Como especie humana tenemos una extraña fascinación por el riesgo, el caos y el drama. No es algo nuevo. Basta recordar el Coliseo romano: miles de personas asistían emocionadas a ver cómo hombres peleaban contra bestias. Querían que sobrevivieran… pero también querían ver sangre.

Hace unos días vi un video en redes donde el público observaba acrobacias aéreas. Las caras brillaban de emoción en cada riesgo de muerte y se relajaban cuando el piloto sobrevivía. Esa tensión nos atrae. Nos activa. Nos entretiene.

La pregunta incómoda es: ¿también nos volvemos adictos al caos en nuestra propia vida?

A veces parece que sí. Repetimos malas decisiones, patrones adictivos, relaciones tóxicas, mentiras, conductas autodestructivas. Incluso cuando ya vivimos las consecuencias, volvemos a caer. No siempre es falta de información; muchas veces es una condición emocional no trabajada.

En distintos países, los programas de recuperación de adicciones incluyen también el tratamiento del trauma y la codependencia. No es casualidad. La Organización Mundial de la Salud reconoce muchas de estas conductas como enfermedades crónicas, progresivas y potencialmente mortales. El trauma no atendido no desaparece: se transforma en patrón.

Un trauma puede ser una infancia difícil, una pérdida física, una ruptura profunda o una experiencia que rompe nuestra narrativa. Si no se procesa, contamina decisiones futuras y alimenta ciclos de caos.

Entonces surge una idea que puede parecer contradictoria: ¿hemos aprendido a estar jodidos… pero contentos? ¿Nos acostumbramos al dolor hasta volverlo identidad?

Sin embargo, también existe otra capacidad humana: la resiliencia. Tenemos la habilidad de aceptar circunstancias difíciles sin convertirlas en condena. Podemos trabajar nuestras emociones y aprender a vivir en paz incluso cuando la vida no es como la imaginamos.

No siempre elegimos lo que nos sucede. Pero sí podemos elegir cómo lo habitamos.

He entendido que muchas terapias y programas a los que asisto no buscan que el mundo me pida perdón. Buscan enseñarme a vivir sin necesitarlo. A aceptar mi condición presente y mejorarla desde adentro.

Tal vez la verdadera evolución humana no esté en evitar el dolor, sino en dejar de volverlo espectáculo interno.

Mi nombre es Alejandro José Granja Peniche, y hoy creo que el verdadero superpoder no es sobrevivir al caos, sino dejar de necesitarlo.

En mis redes comparto la versión extendida de esta reflexión.