La liturgia cristiana hace presente el misterio salvador de Cristo en la Iglesia reunida en asamblea, y esa presencia transforma a quienes participan en su celebración, santificándolos y preparándolos para el culto “en espíritu y en verdad”. Así lo afirmó el presbítero Juan Pablo Moo Garrido al impartir la conferencia titulada “La liturgia: Glorificación de Dios y santificación del hombre”, impartida anteanoche en el Seminario Menor “San Felipe de Jesús” de la Arquidiócesis de Yucatán.
La conferencia tuvo como propósito recaudar fondos para las obras del Seminario Menor y estuvo acompañada por una cena. Más de 400 personas asistieron al evento, incluidos los seminaristas de la institución.
El presbítero Moo Garrido, rector de la Catedral de Mérida, explicó que desde el Concilio Vaticano II la liturgia es comprendida como ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella, los signos dan sentido y realizan la santificación del ser humano, y el Cuerpo Místico de Cristo —cabeza e integrantes— ejerce íntegramente el culto público de la Iglesia.
“Toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia no es igualada por ninguna otra acción eclesial”, afirmó.
El sacerdote detalló que la liturgia tiene cuatro consecuencias principales. Primero, es el ejercicio del sacerdocio de Cristo, ya que en toda acción litúrgica Cristo actúa como sacerdote, ofreciéndose al Padre para la salvación de los hombres. Segundo, los signos sensibles realizan lo que significan, como ocurre con el agua del Bautismo, que purifica y da inicio a la vida nueva, o con el pan de la Eucaristía, que alimenta espiritualmente al creyente. En tercer lugar, en la acción litúrgica Cristo y los cristianos, como Cuerpo Místico, ejercen el culto público. Finalmente, se trata de la acción sagrada por excelencia, incomparable con una actividad humana al ser obra de Cristo y de toda su Iglesia.
Precisó que la liturgia posee una doble dimensión. En su interior se encuentra el misterio de gracia, mediante el cual Dios comunica gratuitamente sus dones a través de las celebraciones litúrgicas y sacramentales. El ser humano, consciente de la grandeza de su vocación, responde con acción de gracias y alabanza.
En la tradición litúrgica se distinguen dos movimientos: el ascendente (anábasis), mediante el cual el ser humano eleva su oración, alabanza y adoración a la Santísima Trinidad a través de los ritos, la oración, el canto litúrgico, la belleza simbólica y el espacio sagrado, y el movimiento descendente (catábasis), por el cual Dios se comunica con el hombre, transmitiéndole su vida sobrenatural mediante signos visibles que tocan al ser humano de manera real, aunque invisible. “La liturgia es una obra divina porque solo Dios puede santificar al hombre”, subrayó.
La primera dimensión es la glorificación de Dios, ya que la liturgia constituye el culto por el cual la Iglesia reconoce la grandeza del Padre, por Cristo y en el Espíritu Santo. La adoración —explicó— es la actitud fundamental del ser humano que se reconoce criatura ante su Creador y proclama con humildad la grandeza del Señor.
La segunda dimensión es la santificación del hombre, en cuanto la liturgia es el ámbito donde Dios actúa para transformar a la asamblea. Este movimiento se origina en Dios, se realiza por medio del Hijo y del Espíritu Santo, y se concreta en la proclamación de la Sagrada Escritura y en la celebración de los sacramentos. El Espíritu Santo, añadió, es quien permite que los signos sacramentales realicen aquello que expresan.
El padre Moo Garrido dijo que la liturgia acentúa la iniciativa divina, pues es Dios quien se inclina hacia la humanidad a través de Jesús para establecer un diálogo y llamar a la comunión con el Padre. En la liturgia, la iniciativa es de Dios, y el hombre responde desde la libertad y la fe.
“La liturgia cristiana hace presente el misterio salvador de Cristo en la Iglesia reunida en asamblea, y esta presencia transforma a quienes participan en ella, santificándolos y preparándolos para el culto en espíritu y verdad”, finalizó.— Emanuel Rincón Becerra
