Tita de la Garza y Pedro Múzquiz en la temporada pasada. Azul Guaita y Andrés Baida afirman que sus personajes se enfrentarán a nuevos retos
Tita de la Garza y Pedro Múzquiz en la temporada pasada. Azul Guaita y Andrés Baida afirman que sus personajes se enfrentarán a nuevos retos

Hay platillos que no solo alimentan el cuerpo, sino también la memoria.

Comidas que saben a infancia, a mamá, a domingos lentos y a emociones que no sabíamos nombrar cuando éramos pequeños.

En ese territorio íntimo donde la comida se convierte en lenguaje emocional vive “Como agua para chocolate”, una historia que hierve a fuego lento y que, tras una primera temporada que conquistó al público, se prepara para servir su último platillo: una segunda y final temporada que se estrena este domingo 15 por HBO Max, con seis episodios.

La serie, inspirada en la emblemática novela de Laura Esquivel, se ha consolidado como una experiencia sensorial en que el amor, la tradición, la represión y la libertad se mezclan como ingredientes imposibles de separar. Y justo de eso habló el elenco durante una conferencia de prensa virtual, en la que estuvo presente el Diario, cargada de emociones, risas y reflexiones profundas.

Irene Azuela, Azul Guaita, Andrea Chaparro, Andrés Baida, Francisco Angelini, Louis David Horné y el director Julián de Tavira compartieron lo que significó regresar a este universo para cerrar la historia desde un lugar más maduro, más complejo y, sobre todo, humano.

Uno de los primeros temas que surgió fue el reto de contar una historia de época. Julián de Tavira explicó que estos proyectos son una invitación a estudiar, a mirar hacia atrás y a entender de dónde venimos como sociedad. Para el director, recrear ese México “mítico” que ya casi no existe implica rigor histórico, búsqueda de locaciones precisas y una enorme labor de imaginación.

Pero, por encima de todo, es un ejercicio de gozo: aprender del pasado para valorar el presente.

Todo un aprendizaje

Ese aprendizaje también atravesó al elenco. Azul Guaita compartió que actuar la coloca siempre con los sentimientos a flor de piel, algo que conecta profundamente con el espíritu de la serie y con el personaje de Tita.

Andrés Baida habló del impacto de habitar otra época desde el cuerpo: aprender a montar a caballo, adaptarse a una forma rígida de hablar y dejar de improvisar fueron desafíos que, lejos de limitarlo, enriquecieron su proceso actoral.

Transportarse en el tiempo, coincidieron, no solo ocurre a través del vestuario o las locaciones, sino en la manera en que los personajes sienten y se enfrentan a la vida.

Cuando se les pidió definir la segunda temporada en una emoción, las respuestas revelaron el corazón de este cierre. Irene Azuela eligió la palabra madurez, explicando que los personajes ya no se miran desde una sola dimensión. En esta nueva entrega, la vida les pasa por encima. Las adversidades los obligan a crecer, a replantearse sus decisiones y a enfrentarse a las consecuencias de lo que aman y lo que temen.

Otras de las palabras que resonaron fueron cerrar ciclo. Los personajes completan lo que quedó pendiente y cada arco narrativo encuentra un destino que se ha venido cocinando desde la primera temporada. También apareció el concepto de raíces: aquello que se hereda en casa, lo que repetimos sin darnos cuenta y lo que, muchas veces, nos define más de lo que creemos.

La comida, el centro

Y si la serie habla de emociones a través de la comida, la pregunta inevitable fue: ¿qué platillo representa el momento actual de sus vidas? Las respuestas fueron tan diversas como entrañables. Torrejas de nata con miel, cargadas de cariño y empatía; café de olla recién hecho, asociado con la paz y la calma del presente.

Irene Azuela eligió un chile en nogada, lleno de sabores complejos y contrastantes, reflejo de una etapa intensa y rica en experiencias. El caldito de pollo apareció como símbolo de consuelo, de alivio y de ese apapacho que solo la comida casera puede dar cuando el cuerpo o el ánimo lo necesitan.

El jugo de carne evocó directamente a la mamá, a la memoria familiar y a ese peso emocional que, aunque reconforta, también nos aterriza. Y, por supuesto, no podía faltar el champandongo, de Julián, mencionado entre risas como un platillo con picante, morbo y carácter, ideal para darle sabor a este nuevo año.

Más allá de lo culinario, la conferencia también dejó espacio para hablar de figuras clave detrás de la serie, como Salma Hayek, productora del proyecto. Irene Azuela destacó su liderazgo, su claridad de visión y su entusiasmo por mostrar a México desde un lugar poderoso y digno de presumirse ante el mundo.

Salma, contaron, estuvo presente desde el inicio, acompañando al elenco, celebrando el trabajo de caracterización y siendo un pilar firme durante todo el proceso.

La vigencia de la historia fue otro punto central. “Como agua para chocolate” habla de emociones reprimidas que terminan saliendo por la comida, un tema que sigue siendo dolorosamente actual. Azul Guaita reflexionó sobre cómo aún hoy cuesta expresar lo que sentimos, y aseguró que Tita le diría a las nuevas generaciones que amen sin miedo, que sientan todo y lo digan todo.

La vulnerabilidad también estuvo presente cuando Andrea Chaparro y Louis David Horné compartieron una anécdota intensa del rodaje: una caída de caballo que terminó en puntadas, susto y mucha valentía. Lejos de romper al equipo, el accidente los unió más.

La confianza, el apoyo mutuo y la decisión de seguir adelante marcaron uno de los momentos más icónicos del set. Ese “fueguito” colectivo —como lo describieron— es el mismo que atraviesa la serie: la pasión por contar una historia aun cuando duele o quema.

Cambios para el final

Julián de Tavira explicó que, aunque la temporada final sigue fielmente la novela, también expande el universo político y social, especialmente en torno a la Revolución y el conflicto interno de Pedro. Los personajes, dijo, sienten lo mismo que antes, pero con menos ingenuidad. Ya no aman como niños, sino como adultos marcados por la pérdida y la experiencia.

Finalmente, Irene Azuela habló del impacto que ha tenido su personaje, Mamá Elena, uno de los más odiados por el público. Lejos de incomodarla, ese rechazo confirma que la serie logró provocar el debate que buscaba sobre tradición, poder, control y límites impuestos.

La segunda temporada, aseguró, permite ver nuevas capas del personaje y cuestionar cuántas veces ponemos nuestras propias limitaciones en otros.

“Como agua para chocolate” se despide como empezó: con el corazón en la mano, los sentimientos a flor de piel y la comida como lenguaje universal.

Una historia que no solo se ve, se siente. Este domingo 15, la mesa está servida.

Y cada emoción está lista para hervir.— Eunice Alejandra Cruz Molina

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