Hay momentos en que no nos toca brillar, sino recomponer. No liderar desde la épica, sino desde la paciencia. No imponer una visión, sino volver a unir lo que se rompió.

A Fouad Chehab le tocó gobernar un país que salía de una guerra civil. Era 1958 y Líbano no estaba derrotado, pero sí fragmentado: desconfianza principalmente entre las comunidades de cristianos maronitas y musulmanes suníes, instituciones debilitadas, heridas abiertas.

En ese contexto, Chehab entendió algo esencial: reconstruir no es mandar, es ordenar. Su pensamiento puede resumirse en una idea poderosa: “El Estado no puede ser fuerte si es injusto, ni justo si es débil”. Esa lógica no pertenece solo a la historia; nos alcanza a todos.

En nuestras empresas, a veces heredamos equipos cansados, bandos enfrentados, reglas que ya nadie respeta. En nuestras familias, silencios largos, agravios acumulados, lealtades rotas. No siempre nos toca crecer, muchas veces nos toca rearmar.

Chehab no empezó por grandes discursos. Empezó por instituciones, por reglas claras, por hacer que el Estado volviera a servir a todos y no a unos cuantos. Entendió que sin autoridad no hay justicia, pero que sin justicia la autoridad se vacía.

Cuando nos toca reconstruir, pasa lo mismo. Si somos solo “fuertes”, generamos obediencia momentánea y resentimiento duradero. Si somos solo “justos”, pero incapaces de decidir, el caos se disfraza de buena intención.

Reconstruir exige equilibrio: escuchar sin claudicar, ordenar sin humillar, decidir sin dividir. Exige aceptar que no seremos populares al principio, pero sí responsables. Que habrá resistencia de quienes vivían cómodos en el desorden.

Chehab sabía que unir no es borrar diferencias, sino hacerlas convivir bajo reglas comunes. Que la reconciliación no es olvido, sino marco. Que la paz no se decreta: se administra.

Hoy el desafío es mayor porque la reconstrucción no cuenta con el impulso del poder. Las instituciones públicas han sido debilitadas, la autoridad se ha erosionado y la confianza se ha vuelto escasa. Esperar a que desde el gobierno se ordene lo que se ha descompuesto es una ilusión cómoda, pero peligrosa.

Por eso, reconstruir el país que queremos ya no es solo tarea del gobierno: es una responsabilidad cívica. Nos toca a empresarios, profesionistas y ciudadanos en general, sostener lo que aún queda en pie y volver a levantar lo que se ha debilitado. Defender reglas claras cuando incomodan. Exigir instituciones fuertes cuando se intentan someter. No normalizar el desorden ni la arbitrariedad.

Un país no se recompone solo con buenas intenciones. Se remedia cuando la sociedad decide involucrarse: cuando la seguridad vuelve a ser un derecho y no un privilegio, cuando la educación se protege como base del futuro, cuando la economía se ordena para generar oportunidades reales, cuando se defiende a la familia como institución básica de la sociedad y se protege el derecho a la vida, y cuando la ley vuelve a ser un punto de encuentro y no un arma política.

La historia muestra que la fuerza sin justicia rompe, y la justicia sin fuerza no sostiene. Pero también enseña algo más exigente: cuando el poder falla, la reconstrucción empieza abajo, en una sociedad que se niega a resignarse.

Y aquí vuelve la lección de Chehab, no como nostalgia, sino como prueba de posibilidad. Su gobierno no eliminó todas las tensiones del Líbano, pero devolvió funcionamiento al Estado, fortaleció instituciones, profesionalizó la administración pública y sentó bases de estabilidad donde antes había desorden. No prometió unanimidad, ofreció reglas. No buscó aplausos, construyó autoridad legítima.

Chehab entendió que los países no se salvan con discursos, sino con instituciones que funcionan y una sociedad dispuesta a sostenerlas. Y eso es precisamente lo que hoy nos toca hacer a nosotros. No desde la resignación, sino desde la convicción. Porque cuando el poder falla, la historia no se detiene, cambia de manos y pasa a quienes deciden involucrarse.

Hoy no nos toca esperar, nos toca ordenar, sostener y reconstruir. Porque la esperanza no es ingenuidad: es la decisión firme de no dejar que el país se rompa del todo.

Presidente IMEF Quintana Roo

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