Pamela San Martín, Arturo Espinosa Silis y yo coincidimos, en “Blanco y negro” de Meganoticias, en la baja calidad de los partidos políticos en México y en su desconexión con el electorado.
Con la conducción de José Buendía, se habló del relevo generacional político que, tras un mal debut con el “nuevo PRI” de Peña Nieto, ahora parece darse en Morena, a la luz de la relativa juventud de la mayoría de sus anteprecandidatos (cinco son treintañeros, cinco son cuarentones y los otros siete rebasan los 50).
Aquella generación de jóvenes priistas lo hicieron tan mal —incluido Peña Nieto— que varios de sus gobernadores terminaron en la cárcel y fueron un factor importante para llevar al otrora partido hegemónico a su lastimosa postración de hoy, encabezado por un líder acusado de corrupción y causante del éxodo de lo mejor que política y éticamente poseía el PRI.
Por supuesto, nadie desea que con los jóvenes morenistas ocurra lo mismo que con los priistas, porque, apuntó Pamela, el relevo generacional no es malo en sí mismo, pero sí lo es el hecho de que los partidos decidan cupularmente su destino, en desconexión con la ciudadanía.
En mi opinión, el partido que menos desconectado está es Morena, pero pese a poseer la militancia más numerosa, dista de tener una vinculación estrecha con ella, si bien es notable la labor que realizan, con acento en la difusión de los principios y metas de la 4T, militantes como Pedro Miguel y Rafael Barajas.
Por mi parte, de cara al debilitamiento de las instituciones electorales (INE y Tepjf), minadas por la división interna, por una deslavada autonomía y por versiones sobre corrupción de algunos de sus mandos cupulares, recordé la positiva acción de organizaciones civiles que a fines del siglo pasado dieron con su trabajo no partidario un gran impulso al avance democrático de México.
La más influyente organización de aquellos tiempos fue Alianza Cívica, que aglutinó a una serie de asociaciones interesadas en la instauración de una genuina democracia en México y emprendió una tarea enorme, basada en la observación electoral. Fundada en abril de 1994, annus horribilis mexicano, su trabajo contribuyó a la transición, al menos partidaria, que habría de concretarse en 2000.
Los nombres de Sergio Aguayo Quezada, Marta Pérez Bejarano, Clara Jusidman Rapoport, Enrique Calderón Alzati, Julio Faesler Carlisle, Eduardo Mendoza Ayala y Luz Rosales Esteva quedaron en el acta constitutiva de Alianza Cívica.
Las circunstancias de 2026 son muy diferentes a las de entonces, pues actualmente en el Estado mexicano hay servidoras (es) públicas (os) que genuinamente impulsan la búsqueda de una transformación que privilegia a los sectores menos favorecidos de la nación. No obstante, me pregunto si no es tiempo de retomar las tareas de aquella Alianza Cívica y agregar a su importante labor de observación electoral la de vigía contra la corrupción, ese demonio que asoma su rostro multiforme en prácticamente todos los estratos del sector público.
Del panteón a la casilla. “Hasta los muertos votan”, solía decirse para caracterizar el fraude electoral y la falta de transparencia, a lo largo del siglo pasado. Entre los casos más antiguos de fraudulencia se recuerdan la elección presidencial de Manuel Ávila Camacho contra Juan Andreu Almazán (1940) y la de Adolfo Ruiz Cortines contra Miguel Henríquez Guzmán (1952).
Presumiblemente la existencia de mexicanos fallecidos en los padrones electorales de la época era aprovechada para que los “mapaches” se presentaran a votar con los nombres de los muertos.
Obviamente, esto resulta muy difícil de probar, pero lo inobjetable era que en las listas de electores aparecían miles de fallecidos, debido a la falta de actualización de las listas respectivas.
Las actualizaciones realizadas por el Instituto Nacional Electoral, con base en los registros civiles, ha evitado que el fenómeno se presente en forma tan frecuente como antaño.
Este tema viene a cuento porque una revisión depuradora que realizó el INE en agosto de 2026, reveló que 142 mil 752 registros de personas fallecidas permanecían en los listados de militantes de seis partidos nacionales incluidos en la revisión.
Según información de Excélsior, el mayor número corresponde a Morena, con 91,296 personas fallecidas que figuraban entre sus afiliados; le siguen el Partido Verde, con 16 mil 566; PT, con 15 mil 52; Movimiento Ciudadano, con 9 mil 902; PAN, con 7 mil 210, y PRI, con 2 mil 726.
El hallazgo revela, desde luego, el poco cuidado que los partidos tienen sobre sus listas de afiliados. Evidentemente, no les ha importado efectuar oportunamente las actualizaciones pertinentes. Deplorable.
*Periodista
