Lord Acton decía que el poder tiende a corromper y el poder absoluto tiende a volver absolutamente corrupto a quien lo detenta. En esta lógica se basan los principios democráticos de contener el poder de gobiernos y actores políticos mediante pesos y contrapesos, leyes e instituciones.
La historia demuestra una y otra vez que la concentración de poder excesiva deviene en abusos por parte de la autoridad en contra de la población. Sin embargo, también es frecuente que gobiernos y políticos que ambicionan todo el poder se sirvan de discursos populistas, en los cuales son precisamente ellos la encarnación del pueblo y los únicos con el mandato superior de guiar a la ciudadanía por el buen camino.
El populismo igualmente presume con frecuencia que su país es el más democrático del mundo, así como afirma con triunfalismo que todo lo anterior al régimen fue malo y decadente. Y claro, el sello de la casa es insistir hasta el cansancio que la visión del régimen es pura bondad, mientras que la oposición política representa la peor de las vilezas.
Para el demagogo populista, las cosas son blancas o negras, sin medias tintas. Dicen defender la libertad y los derechos, pero su actuación suele ser sumamente intolerante y autoritaria. Para dividir a la sociedad y mantener una postura combativa, se crean enemigos reales o imaginarios a los que hay que erradicar a como dé lugar, aunque sea violando el marco jurídico y los valores de la democracia.
Cuando los resultados de gobierno no llegan y, por el contrario, existe un mal desempeño en temas fundamentales como salud, seguridad, educación y economía, la fórmula es echarle la culpa a los adversarios del régimen o a fuerzas oscuras, ya sean nacionales o extranjeras. Ni hablar de rectificar ni hacer una autocrítica responsable, porque ello sería reconocer la incompetencia propia.
Otra característica de este tipo de regímenes es ubicarse en extremos políticos ideológicos, tanto de izquierda como de derecha. Los ejemplos de proyectos comunistas fracasados son numerosos, desde la Unión Soviética hasta Cuba y Venezuela; por su parte, el hípercapitalismo salvaje ha puesto en franco declive a algunas de las potencias occidentales en las últimas décadas.
El centro del espectro político, la mayoría de las veces, es repudiado por los gobiernos populistas, pues parte del atractivo y vigor de la demagogia radica en la exaltación de las pasiones que ralla en el fanatismo. La ecuanimidad, sensatez y apertura al diálogo no son vistas como virtudes democráticas, sino como signos de debilidad.
En cambio, la patanería y el insulto se le permite al líder carismático porque es muestra de su arrojo y supuesta autenticidad. Si el movimiento político incurre en excesos o faltas que repudiaba en el pasado, se le debe perdonar, pues sus integrantes siempre actúan de buena fe y por amor al pueblo, aunque solo sea de palabra.
En última instancia, cuando por fin la gente empiece a notar que las cuentas de la administración gubernamental son pésimas y el retroceso sea innegable, habrá que cambiar las reglas del juego electoral para cerrarle el paso a otras opciones políticas con proyectos alternativos.
Mientras tanto, ir capturando los pilares de la democracia, como el Poder Judicial, las fuerzas militares, los órganos autónomos, los medios de comunicación y demás contrapesos será fundamental para el régimen demagógico.
El manual del populismo se reproduce casi al pie de la letra desde hace varios decenios en diversas latitudes. La caída de la dictadura en Venezuela es solo una expresión de los estragos que pueden ocasionar gobiernos incompetentes, vulgarmente ambiciosos de poder y riqueza, y corruptos.
Lo preocupante es el debilitamiento de los organismos internacionales que no han sido capaces de poner freno a conflictos bélicos ni regímenes autocráticos como los de Cuba, Nicaragua y Venezuela, al tiempo que la gente continúa sufriendo dolor y muerte. Esto debe llamarnos a la reflexión.
¿Por qué es tan sencillo para la comunidad internacional condenar gobiernos dictatoriales cuando son de derecha, pero resulta tan difícil que se señale a tiranías de izquierda como la de Venezuela? Lo cierto es que ambas son idénticamente censurables; la violación de derechos humanos es inadmisible más allá de posiciones ideológicas.
Cuidar la democracia es tarea de todos, y se consigue a partir de acciones diarias. No solo es labor de gobiernos y actores políticos, sino, sobre todo, de la ciudadanía el vigilar la conducta de las autoridades y el respeto de las leyes. La rendición de cuentas es fundamental para la vida democrática de cualquier sociedad.
El empoderamiento ciudadano será la mejor herramienta para blindarnos contra la tiranía y el abuso del poder político.— Mérida, Yucatán
Licenciado en Derecho, maestro en Administración, doctor en Gobierno
