En la profundidad de la península, desde los montes bajos hasta las arboledas urbanas de Mérida, resuena un cantos: de las aves que hacen de este territorio, uno de los más ricos en biodiversidad de México.
Con al menos 456 especies de aves registradas, Yucatán despliega un mosaico ornitológico que hoy enfrenta retos crecientes ante la expansión agrícola, el uso de agroquímicos y la transformación de suelos naturales.
La chara yucateca (“Cyanocorax yucatanicus”), también llamada chel (rubio, güero en maya), es una de estas joyas plumíferas que, aunque no orienta su atractivo al canto melodioso ni a un plumaje ornamental como el de los loros, tiene una belleza única.
Con su plumaje negro profundo con destellos azulados, ojos vivaces y figura elegante, esta ave encarna la vida de las selvas bajas y los matorrales de las aguadas de la región. Su presencia constante y sociable en los bordes de vegetación y dentro de pequeñas comunidades humanas la convierte en un símbolo de la convivencia entre naturaleza y cultura peninsular.
El chel se acerca a las milpas maiceras, pues ante la reducción de su hábitat el ave se queda sin alimento, así que busca comida en áreas sembradas con el grano.
En contraste, el pájaro toh (“Eumomota superciliosa”) deslumbra por su porte y color. Esta especie, conocida también como pájaro reloj, ostenta un plumaje más vistoso, con tonos verdosos y azules que relucen al sol y una cola singular en forma de pincel que se balancea con elegancia en sus vuelos entre los árboles.
Es un ave emblemática, señal de la salud de la selva, además de ser referente de conservación y servicios ambientales esenciales para los ecosistemas.
Ambas especies, aunque distintas en forma y función, comparten la misma fragilidad ecológica: dependen de hábitats que hoy se ven minados por prácticas agrícolas intensivas, uso de agroquímicos y la pérdida progresiva de vegetación nativa en parcelas y zonas forestales. Estas alteraciones no solo reducen sus espacios de anidación y alimento, sino que también afectan la red trófica en la que las aves desempeñan un papel clave como controladores de insectos, dispersores de semillas y vigías ecológicos.
Loros urbanos
En un fenómeno que combina adaptación y alerta, Mérida ha sido testigo de un aumento en la presencia de loros en zonas urbanas, una muestra de la riqueza biológica local que se extiende más allá de la selva tradicional.
De acuerdo con los resultados recientes del “Monitoreo de Loros Urbanos”, implementado por el Centro de Difusión y Conservación Ambiental Proyecto Santa María con la participación de cientos de ciudadanos, en Mérida se han identificado nueve especies de loros que habitan libremente en la ciudad. Entre estas figuran el loro frente blanca, el loro cachetes amarillos, el loro cabeza amarilla, el loro yucateco y la guacamaya roja, así como otras especies introducidas o en expansión.
Este monitoreo urbano, único en el país por su escala y participación comunitaria, ha registrado casi 3 mil avistamientos en un año, lo que indica que estas aves no solo sobreviven, sino que se reproducen dentro de la ciudad y usan más de 30 especies de árboles como recursos alimentarios y de descanso.
Sin embargo, este crecimiento poblacional en zonas humanas no está exento de amenazas. La tala de árboles, la contaminación ambiental y la persistente captura para el comercio ilegal de aves silvestres ponen en riesgo no solo a los loros, sino también a especies menos visibles como la chara y el pájaro toh.
La remanente conversión de selvas a potreros y parcelas agrícolas, así como la aplicación de plaguicidas persistentes, siguen siendo factores críticos de pérdida de hábitat.
Conservación
La riqueza ornitológica de Yucatán, desde la chara yucateca hasta el colorido loro urbano y la elegante silueta del pájaro toh, recuerdan que este territorio es un tesoro natural frágil y complejo. La interacción de especies con paisajes degradados por actividades humanas pone de manifiesto la urgente necesidad de políticas ambientales integrales, educación ciudadana y prácticas agrícolas que respeten la biodiversidad.
La conservación de estas aves, que son parte esencial de la identidad y el equilibrio ecológico de la región, no solo constituye un deber científico o ambiental, sino también un compromiso cultural de las comunidades yucatecas hacia su tierra viva.







