Esta semana me encontré con dos noticias, en apariencia desvinculadas, una, la baja de la natalidad en México y particularmente en Yucatán de la cual me enteré gracias al Diario de Yucatán este sábado 26 de septiembre. Y otra, fue la declaración del grupo “Buscando cuerpos en todo México” en la que mencionan haber encontrado en el 2021, mil 600 dientes de leche en una fosa clandestina ubicada en Michoacán, una noticia que circuló en las redes sociales todo el fin de semana. Ustedes se preguntarán tal vez ¿Cómo se vinculan estas dos problemáticas? Vamos por partes.
Según la Encuesta intercensal del Inegi, el índice de natalidad nacional bajó de 1.9 por ciento a 1.2, y en el caso de Yucatán que destaca por su posición a la baja, cayó de 43.6 a 35.9 nacimientos por cada mil mujeres en edad fértil. Lo que representa una baja del 17.7 por ciento entre 2021 y 2025. Algunas personas, los ecologistas, por ejemplo, se alegrarán por esta noticia ya que verán la situación como un respiro para el planeta que consideran está amenazado por el crecimiento poblacional, mismo que implica una mayor depredación de los recursos naturales y la extensión del territorio urbano sobre el hábitat de infinidad de especies, hoy desplazadas y amenazadas por este avance.
Por el contrario, algunos, sobre todo economistas, plantean su preocupación por el envejecimiento poblacional advirtiendo que la pirámide actual, en la que el número de personas en edad productiva disminuye, tendrá efectos negativos en la recaudación fiscal y en la posibilidad de sostener el paquete económico para las jubilaciones. Tal vez ambos tengan un poco la razón, sobre todo en un esquema capitalista donde el supuesto desarrollo, urbano y productivo, privilegia la avidez de unos cuantos por la máxima ganancia y deja de lado las posibilidades de un crecimiento responsable. Para nadie es un secreto que se puede amortiguar el daño al ecosistema con técnicas productivas más amables para el medio ambiente, pero que no se utilizan porque implican una mayor inversión del sector capitalista y por lo tanto menores ganancias para ellos.
Pero vayamos a las razones y dejemos de lado momentáneamente sus efectos. Indudablemente que las razones están en parte en el sistema neoliberal imperante, ya que, por ejemplo, en el pasado la economía campesina maya en Yucatán orientada a la agricultura, implicaba que el número de hijos eran importantes para la sobrevivencia, ya que todos se incorporaban a las labores productivas del campo y de la casa. Además, el modelo de familia ampliada, donde varias parejas jóvenes vivan en un mismo solar alrededor de la casa de los padres o abuelos, fortalecía los lazos de sororidad y garantizaba el cuidado de los infantes y ancianos.
Las políticas nacionales que dejaron de proteger y alentar la producción agrícola nacional, privilegiando las importaciones sobre el consumo de productos del país, junto con los efectos de la reforma al artículo 27 constitucional, que implicó que las tierras colectivas pudieran ser compradas por particulares, rompieron con las formas de vida tradicionales en las zonas rurales. Los mayas no solo se han visto despojados de sus territorios, sino incorporados a formas de vida donde la individualización, y el debilitamiento de las relaciones comunitarias, dejó a niñas y ancianos muchas veces en el abandono, o a que sus cuidados recayeran únicamente en las mujeres. Este cambio económico y de forma de vida no solo se reflejan en las bajas tasas de natalidad, sino en un aumento significativo de la violencia en las familias, sobre mujeres y niños principalmente, al igual que en las adicciones, como el alcoholismo y la drogadicción.
Es verdad también que el movimiento feminista tiene que ver con lo que está pasando, pero no como algunos pretenden hacernos creer. A las mujeres, gracias al movimiento, se le reconocen efectivamente sus derechos al trabajo asalariado, al descanso y a la realización personal, lo cual difícilmente compagina con la crianza de varios hijos. ¿Pero por qué? Porque ni el estado ni las empresas proporcionan a las trabajadoras mejores condiciones de vida, trabajo y de seguridad social; como guarderías de tiempo completo, comedores comunitarios, salarios decorosos, horarios y tiempos que consideren su importante papel de madres. Si a eso le sumamos que la distribución de las cargas domésticas y del cuido de niños y ancianos sigue estando principalmente sobre sus hombros, ¿cómo podría suponerse que deberíamos estar ansiosas por tener más hijos o hijas?
Pero, ¿qué tiene que ver esto con los dientes de leche? La inseguridad, ya que si vivimos en un mundo donde las grandes potencias ya no respetan la vida de los infantes como ocurre en Palestina, o en un país donde encontrar dientes de leche en una fosa clandestina resulta a muchos algo “muy normal”, les aseguro, es de temer tener más hijos. Sobre todo, cuando leo en las redes que el caso de cientos de dientes infantiles lleva a las personas a preocuparse más por el costo electoral para sus partidos y no por el horror que esto significa: que niños y niñas sean usados para enriquecer a pederastas o traficantes de órganos, algo que debería quitarnos el sueño y llevarnos a tomar las calles para exigir investigación exhaustiva y castigo real a los responsables de estos crímenes.
Pero lo que veo es una grave insensibilidad en muchas personas y leo en las redes que, si “es culpa de los gobiernos anteriores”, que “ocurrió cuando gobernaba tal o cual partido”, que si “es algo que ha pasado siempre”, o que “es un invento de la oposición y de las madres buscadoras”, “noticia vieja o amarillista”. Triste, vergonzoso, es que las personas estén más preocupadas porque su partido de preferencia no salga manchado por el criminal tráfico de niños y niñas, que por sus terribles muertes y por la manera en que acabaron en una fosa clandestina. Cuando todos y todas sabemos que la desaparición de menores es algo que pasaba antes, pero que aún sucede, al margen de la fecha y de qué partido gobernaba cuando unos criminales hicieron la fosa para cremar los cuerpecitos.
Independientemente de cómo utilice la oposición el hecho, debemos exigir al gobierno que encuentre y castigue a los delincuentes vinculados a la fosa encontrada en Michoacán, y que redoble los esfuerzos para terminar con las desapariciones forzadas. Según el Registro Nacional de personas desaparecidas son más de 132 mil, incluyendo mujeres y niños, lo que nos ubica en el deshonroso primer lugar a nivel mundial y esa cifra no es invento de algún partido. La inseguridad en la que vivimos, que incluye la posibilidad del rapto de alguno de nuestros hijos por delincuentes desalmados, nos deja mudos ante la respuesta a la pregunta que le hicimos a una joven; “¿por qué no desea ser madre?”, “¿Quieres que traiga hijos a este mundo donde impera la violencia?—Mérida, Yucatán
*Antropóloga por la Uady, con maestría en antropología social
