En la vida política de nuestra nación y estado yucateco los gobiernos han hecho del informe una plataforma para comunicarle al pueblo a su cargo las acciones, logros y progresos en los rubros de salud, educación, seguridad, crecimiento económico y todo aquello que sea de avance y desarrollo en favor de la gente más necesitada.
Nos hemos acostumbrado a oír los discursos que las autoridades pronuncian con euforia y convicción destacando sus logros como lo nunca alcanzado por nadie en la conducción del pueblo.
Y aunque es indudable la creación de proyectos y aplicación de estos con la finalidad de erradicar las carencias más urgentes de los ciudadanos, el peligro latente está en la egolatría que el gobernador, alcalde o funcionario público puede asumir a la hora de informar.
Ya que todo ser humano no está exento de ver solo lo externo de su obrar o de medir su rendimiento en lo cuantitativo, a fin de pensar que mientras más acciones realice menos carestía existirá.
Todos somos conscientes de lo bien que hace el gestionar e implementar nuevos servicios para la sociedad, nadie puede negar que todo apoyo material o económico seguro alivia a las familias que lo reciben; pero es ilusorio medir o proclamar que a más programas de gobierno o entrega de dádivas la realidad será transformada.
Y este indicador es de urgente prioridad a considerar debido a que las generaciones actuales dan la impresión de asumir como obligación que quien dirige un país tiene el inherente e insustituible compromiso de proveer a manos llenas a quienes gobierna.
Basta mirar con atención para percibir la sujeción que ahora existe en gran parte de la ciudadanía que espera con avidez el depósito económico que se ofrece de parte de las autoridades federales y que inconscientemente han fortalecido la dependencia y acrecentado la pereza a trabajar con empeño para autoprogresar.
Por tanto, este domingo 18 de enero el gobernador Joaquín Díaz Mena presentará a la sociedad yucateca su primer informe de gobierno estatal; discurso que se vislumbra como la oportunidad de, no solo enumerar acciones y vociferar los logros del nuevo Renacimiento Maya, sino de redireccionar todo aquello que no está transformando la conciencia de la gente, de promover el discernimiento entre los ciudadanos que anhelan alcanzar la prosperidad.
Creo que el pecado de todo dirigente está en la soberbia de pensar no necesitar autocorrección, de contemplarse omnipotente e ignorar la voz de aquellos que miran la realidad de forma distinta.
El deber de informar es indudablemente una obligación hacia el pueblo, es incuestionable el valor que los datos ofrecen para monitorear el avance y crecimiento en una sociedad, pero no basta con sentirse satisfecho a gran cantidad estadística; es como si los domingos al ver llenas nuestras iglesias los ministros de culto proclamáramos que la salvación está instaurada.
Corresponde también a los ciudadanos cuidarse de la indiferencia que enajena e impide la construcción de una nación democrática, que obstaculiza el reclamar críticamente lo que no es verdad, lo que nos presentan como alcanzado cuando en la realidad solo sea un espejismo.
Y es que el poder de todo gobernante no está en la imposición sino en la promoción de los diversos estilos de generar un pueblo autónomo en su forma de pensar y buscar el desarrollo integral; de crear conciencia en las personas para transformar nuestra dejadez en anhelos de autosuperación.
Por ende, ojalá el próximo informe estatal brinde espacio no sólo a los números sino al loable aplaudir lo alcanzado, corregir lo errado y desechar el riesgo ilusorio de lo ya proclamado y endiosado como bienestar.— Mérida, Yucatán
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Sacerdote católico
