Jesús Retana Vivanco publicidad Retana
Jesús Retana Vivanco, autor de 'El estanque de los cocodrilos'

Recuerdos de un niño. Estamos viviendo tiempos muy convulsionados, noticias que hacen la vida menos placentera, pensando en lo que será de este México que no termina por despertar y quién sabe si algún día despertará.   

Últimamente decidí darle una pausa a los cuentos cortos para retomar otra faceta que de vez en cuando escribo, nos da ánimo y a veces nostalgia, es como un remanso que hace olvidarnos de los temas que inundan las pantallas y las páginas de los diarios.

Un ensayo que se caracteriza de lo cotidiano, una exploración de temas emocionales y existenciales encuadrados en una narración.

15 de septiembre

Qué bonito es recordar. Aquel descolorido pantalón, con la rodilla rota que cubre las piernitas del niño, ese que corre por el patio de mosaicos verdes, donde los rayos del sol se filtran entrelazados por las sombras de las ramas de un árbol limonero, testigo de sus juegos de pelota a sus 4 años de edad. Cicatrices de raspones resultado de batallas libradas en cada errática patada a una portería con un par de botes como marco.

La ida al mercado inundaba el aire de olores frutales al paso de cada puesto; los mangos, piñas, sandías, manzanas… alegraban la vista y despertaban el gusto.

Tomados de la mano, la mamá lo apresuraba a dar pasitos a veces correlones para no retrasarse. El calor del cuerpo subía conforme caminaba. Rehiletes, banderas con el verde blanco y rojo con el escudo de un águila devorando una serpiente, cuyo significado se convirtió en un enigma. Fantaseaba derrotando a esa enorme ave con una espada de madera para liberar a la serpiente.

Qué bonito es recordar. Una época, unos días de festividad. Feria tricolor que le producía alegría. Su corazón se aceleraba al escuchar los silbatos, los cornetines con un sin fin de voces de vendedores anunciando sus mercancías, era la celebración del 15 de septiembre.

La risa abría todas las voluntades, sobre todo la de mamá para llevarse a casa un muñequito de trapo conmemorativo con el que compartiría la fiesta del 15.

La magia y la imaginación del niño hacían que la luz de su cuarto brillara como una estrella. Su muñeco, desde ese momento su confidente, guardaría todos sus secretos y se convertiría en  cómplice de cada travesura.

Qué bonito es recordar. Las banderas ondeaban con el viento y en cada esquina surgía un rincón de la patria. Ese día, en la noche, los fuegos artificiales llenaron de luz la obscuridad. Ese pequeño zócalo del pueblo se convirtió en un mar de gente.

Mesas de comida despertaban el apetito, gente feliz de algo pasado que cada año se repetía.

Dulces, buñuelos, pozole se unían a la celebración. La música mexicana sonaba con un ritmo de esperanza que lo invitaba unirse al festejo, que no solo era suyo sino de todos, de un pueblo, de una historia.

Los cohetes estallaban en el cielo y se confundían con la luz de las estrellas. No era un día cualquiera, era un día en el que se escuchaban las voces del pasado envueltas en canciones  como si todos los tiempos se encontraran en ese instante.

Qué bonito es recordar. Ese grito que resonaba como un eco con la promesa de libertad, de orgullo. Una arenga que le era complicado entender, pero unía a todos con una sola voz…¡viva!

En la cama, con su muñeco, seguía escuchando la vibración que comenzó desde temprano con muchos estímulos. Le dijo a su muñeco que esperarían con ansia el próximo año para vivir nuevamente… la intensidad del 15 de septiembre.— Mérida, Yucatán, 9 de septiembre de 2024

X (antes Twitter): @ydesdelabarrera

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