“El Cascanueces” hace aflorar el espíritu navideño
“El cuerpo baila porque el alma sueña / y el alma sueña porque el universo danza sin pararse nunca”
Con la satisfacción de dos de los afectos de su público habitual —el melodismo de Tchaikowski y el ballet clásico— la Orquesta Sinfónica de Yucatán cerró anteanoche su XXXII temporada con la presencia del galante batallón de la Compañía Nacional de Danza que se desplegó en el escenario del teatro Peón Contreras.
Estelares nombres, danzantes de conjunto, escenógrafos, encargados de vestuario, técnicos en iluminación y una excelente mano directriz —Elisa Carrillo y Cuauhtémoc Nájera— se propusieron ofrecernos la versión de “El Cascanueces” diseñada coreográficamente por la polaca Nina Novak.
Desde el foso, con la agilidad de batuta apropiada para veladas culminantes en la bitácora de la OSY, el director titular, maestro Juan Carlos Lomónaco, proporcionó la bóveda melódica y rítmica bajo la cual se extendió el mágico desplante corpóreo, ese como afán de vuelo y equilibrio ante el cual nos ubica la precisa geometría del ballet clásico.
Una de las piezas de ballet más amada en toda la extensión del planeta, excelente regalo navideño y poseedora de algunas de las páginas más bellas del compositor ruso, “El Cascanueces” intenta conducirnos a un viaje entre la realidad y el sueño, con punto de partida en la intimidad de la niña Clara, sensible e idealista, hacia regiones repletas de reinos maravillosos poblados por hadas, adalides, pajes y un universo de danzantes criaturas en función representativa de seres de la naturaleza o dulces multicolores.
Con lucidez
En dos actos y una serie de cuadros, el Ballet Nacional abordó lúcidamente uno de los tantos proyectos escénicos que el ballet de don Piotr ha generado en sus 130 años de existencia desde sus orígenes de élite en la Rusia zarista.
El punto de inicio es una fiesta navideña de la clase media en San Petersburgo, a fines del siglo XIX. Después, una trama con perenne afán de ilusión nos ubica frente a juguetes que cobran vida, ratones en acciones de batalla, príncipes enamorados, generosas hadas.
Todo un desplante de figuras de técnica corporal —arabescos, piruetas, rotaciones, jetés— hace presencia con imperio y gracia. Advertimos esa luciente precisión que nos parece accesible, pero es el resultado de sometimiento a una normatividad agotadora y exigente.
Disfruta el público con el desfilar de todos los lugares comunes de la cuentística europea elevados por el maestro ruso a paradigmas estéticos. El escenario de nuestro teatro se vistió del linaje de las grandes ocasiones. Aquello fue un tejer y destejer de situaciones dentro de una trama con multiplicados espejismos.
Primer acto
Lluvia de danza y pantomima es el primer acto, con la presencia de niños locales, alumnos del Centro Estatal de Bellas Artes, observamos destellos de hogareño festejo con la llegada de familias invitadas y el ostentoso padrino, el obsequio del mágico cascanueces, asi como las danzas individuales de los muñecos Arlequín, Colombina y el Soldado Moro.
Ya dentro del sueño de Clarita, disfrutamos las vistosas batallas del galante y transformado Cascanueces contra los roedores y la llegada a la comarca de la Nieve, cuyos copos danzan en armónico homenaje a las visitas. La reina (Ana Elisa Mena) ejecutó con precisión y belleza el primer número significativo, un pas de deux con el apoyo de su habilidoso caballero (Roberto Rodríguez).
Segundo acto
Pero fue en el segundo acto cuando el majestuoso catálogo de la danza se hace evidente. La comarca de los dulces abre sus puertas de caramelo y accedemos a un desfile de países y portentos. Rodeada de sus damas, el Hada de azúcar (Agustina Galizzi en plenitud gozosa) desarrolla el segundo número significativo y recibe a la niña y a su gentil compañero.
Con ese distintivo y variado acento que lograba Tchaikowski en su madurez, danzan de inmediato los chocolates, los ramos de té chino, el café árabe, el mazapán y los bastones, así como un hermosísimo cuadro de flores —tres parejas y conjunto— en el que se interpreta ese vals que han inmortalizado y conocen al dedillo todas las quinceañeras que en el mundo son.
“Alzad la vista, enderezad el pecho con precisa gracia y permitirle al pie que inicie su aventura de equilibrio”
El momento culminante llegó con el celebrado pas de deux en que el Hada del Azúcar, sostenida por su nobilísima pareja (Érick Rodríguez) nos traspasaron el murmurar de una melodía que el romanticismo reclama como eternamente suya. Llegaron después las variaciones y la coda. Porte de brazos en angulosa exactitud, rotaciones desafiantes y perfectas, desplazar de gestos imperiales, saltos que descifran el espacio.
“Volemos también nosotros en alas de la danza. Seamos partícipes de su fluir inagotable”
Con la apoteosis de todos los danzantes en escena finalizó esta bella y bien dispuesta puesta en escena. Junto a los elementos de la compañía, al maestro Lomónaco justas y prolongadas palmas.— Jorge H. Álvarez Rendón
