Por supuesto, la ética del mundo del arte es importante. Pero los museos no son más puros que cualquier otra institución o negocio (Jerry Saltz)

Uno de los temas más importantes para los museos es la integración de los “comités de ética” y la creación de manuales de procedimientos, ya que, si bien existen diversas normas o legislaciones aplicables según el país sobre el patrimonio, este comité debe cuestionar los valores profesionales resultado de la conducta, dado que se trata de instituciones en que confluyen las formas de vida humana con la naturaleza y el patrimonio.

Si bien existe el Código de Deontología para Museos ICOM, adoptado por el Consejo Internacional de Museos y aprobado por unanimidad por la 15a. Asamblea General del ICOM, que tuvo lugar en Buenos Aires (Argentina) el 4 de noviembre de 1986 —modificado el 6 de julio de 2001 y revisado el 8 de octubre de 2004—, cada institución debe conformar su comité a fin de estudiarlo y promoverlo.

En este sentido, la ética se puede enfocar en el ámbito museístico de dos maneras: por una parte, permite regular la actividad del propio museo y, por otra, contribuye a difundir una moral de cara al público. La primera acepción está relacionada con el funcionamiento interno de la institución y en ella se pueden destacar muchas facetas.

En la realización de exposiciones y actividades especiales, el deber principal del museo es conservar para el futuro sus colecciones y utilizarlas para fomentar y difundir conocimientos mediante la investigación, por lo cual sus actividades deben estar de acuerdo con la política y objetivos educativos definidos por la institución, y no comprometer la calidad ni el cuidado de la conservación de las colecciones.

Asimismo, el carácter de la información de las colecciones, o sea, las solicitadas por terceros sobre las piezas, por razones de confidencialidad o seguridad debe clasificarse en público o reservado.

Respecto a la búsqueda y aceptación de apoyo financiero o de otro tipo de fuentes públicas o privadas, debe ser clara y precisar las relaciones entre el museo y los benefactores o donantes, ya que pueden comprometer las normas o los objetivos del museo.

Por otra parte, la existencia de intereses personales causa una contradicción de principio en un contexto profesional y menoscaba o daña la objetividad de una decisión, por lo cual la reglamentación interna debe incluir disposiciones encaminadas a garantizar que ninguna persona que participe en la política o administración, sea miembro del consejo de administración, del órgano rector o personal con toma decisiones saque provecho de la información privilegiada que recibe en su puesto.

En nuestro medio existen algunas malas prácticas, como el tráfico de influencias para promover o buscar financiamiento para personas con las que existe un vínculo (esposa, esposo, hermano, padre, familiar, etcétera), lo que, independientemente de la calidad o importancia de su creación o aporte al campo estético o científico, debe evitarse. Otra es falsear datos, elevar o inflar el número del público asistente en beneficio de presupuestos, y rendir informes con cifras “alegres” sobre eventos realizados, esto resta a las instituciones museísticas su más alto valor: la veracidad de la información que generan.

Así también, los curadores deben mantenerse al margen de la comercialización de obras expuestas, ya que puede entenderse como empleo del espacio para un beneficio económico personal.

Los trabajadores de un museo, ya sea público o privado, tienen un deber que implica grandes responsabilidades y, por consiguiente, deben actuar con integridad, según los principios deontológicos más estrictos, y el mayor grado de objetividad en el desempeño de sus actividades.

Curador.

 

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