El segundo programa de la temporada enero-junio 2026 de la Orquesta Sinfónica de Yucatán confirmó que esta etapa, bajo la dirección artística titular de Alfonso Scarano, no busca la comodidad de lo previsible, sino el asombro que nace cuando el público es invitado a escuchar con mayor profundidad.
Como es ya estampa habitual en la vida cultural de Mérida, anteanoche la Sala de Conciertos del Palacio de la Música lució llena. El fresco nocturno no fue obstáculo para que los seguidores de la música sinfónica acudieran puntualmente, atraídos por el gran programa que prometía algo poco común, escuchar una misma obra desde dos universos sonoros distintos. Sin duda, una experiencia pensada para el oído y la memoria.
Este fue el segundo programa de la temporada de Scarano como director artístico titular de la OSY y quizá la que terminó de delinear con claridad el espírítu de esta etapa, marcado por la exploración, el riesgo bien calculado y una invitación abierta a escuchar de otra manera. El propio maestro lo ha definido como “el arte de la transcripción”, un concepto que, más que un recurso técnico, se convirtió en la batuta de la velada.
Antes de la tercera llamada ocurrió una escena inusual y reveladora. Alfonso Scarano no estaba aún en el podio, sino entre el público, sentado en las butacas como un espectador más. Desde ahí presenció la primera parte del concierto, en la que los protagonistas absolutos fueron los solistas César Reyes Jiménez, originario de Oaxaca y miembro de la OSY, en el clarinete, y Carlos Adriel Salmerón Arroyo, de Ciudad de México, pianista invitado.
Ambos interpretaron la Sonata para clarinete y piano número 1 de Johannes Brahms en su versión original, una obra perteneciente al período maduro del compositor alemán. Desde las primeras notas quedó claro que no se trataba de un simple diálogo entre instrumentos, sino de una conversación profunda, cargada de intención y matices.
Complementación
La interpretación fue impecable. Reyes y Salmerón se complementaron con una precisión que hizo respirar a la obra con naturalidad. El primer movimiento se desplegó con intensidad contenida; el segundo ofreció un espacio de reflexión serena; mientras que el tercero y el cuarto trazaron contrastes expresivos que mantuvieron al público en un estado de atención constante. La sonata, despojada de la masa orquestal, mostró su arquitectura íntima, casi confesional, y confirmó por qué forma parte del repertorio esencial del clarinete. Y el virtuosismo de Brahms, tras anunciar su retiro, encontró en este instrumento una nueva voz gracias a su encuentro con Richard Mühlfeld.
El experimento planteado por Scarano comenzaba a dar frutos. El público escuchaba, asimilaba, memorizaba. Luego vino el intermedio y con él un cambio de perspectiva. El director descendió de la sala para tomar posesión del podio. A partir de ese momento, la obra regresaría transformada.
Tras el receso, la Orquesta Sinfónica de Yucatán interpretó la Sonata en la versión orquestal realizada por Luciano Berio en 1986, originalmente concebida para la Filarmónica de Los Ángeles. El clarinete de César Reyes se ubicó junto al podio, mimetizándose con la orquesta sin perder su papel protagónico. La obra, ahora expandida, adquirió nuevos cuerpo y capas de color, y una dimensión espacial distinta.
Escuchar las cuatro partes de la sonata en este formato permitió al público comparar, casi de manera pedagógica pero también emotiva, las diferencias entre ambas versiones. Donde antes había intimidad, ahora surgía amplitud; donde el piano sugería texturas orquestales, la orquesta las hacía explícitas. Cada movimiento fue recibido con agrado, confirmando la buena acogida de la propuesta.
Tras la ovación y la entrega de flores al solista, César Reyes se retiró del escenario para dar paso a las dos obras restantes del programa, que ampliaron aún más el viaje sonoro de la noche.
“El Moldava”, de Bedrich Smetana, fue un auténtico paseo musical por el nacionalismo checo. La obra describe el curso del río Moldava desde sus manantiales hasta su llegada a Praga, y la OSY supo delinear cada episodio con claridad narrativa. Las flautas y clarinetes evocaron los dos manantiales, uno cálido y otro frío, que dan origen al río. Pronto emergió la célebre melodía principal, de sabor folclórico, representando el fluir del cauce.
Las trompas anunciaron la caza en el bosque; una polca animada dio vida a la boda campesina; las melodías misteriosas y serenas recrearon la noche de ninfas bajo la Luna. Luego llegaron los rápidos de San Juan, con una orquestación intensa y tumultuosa, antes de que el tema regresara con majestuosidad al aproximarse a Praga y al castillo de Vysehrad. El brillo del triángulo y la resonancia del arpa añadieron destellos de luz a una interpretación que fue aplaudida de pie al concluir.
La velada cerró con la Obertura de Otelo, de Antonín Dvorák, una obra cargada de dramatismo que representa la lucha interna, los celos abrasadores y el amor trágico del personaje shakespeariano. Desde el inicio, un tema amoroso abrió paso a una música que fue creciendo en intensidad hasta adentrarse en la naturaleza trágica del drama. La riqueza de la orquestación, con maderas, metales, percusiones, arpa y cuerdas, permitió a la OSY desplegar su paleta expresiva y poderosa.
Al final, el público volvió a ponerse de pie. Los aplausos se prolongaron largamente, llamando una y otra vez al director al escenario. Scarano regresó en varias ocasiones, invitando a la orquesta a levantarse por secciones, en un gesto de reconocimiento colectivo. El ramo de flores que recibió fue finalmente obsequiado a una de las músicas de la orquesta.
La sala se encendió no solo por la ovación, sino por el murmullo entusiasta de los asistentes al salir, comentando la grandeza de lo vivido y el acierto de una propuesta que desafía al oído y acelera al corazón.
Este segundo programa reafirmó el rumbo de la Orquesta Sinfónica de Yucatán en 2026, dejando claro que, bajo la batuta de Alfonso Scarano, cada programa aspira a ser una experiencia que transforme la escucha.— DARINKA RUIZ MORIMOTO





