El cornista Juan José Pastor y el director huésped Alejandro Basulto Martínez compartirán escenario durante el tercer programa de la OSY
El cornista Juan José Pastor y el director huésped Alejandro Basulto Martínez compartirán escenario durante el tercer programa de la OSY

El tercer programa de la temporada septiembre-diciembre de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, que se presentará mañana y el domingo 4 en el Palacio de la Música, lleva el título “Espíritu y poesía”, y reunirá la obertura “Las Hébridas”, de Félix Mendelssohn; el Concierto para corno y orquesta Op. 91, de Reinhold M. Glière, con Juan José Pastor como solista, y “La muerte y la doncella”, de Franz Schubert, en la versión para orquesta de cuerdas de Gustav Mahler.

Al frente de la OSY estará como director huésped Alejandro Basulto Martínez, quien reconoce que en esta ocasión tiene un significado especial compartir el escenario con Juan José Pastor, corno principal de la agrupación, a quien conoce desde hace aproximadamente 25 años.

“Es un agasajo”, dice Basulto al hablar de la colaboración y también lo es, para él, volver a dirigir una orquesta cuyo nacimiento y evolución ha podido observar de cerca. Recuerda que cuando comenzaba su carrera algunos de los músicos con los que ahora comparte escenario ya eran profesionales consolidados y él los escuchaba como público. Por eso, cada reencuentro con la OSY es muy especial. Ahora disfruta subir al escenario junto con colegas a quienes admira.

En medio de ese encuentro está Juanjo Pastor. Para el instrumentista español, nacido en Catarroja, Valencia, la música comenzó cuando tenía seis o siete años y su abuelo lo llevó a la sociedad musical de su pueblo. Allí había coro, banda juvenil y orquesta juvenil. Él lo vivía como un juego, un lugar para hacer amigos y divertirse. Incluso recuerda que, de niño, que le prohibieran ir a la música era uno de sus más temidos castigos. Su primer instrumento fue el corno, aunque también estudió piano, violín y órgano. El piano, dice, terminó siendo uno de los mejores regalos que recibió, porque le permitió comprender la música desde otra perspectiva, especialmente la armonía y la estructura orquestal.

Pero fue su maestro José Vicente Sebastián quien terminó de mostrarle que aquella afición podía convertirse en una profesión. Pastor lo recuerda como una figura fundamental, casi como un hermano mayor.

Con los años descubrió también que la música tiene memoria, que la música puede funcionar como los sabores, despertar recuerdos que permanecen durante décadas. Y la propia trayectoria de Pastor tiene una historia de regreso. Llegó a Yucatán una semana antes del debut de la OSY, después de haberse alejado de la música durante cinco años.

Envió su candidatura, viajó con su familia y pensó que permanecería un año. El proyecto terminó adoptándolo. Desde entonces ha acompañado el crecimiento de la orquesta y se siente afortunado de haber formado parte de su historia desde una etapa temprana.

Ahora vuelve a encontrarse con una obra que ya había interpretado hace aproximadamente 13 años, el Concierto para corno de Glière, considerado un hito para cualquier intérprete del instrumento. Regresar a la pieza después de tantos años es distinto. Hay más experiencia, otras referencias y otra manera de entender el corno. Para esta ocasión incluso recuperó un instrumento de la década de 1960 que perteneció a un gran cornista. Y asegura sentirse en el mejor momento de su carrera.

Grato hallazgo

Basulto llegó a Glière desde el descubrimiento. Conocía “Las Hébridas”, una de sus oberturas favoritas, pero reconoce que el concierto para corno fue una sorpresa. Descubrirlo significó también acercarse a un compositor cuya obra ahora quiere explorar más.

Las tres piezas del programa tienen para él un hilo que las hilvana y es la evocación. En Mendelssohn está el mar, las islas Hébridas, el viento y las olas. En Schubert está el contraste entre la belleza de la doncella y la tragedia de la muerte. En Glière, el corno adquiere una dimensión casi humana, como una voz individual que dialoga con toda la orquesta.

“Esta música me invita a soñar”, explica el director. Él la escucha desde una postura muy visual, imagina el mar, pinturas románticas, marchas y distintos paisajes sonoros.

Pastor conoce, en cambio, la otra cara de esa imaginación, la dificultad. El corno exige una disciplina constante. En algo en que ambos concuerdan es que en este instrumento cada nota puede fallar. El intérprete debe controlar su gran complejidad, capaz de sonar heroico y poderoso, pero también delicado y distante. Por eso la práctica cotidiana, es indispensable no dejar de ensayarlo una y otra vez.

En medio de esa exigencia, ambos músicos hablan de una palabra: disfrute. Basulto piensa que ésta es quizá su décima colaboración con la OSY y que lo que une a los integrantes de la agrupación es algo sencillo y profundo, a todos les gusta la música y disfrutan hacerla sonar frente al público.

Pastor comparte esa complicidad con Basulto. Lo ha visto crecer profesionalmente y lo considera una referencia. Para él, tenerlo ahora como director huésped hace todavía más especial este regreso a Glière.

Y Basulto llega a estos conciertos con una alegría personal renovada. Hace aproximadamente un año y medio se convirtió en padre y vive todo con más emoción. “Estoy enamorado de mi hijo”, cuenta. Esa felicidad también acompaña sus ensayos. Porque, al final, sostiene, la perfección no existe. Puede ocurrir cualquier cosa sobre un escenario, pero lo importante es la emoción y la manera de entregarse a ella.

Por eso ambos coinciden en su invitación al público, que asistir a un concierto también puede ser una forma de desconectarse del ruido cotidiano. Pastor habla de dos horas para sentir tristeza, alegría y dejarse llevar por la música. Basulto lo define casi como un momento religioso, apagar el celular y sumergirse en el sonido. “No hay un solo cable en el escenario”, dice. “Todo es madera, es metal vibrando, todo es humano”.

Y por ello, lo que ofrecerá la OSY este fin de semana es una nueva oportunidad para escuchar, imaginar y sentir. El mar de Mendelssohn, la tragedia de Schubert, la voz del corno de Glière y, entre todos esos sonidos, la historia de dos músicos que llegan al escenario desde lugares distintos, pero unidos por la música, que sigue siendo una de las formas más profundas de encontrarse con los demás y con uno mismo.— DARINKA RUIZ MORIMOTO

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