A pesar del rechazo actual a la maternidad, hay un deseo profundo de trascendencia a través de la procreación, que, obstaculizada por la infertilidad biológica, es tierra fértil para que colectivos científicos como el de Cambridge encuentren solventes patrocinadores para desarrollar la tecnología de la reproducción asistida.

Con esta tecnología han encontrado otras formas de procrear —diferentes a la natural— a través de sus técnicas —inseminación artificial y fecundación in vitro— que, según la Bioética personalista, separan el acto conyugal de la procreación, lo que reduce al bebé a ser sólo un “costoso producto técnico”.

Grupos feministas-radicales observan que el proceso de extracción de óvulos recae exclusivamente sobre el cuerpo de la mujer y sugieren minimizar los riesgos mediante “FIVs de baja intensidad”. Al darse cuenta de que sus sugerencias no fueron escuchadas, se proponen liberar a la mujer del “doloroso y riesgoso” proceso —como ellos mismos calificaron— de la fecundación artificial e, incluso, liberarla del embarazo.

La meta final sería crear úteros artificiales que reemplacen la función de la mujer en las cuarenta semanas de gestación; pero esto es ciencia ficción. El recurso real que se tiene a mano y cada día más utilizado —a pesar de tantos conflictos psicológicos, familiares y legales que ha provocado— es la “gestación subrogada” o “madre sustituta”. Esto significa que mujeres rentan su útero a personas que no pueden tener hijos, ya sea por esterilidad o por ser parejas del mismo sexo, convirtiéndose así en un mercado muy lucrativo.

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