Había una vez un próspero territorio, donde los comerciantes de diversos reinos viajaban libremente entre pueblos y ciudades, intercambiando productos de todo tipo.
Los habitantes de los reinos vivían con bienestar gracias a este fluido comercio, ya que cada reino se especializaba en lo que mejor sabía hacer: unos eran expertos en la agricultura, otros tenían una gran mano de obra que empleaban en la fabricación de diferentes productos, y algunos más se destacaban en la producción de herramientas y utensilios especializados.
Sin embargo, un día, uno de los reyes del territorio, preocupado porque sus súbditos compraban más productos de otros reinos que productos locales, ordenó construir un enorme muro alrededor de su reino, de tal forma que cada vez que un comerciante de otro reino quisiera entrar para vender sus productos, debía pagar una bolsa de oro como tributo. Este tributo se llamaba arancel.
Los otros reyes, al ver la acción de su vecino, decidieron imponer también aranceles en represalia. Estas medidas empeoraron aún más la situación, ya que cada reino intentaba proteger sus propios intereses sin tener en cuenta las consecuencias para todos.
A medida que los aranceles se multiplicaban, el comercio entre los reinos disminuyó drásticamente, lo que provocó una escasez de productos y un aumento acelerado de los precios. Al final, todos se vieron perjudicados, ya que en su afán por proteger lo suyo, todos terminaron perdiendo.
Lo que sucedió en este cuento es lo que ocurre en la vida real cuando un país impone aranceles a las importaciones. Si bien la intención de estas medidas suele ser proteger la industria local, el resultado suele ser un encarecimiento de productos para los consumidores, la reducción de opciones disponibles en el mercado, además de las tensiones económicas entre los países involucrados.
Estas medidas, lejos de fortalecer a un país, pueden terminar dañando a todos los involucrados.
La imposición de aranceles por parte de Estados Unidos podría generar en nuestro país serias repercusiones económicas. Si estas tarifas se imponen a las exportaciones mexicanas, nuestros productos perderían competitividad en el mercado estadounidense, reduciendo la demanda y afectando a los exportadores.
Esto podría traducirse en recortes de producción y despidos, lo cual impactaría la estabilidad financiera de miles de familias mexicanas que dependen del comercio exterior para su sustento.
La incertidumbre laboral haría que muchas personas redujeran su gasto, afectando también a sectores locales como el comercio y los servicios.
Si México responde con aranceles a los productos importados de Estados Unidos, el impacto en las finanzas de las familias mexicanas podría ser aún mayor.
Muchos bienes esenciales como granos, tecnología, maquinaria y productos de consumo provienen del país vecino, por lo que encarecer su importación significaría un aumento inmediato en los precios, afectando directamente el bolsillo de los consumidores.
Las empresas mexicanas que dependen de insumos estadounidenses también afrontarían mayores costos de producción, lo que podría llevarlas a incrementar sus precios o incluso a reducir operaciones para evitar pérdidas. Esto también afectaría la estabilidad laboral de miles de trabajadores.
La incertidumbre económica podría hacer que las familias se endeuden más para mantener su nivel de vida, generando un riesgo financiero mayor en el mediano y largo plazos.
Si bien, no podemos controlar si Estados Unidos u otros países imponen aranceles a nuestro país, sí podemos controlar cómo nos preparamos y respondemos a estos cambios económicos.
Una apuesta segura es mirar hacia adentro. En lugar de centrarnos en lo que llega del exterior, debemos fortalecer y valorar lo que México tiene para ofrecer. En lugar de comprar en grandes cadenas que traen mercancía extranjera, deberíamos priorizar comprar en mercados y tiendas locales.
Si privilegiamos lo hecho en México, ayudamos a que el dinero circule dentro de nuestro país, fortaleciendo la economía y protegiendo empleos.
Aclaro que apostar por lo nuestro no significa rechazar lo extranjero, sino dar prioridad a lo que México produce con calidad y competitividad.
Un buen ejemplo es Canadá, que frente a esta disputa comercial con Estados Unidos no ha llamado a boicotear los productos americanos, sino que ha impulsado campañas para destacar lo hecho en su país.
En estos momentos de incertidumbre no necesitamos caer en confrontaciones, sino recordar que la verdadera fuerza de un país radica en su capacidad para aprovechar sus propios recursos y talentos.
Al elegir lo que México produce, estamos invirtiendo en nuestro futuro, creando un ciclo virtuoso que beneficia a todos.
Es momento de dejar de depender de otros y apostar por lo que nosotros mismos somos capaces de lograr. Así, no solo nos protegemos de los vaivenes externos, sino que también damos pasos firmes hacia un México más unido, fuerte y próspero.— Mérida, Yucatán.
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@kookayfinanzas
Profesora Universitaria y Consultora Financiera
