Recientemente celebramos en México el Día de la Enfermera/o. La enfermería no es solo una profesión técnica, es, ante todo, una vocación al servicio de la vida y de la dignidad humana. Nace del encuentro entre la ciencia y la compasión, entre el conocimiento clínico y el deseo profundo de acompañar al ser humano en sus momentos más frágiles.
Quien ejerce la enfermería entra en la historia del paciente: escucha sus miedos, fortalece su esperanza y ayuda a sobrellevar el dolor. El cuidado no se limita a curar; implica mirar a la persona en su totalidad: cuerpo, mente, relaciones y espiritualidad.
La enfermera y el enfermero están allí cuando otros no pueden estar: en la noche del hospital, en la soledad de una habitación, en el paso difícil de la enfermedad. Su presencia se convierte en signo de consuelo, respeto y humanidad.
La vocación no excluye la excelencia profesional: la exige. El cuidado responsable implica formación constante, trabajo en equipo, decisiones prudentes y un respeto por la autonomía del paciente. La ética del cuidado protege tanto al enfermo como al profesional.
En cada gesto (tomar signos vitales, administrar un tratamiento, acompañar a la familia) se revela una opción fundamental: defender y promover la vida, aun cuando la curación no sea posible, porque siempre es posible cuidar.
La enfermería, cuando se vive como vocación, se transforma también en camino de crecimiento personal y espiritual. El encuentro con el sufrimiento enseña humildad, compasión y esperanza; ayuda a descubrir que cada persona es única y merece ser tratada con dignidad. La persona enferma no pide solo medicamentos. Pide ser reconocida, comprendida, sostenida en su fragilidad. La enfermera y el enfermero están en el umbral donde el miedo se mezcla con la esperanza. Su presencia, serena y respetuosa, puede transformar el ambiente clínico en un lugar de encuentro y consuelo. A veces, una palabra suave, un silencio compartido o una mano que se apoya con cariño abren caminos que ningún tratamiento puede sustituir.
Un compromiso real
Vivir la enfermería como vocación no significa improvisar, sino comprometerse con la ciencia, la preparación y la ética. Cada procedimiento, cada decisión, es un acto de responsabilidad sobre una vida concreta. El profesional se forma, investiga, trabaja en equipo, porque sabe que el cuidado digno requiere sabiduría, prudencia y respeto profundo por la persona.
Hay momentos en los que la medicina llega a su límite. Sin embargo, el cuidado nunca se agota. Acompañar el dolor, sostener a la familia, ayudar a despedirse con paz y dignidad es una forma alta de caridad. Allí, el enfermero y la enfermera se convierten en testigos de esperanza, recordando que la vida conserva su valor incluso en la fragilidad.
Cuando Jesús recorre los caminos, se detiene ante los enfermos, los mira, los toca, restaura su dignidad. Nunca abandona a quien lo padece. La enfermería, vivida como vocación, prolonga hoy esa cercanía: es un ministerio cotidiano de compasión que hace visible el rostro misericordioso de Dios.— P. Alejandro de J. Álvarez Gallegos, coordinador diocesano para la Pastoral de la salud, vida y adultos mayores
