Han pasado más de diecisiete años en los que, como ministro de culto, he visitado a innumerables enfermos terminales en los diferentes hospitales de esta ciudad de Mérida; en donde los casos de asistencia espiritual han calado lo más íntimo de mi servicio sacerdotal, ya que, así como he podido celebrar la recuperación de algunos, también he sido partícipe de la despedida de este mundo de otros tantos.

Sin embargo, ante la gran carencia que prevalece en los servicios hospitalarios, aunque de parte del gobierno insistan empecinadamente en afirmar lo contrario, la cruda realidad de clamor por ayuda es abundante.

Quienes tenemos contacto constante con la gente que está afuera de los nosocomios, ya sea porque vienen de poblaciones lejanas y carecen de recursos básicos o porque permanecen en larga espera para ser curados, constatamos la pobreza encarnada y reflejada en los rostros de aquellos que, esperanzados de los médicos, ansían la pronta recuperación de sus seres queridos internados.

Pero no todos los casos de penuria son reales, ya que el peligro de lucrar con el dolor también es latente en aquellos que, abusando de su conocimiento y condición, buscan enriquecerse a costa de los más vulnerables.

Recientemente en los alrededores del Hospital General Regional Lic. Benito Juárez García, fui abordado por una señora que me solicitaba dinero en efectivo para la adquisición de un medicamento, pero ante mi solicitud de darme su receta médica para que fuéramos a conseguirlo, se negó rotundamente; argumentándome que ella podía ir a comprarlo y que no tenía por qué presentarme dicho papel.

Lo mismo me volvió a suceder el pasado domingo dentro de las instalaciones de la Iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, vecina del Hospital Juárez, y donde actualmente soy rector.

Al notar que una mujer solicitaba dinero a los fieles me acerqué para cuestionarla sobre su insistente petición; mas, no obstante, se distanció buscando luego a otras personas que ingresaban.

Mi asombro fue cuando la seguí hasta la esquina y percibí que un hombre la esperaba en su motocicleta exigiéndole la entrega del dinero recaudado; ante la sorpresa por mi presencia y después de recibir una serie de improperios, huyeron del lugar.

Por eso me parece oportuno invitar a reflexionar a la sociedad para contemplar la realidad en su justo medio; es decir, no poseemos el servicio médico que nos aseguran desde las autoridades federales y estatales.

Tampoco están disminuyendo los casos de parvedad apremiante, basta entrar en diálogo con las personas que permanecen a las afueras de urgencias para cerciorarse de este dato.

Del mismo modo, el aumento de lo que llamo: “la mafia de la pobreza”, nos invita a estar atentos para no ceder a la primera petición ante las solicitudes de apoyo.

Y es que tampoco se trata de no tender la mano al necesitado o enfermo, sino de evaluar con más detenimiento la demanda; de discernir con veracidad lo que se está solicitando.

Por tanto, en una sociedad donde el gobierno asistencialista continúa mal educando a las personas a no esforzarse o trabajar para conseguir los recursos materiales, los casos de fraude irán en aumento.

Porque para muchos es más fácil engañar con el argumento de la enfermedad que trabajar con esfuerzo para adquirir los paliativos necesarios ante los padecimientos.

De tal forma que, apremiante es no promover la repartición de dinero a quienes se presentan como víctimas de la pobreza y necesidad en casos de enfermedad; es deber nuestro analizar las solicitudes para oportunamente constatar con certeza que sí existe una carencia urgente.

Y para quienes son creyentes, la negación de dádivas a los supuestamente desprovistos de recursos, no incurre en pecado social, ya que deber nuestro es también, la supresión de todos aquellos que forman parte de la “mafia de la pobreza”.— Mérida, Yucatán

Correo: padrerolandocastillo@icloud.com

Sacerdote católico

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