Denise Dresser (*)

Claudia Sheinbaum ha decidido gobernar como filtro solar: amortiguando los rayos del sol para que no queme a los suyos. Protege una y otra vez a quienes cargan acusaciones, expedientes, mala reputación o vínculos incómodos con la narcopolítica.

El problema es que el filtro llega demasiado tarde. No previene nada cuando la piel ya está dañada, cuando la quemadura ocurrió hace tiempo y el cáncer ha avanzado hasta hacer metástasis.

Aplicarlo ahora no cuida a México: encubre las cicatrices de la impunidad heredada, tapa el daño profundo que dejó un sexenio de tolerancia a la corrupción en Morena y de normalización de los lazos con la narcopolítica.

Lo que hace es un intento tardío de disimular una enfermedad que ya se extendió por debajo de la piel.

En los últimos meses, La Presidenta ha aplicado una crema solar conocida cada vez que un político de su partido —o de la familia lopezobradorista— queda bajo sospecha: “no linchamientos”, “que actúe la autoridad”, “no vamos a encubrir a nadie. pero tiene que haber pruebas”.

La lista de protegidos no es corta ni marginal. Incluye a Adán Augusto López, Layda Sansores, Rubén Rocha Moya, Cuitláhuac García, Alejandro Gertz Manero, Francisco Garduño, Rafael Ojeda, y se extiende conforme aparecen nuevos señalamientos.

No hace falta detallar cada expediente para entender el patrón: ante cada sospecha, la respuesta no es la investigación a fondo, sino la desviación del tema. No es la rendición de cuentas, sino la sombra que se extiende.

Todos, beneficiarios de un filtro aplicado cuando el índice de impunidad UV está en rojo. Y con los hijos del expresidente, la protección es aún más constante.

Frente a críticas por viajes y privilegios, Sheinbaum zanja: “A nosotros nos juzga el pueblo”. El pueblo, no la ley; la popularidad, no la rendición de cuentas. Es el equivalente a creer que por estar moreno uno no se quema.

La misma lógica se reproduce en obras y políticas públicas. En el caso del Tren Interoceánico, incluso después de un accidente que costó vidas humanas, el filtro vuelve a usarse ante la quemazón, ante el daño celular ya hecho. No hay voluntad de abrir una investigación a fondo sobre los malos manejos en su construcción, ni sobre las responsabilidades institucionales. Penumbra, antes que verdad.

Y el sol que hoy quema con más fuerza viene del norte. Donald Trump, con su retórica de narcopolítica ha elevado la presión sobre México. La desconfianza de fuera —e incluye a inversionistas— se alimenta de señales claras: tolerancia a la opacidad, respuestas defensivas ante escándalos y una narrativa que confunde soberanía con impunidad.

El manual del filtro solar es claro: hay que aplicar suficiente cantidad, con anticipación, y reaplicar.

En política anticorrupción eso significa investigar de verdad, separar cargos mientras se aclaran hechos, transparentar decisiones y asumir costos. Nada de eso se logra con frases que postergan la responsabilidad. Menos aún cuando el calor arrecia. Cuando Trump, envalentonado por su “éxito” en Venezuela, tiene la mirada puesta en México.

Al proteger solo a los maleantes de Morena, Sheinbaum deja que el país se queme. Cada defensa es un minuto más al sol; cada desvío retórico, una reaplicación que no llega. El resultado no es estabilidad: es fotoenvejecimiento institucional. Manchas de desconfianza. Arrugas de credibilidad.

Que “si está nublado no hace falta el filtro” equivale a creer que, mientras no haya sentencia, no hay problema. Que “con una vez al día basta” se parece a anunciar una Fiscalía fuerte y usarla contra los enemigos de Morena pero no contra Morena. Que “FPS 50 es protección total” recuerda la fe en el capital político heredado de AMLO. Ninguno bloquea el 100% del daño.

La ciencia aclara que el filtro solar bien usado no elimina el daño del sol; permite convivir con él sin producir melanoma.

Si la Presidenta insiste en un protector político, aplicado tardía y selectivamente, no sólo nos expone como país a una injerencia estadounidense cada vez más profunda —incluida la amenaza abierta de intervención militar—, sino que también se expone a sí misma.

Según las encuestas, la corrupción es un rubro en el que está mal evaluada. Y persistir ahí no es un buen cálculo: es autolesión política. Proteger a los suyos no es cuidar al país; es volverlo vulnerable. El sol, implacable, nos agarra expuestos y sin sombrero.

Académica y politóloga

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