Jesús Retana Vivanco publicidad Retana
Jesús Retana Vivanco, autor de 'El estanque de los cocodrilos'

Levantón (el cuento de Arnulfo).   Comenzaron a sonar los balazos en la calle principal del pueblo, parecía que estábamos en guerra, mi papá nos dijo que nos tiráramos al piso. La balacera no paraba, nomás zumbaban los plomazos en el muro de la fachada.

“Que nadie se levante”, alcanzó a decirnos cuando de repente de una patada abren la puerta de la casa, con puras groserías nos dicen: “¡Arriba, cabrones, esto es un levantón del cártel de Los Palomos y venimos a reclutar gente!”. Las piernas me empezaron a temblar, nunca imaginé que esto fuera a suceder en Apaseo El Alto. Nos pararon a todos: mi hermana Angela, de 15 años; Sofía, de 17 y yo, Arnulfo, de 18, fuimos replegados en la fachada de la casa así como mi mamá y mi papá, hasta nuestro perro Lucas que no dejaba de ladrar lo callaron de un culatazo de rifle.

Mi madre imploró para que no nos hicieran nada, que se llevaran las pocas y humildes pertenencias de la casa, pero no nos lastimaran.

–Mire, doñita, no me venga con ese cuento, lo que queremos es llevarnos a este joven para que se le quite lo guevón y se ponga a trabajar para el cártel, le vamos a enseñar a disparar una fusca, además va a ganar buen billete.

Uno de los malandros se le quedó viendo a mi hermana Sofía, secreteándose con los otros escuchamos que se la iban a llevar para atender al jefe. Papá le suplica que no le hagan nada que tomen lo que quieran pero no nos hagan nada. El más agresivo revisó a mi hermana menor.

–Esta no nos sirve ni para hacer tortillas, está muy flaca –se escuchan risotadas.

“¡Ya está afuera el camión!”, grita uno de los que se liaron a balazos con la policía municipal. Nos subieron a la fuerza a un camión todo destartalado, mi hermana no paraba de llorar, alcancé a ver a mis papás suplicándole al cabecilla. Corriendo detrás, entre las sombras del atardecer, veo a los padres de los secuestrados perderse en la distancia, fue el último vistazo al pueblo donde nací. Sofía a mi lado en ese camión lleno principalmente de hombres, abatida por la desdicha con la mirada perdida de tanto llorar, sollozando me dice al oído.

–No dejes que me hagan nada, Arnulfo, sin ti no podré aguantar.

El campamento

Llegamos después de una hora de camino a un lugar con tiendas de campaña, había fogatas encendidas y mucha gente armada, las mujeres hacían tortillas en anafres a los hombres sentados alrededor, escuchaban música en sus portátiles empinándose las cervezas.

El que nos levantó nos dijo que ocupáramos una tienda grande en la cual estaban acostados  en el suelo sobre cobijas unos chavos como yo, pero ninguna mujer.

–¿Cómo te llamas, niña? –le pregunta a mi hermana un hombre armado, barbón con mala cara.

–Sofía, señor.

Le dice que lo siga para ponerla donde están las demás mujeres. Mi hermana comienza a llorar sin quererse separar de mí.

–Si no vienes te voy a llevar de las greñas, necesitamos ayuda para curar a la gente herida. Después de calmarla, lo sigue hasta otra tienda camuflada con ramas sobre el techo, ahí se quedó a su suerte a su suerte; solo le pedí a Diosito que me la cuidara.

Se apagaron todas las fogatas y se escucha una voz que grita:

–A dormir, cabrones, y cuidado aquel que se salga de su tienda.

Me quedé preocupado por Sofía, pero me venció el sueño. Desperté a obscuras hasta ver salir el sol y todo comenzó con mucho bullicio. Nos sacaron para formarnos, éramos los nuevos, cerca de 30, algunos amigos del pueblo y otros de comunidades cercanas.

Escogieron a 9 más o menos de la misma edad que yo, nos llevaron caminando lejos, cargando unas maletas con armas, al llegar a un claro en el bosque, cada uno pasó a recoger una pistola y una metra, de esas que le dicen cuernos de chivo.

Un güey al que le decían Prietito nos explicó el funcionamiento y carga de las armas. Pusimos unas latas de cerveza a doce pasos de donde nos formaron para dispararles 6 balas a las latas con una pistola ya muy usada que pesaba mucho, a uno por uno nos fueron evaluando, a mí me tocó casi al principio, le pegué a dos latas, creo que fui de los mejores. Con la metra se siente suave ver como salen en friega las balas que perforaban unos costales de tierra.

El sol a pleno y con mucha hambre terminó el corto aprendizaje, el Prietito ordenó recoger las armas y tomó la palabra.

–Miren huevones, este fue su entrenamiento, les vamos a dar una pistola a cada uno para un operativo en la tarde cerca de aquí, así que no se apendejen porque si fallan se los carga el payaso.

Al llegar al campamento, vi a mi hermana haciendo quesadillas pero con los ojos llorosos, su suéter roto y sin zapatos. Fui a verla y me contó llorando que dos hombres la habían violado en la noche. Mi cabeza comenzó a dar vueltas haciendo visible mi coraje, la señora   que hacia las quesadillas me dijo

–No la hagas de tos porque te meten un plomazo, es lo que se acostumbra por acá.

Por la tarde llegó una pick up del Ejército cargada de cajas con armas y 4 soldados para entregarlas, el mero jefe salió y saludo a un sargento, le entrego una maletota llena de dinero. Vaciaron la pick up y se fueron.

–Ahora sí, muchachos, vamos a hacerle frente al cártel del Centro.

Todos gritaron como si les hubieran traído juguetes los reyes magos.

La confrontación fue esa noche cerca de Salvatierra, Guanajuato, Arnulfo fue abatido y su cadáver quedó tirado en la calle, su hermana Sofía se escapó dos meses después y no se supo nada de ella.

La zona la gobiernan varios grupos de malandros convirtiéndose en la más peligrosa del país.

Cualquier similitud de este cuento con la realidad, es mera coincidencia.— Mérida, Yucatán, 15 de enero de 2024

X (antes Twitter): @ydesdelabarrera

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