México y Estados Unidos no solo son vecinos, son socios profundamente entrelazados. Desde la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994, nuestras economías han crecido de manera conjunta, integrando cadenas de producción que cruzan constantemente la frontera.
Ponerle un arancel a un producto mexicano hoy no es simplemente un golpe a México: es un golpea la producción regional de América del Norte, incluyendo a sectores clave de la industria estadounidense.
El éxito del comercio entre ambos países no se debe únicamente a la proximidad geográfica, sino a la construcción de cadenas globales de valor. Las reglas de origen del TLCAN fomentaron que cada país aportara lo mejor de su industria, generando procesos productivos compartidos.
Hoy, productos como autos, maquinaria o dispositivos electrónicos son resultado de una colaboración binacional: piezas, insumos y servicios cruzan la frontera varias veces antes de llegar al consumidor final. Esta integración ha impulsado un comercio intraindustrial sin precedente, donde lo que antes eran “exportaciones mexicanas” ahora son bienes regionales.
Por ejemplo, un automóvil ensamblado en México puede incluir componentes electrónicos fabricados en Michigan, piezas de motor de Ohio y software desarrollado en Monterrey. Un arancel sobre ese automóvil no solo encarecerá el producto para los consumidores estadounidenses, sino que también afectará a los fabricantes de autopartes en Estados Unidos, cuyos ingresos dependen de estas cadenas compartidas.
Es un error pensar que imponer aranceles a México beneficiará a la economía estadounidense. Todo lo contrario: al romper las cadenas de suministro integradas, muchas empresas de Estados Unidos perderán competitividad y afrontarán costos más altos. Esta interdependencia es tan profunda que, en muchos casos, ya no se puede determinar si un producto es “mexicano” o “estadounidense”, porque ambos países han contribuido a su producción.
Poner barreras al comercio en una región tan integrada es como cortar una rama del mismo árbol. Las empresas estadounidenses que dependen de insumos mexicanos no solo afrontarán precios más altos, sino también posibles interrupciones en la producción. El resultado será un aumento en los costos para el consumidor final y una reducción de la competitividad de las industrias norteamericanas en los mercados globales.
Por ello, en la era de la producción compartida, hablar de aranceles como una medida para proteger la industria local es caer en un mito del pasado. En el caso de México y Estados Unidos, las economías están tan entrelazadas que cualquier medida proteccionista termina siendo un golpe para ambos lados de la frontera.
Lo que necesitamos no son barreras, sino políticas que refuercen la integración regional y hagan más fuertes nuestras cadenas productivas conjuntas. Entender esta realidad es crucial para evitar decisiones que afecten la viabilidad de América del Norte como una región productiva global.
Lo que está en juego no es solo el precio de ciertos bienes, sino la sostenibilidad de una economía regional integrada que ha demostrado ser un motor clave de crecimiento para ambos países.— Mérida, Yucatán.
Doctor, coordinador del Cuerpo Académico “Comercio y Relaciones Internacionales” de la Facultad de Economía de la Uady
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