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Cosme Andrade Sánchez(*)

La Iglesia es la familia del padre celestial, cuyo esposo y cabeza es Cristo. En ella están depositados sus grandes tesoros que la enriquecen, engalanan y fortalecen. Cuando la dividimos o nos separamos de ella, le causamos una tremenda herida y un descomunal dolor.

Separarnos de ella o atentar contra la unidad es una falta grave porque la Iglesia siempre será el cuerpo de Cristo y nosotros nos convertimos en descuartizadores del mismo.

Recordemos que el Señor nos dice que: “Yo soy la vid, y ustedes son las ramas. El que permanece unido a mí, y yo unido a él, dará mucho fruto; pues sin mí no pueden ustedes hacer nada” (San Juan 15:5).

Pero, si vemos como lo contemplaron los grandes reformadores, cuando la Iglesia de su tiempo estaba urgida de una renovación y de una reforma, al no ser escuchados por el Magisterio Eclesiástico, optaron por vivir a su manera el Evangelio. Aunque sancionados y excomulgados, estos grandes hombres incomprendidos, pero movidos por el amor divino, tomaron rumbos diferentes.

Ahora, en estos tiempos, nos urge a todos los cristianos de las diferentes comunidades eclesiales salir a convivir, a orar juntos y a crear lazos de verdadera amistad y fraternidad para que limando nuestras asperezas, brille en nosotros una esperanza y el Espíritu Santo sea quien nos traiga un tremendo y renovador soplo de la gracia, a fin de que sea Él quien una lo que para nosotros ha sido imposible.

Sacerdote ortodoxo

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