colonia del Valle. Yo iba preocupado porque lo conocía y no quería que tuviera problemas por mi culpa.
La tartamuda
Entramos a la dirección llena de padres de familia que querían hablar con el director. Al ver a mi papá se hizo un silencio y quedaron expectantes para ver qué sucedía.
–Vengo a ver al director –puntualizo mi padre como si le estuviera ordenando al secretario.
–¿Tiene usted cita?
–Yo no necesito una cita más que para hablar con el Secretario de la Defensa.
Turbado, el secretario le dice que tendrá que sacar una cita para la próxima semana. Visiblemente molesto mi papá se da la vuelta y dirigiéndose a una puerta cerrada con el letrero de “Dirección” la abre y me indica que pasara con él ante la negativa y descontrol del secretario que se levantó de inmediato. El director sentado tras el escritorio hablando con un papá de algún joven le dice que no eran maneras de interrumpir, acto seguido, mi padre desenfunda su pistola calibre .45, reglamentaria del Ejército, la pone sobre su escritorio ante la mirada atónita de aquel hombre delgado, marista, de carácter escurridizo y le replica:
–Mire, amigo. Si me tomé el tiempo para venir a hablar con usted, quiero poner a la tartamuda de testigo por si me da una respuesta negativa.
La tartamuda era su pistola a la que bautizo desde su entrada a la Fuerza Aérea. Como ya se había levantado la persona con la que estaba hablando, mi padre se sienta y le indica que me buscara un lugar, de inmediato el secretario le trae las listas.
–Mire, casualmente tenemos un lugar.
–Anote con tinta el nombre de mi hijo. Chuy diles tu nombre porque es largo y no quiero equivocaciones.
Les di mis tres nombres y apellidos, el director al que apodaban El Cocodrilo por su dispareja dentadura, me pidió mis documentos que llevaba en un folder y en menos de 15 minutos quedé inscrito en el Centro Universitario México.
Esta anécdota me marcó por un tiempo y todos los maestros me señalaban pero sin trasgredir mis derechos como alumno.
Gracias al CUM por haberme dado una extraordinaria formación académica a pesar del penoso incidente de mi ingreso, el que me hizo esforzarme más y contar con muchos amigos, lo recordaré siempre como mi gran anécdota.— Mérida, Yucatán, 4 de octubre de 2023
X (antes Twitter): @ydesdelabarrera
