Recibimos un escrito del señor Mario Góngora Flota que dice lo siguiente:
Una invitación cordial a personas que se dedican al cuidado de adultos mayores, sean mujeres u hombres.
Es muy importante el trato que brinden diariamente a estas personas ya cansadas, con serios problemas de movilidad, con demencia senil, con mucha terquedad en su comportamiento; un trato humano, cordial, les ayudará mucho a estos seres humanos quienes trabajaron fuerte por sus familias, muchos lucharon por su patria para mantener la paz y acabar con las drogas y merecen vivir sus últimos días con felicidad, cariño y respeto.
Don Cleto, ya con 90 años de edad, era atendido en su hogar por un joven que según sus documentos estaba muy preparado para las labores de atención a un adulto mayor, con horario de 7 de la mañana a 7 de la noche, de lunes a viernes, y cobraba un sueldo semanal de $2,500.
Los hijos tenían compromisos laborales y familiares y se turnaban para estar con su padre de las 7 de la noche a las 7 de la mañana. Un día llegó sin avisar el hijo menor, Jorge Manuel, antes de abrir la reja de la casa oyó quejidos y llantos. Los cuatro hijos de Cleto tenían llave de la casa, así que entró y quedó sorprendido por la terrible escena: su padre llorando, quejándose con la boca embarrada de comida, y oyó gritar al enfermero “come, pinche viejo, ya me cansé de estar rogándote”.
El hijo tiró los regalos que traía y sacó a patadas al enfermero. Luego abrazó por un rato a su padre, lo aseó con cariño y le cambió la ropa.
Después contó a sus hermanos lo sucedido. La primera que llegó a verlo fue su hija Paulina, quien le dijo “te llevaremos a un buen lugar que me recomendaron, es algo caro, pero tus nietos ya ofrecieron cooperar”.
Ya internado en la estancia Cleto se sentía mejor y el día más feliz era cuando sus hijos y sus nietos lo visitaban.
Los ancianos no merecen ser maltratados, merecen ser amados hasta su último día de vida.
