El caso representa un nuevo frente en la campaña de deportación masiva en EE. UU.: arrestos en aeropuertos de personas que tienen casos de inmigración activos y sin antecedentes penales.
Brent Jindra, un vendedor de tecnología, votó tres veces por el presidente Donald Trump, atraído por su agresiva agenda de inmigración. Nunca imaginó que la ofensiva atraparía a su propia esposa.
El mes pasado, instantes después de que la pareja bajara de su vuelo en Burbank, California, un joven con una sudadera marrón con capucha detuvo a Galina Bobreneva.
“Felicidades, fuiste elegida para una revisión secundaria”, le dijo, según lo que recuerda la pareja.
El hombre era un agente federal y, después de interrogar a Bobreneva durante unos 15 minutos, se la llevó esposada a un vehículo sin identificación.
“Solo hago mi trabajo”, dijo. “Todo estará bien”.
Un calvario de 16 días
Así comenzó un calvario de 16 días: una noche en el piso de una celda de detención en un sótano en el centro de Los Ángeles; dos semanas en un centro de detención en el desierto de Mojave y un frenético esfuerzo legal para lograr su liberación.
Bobreneva fue liberada con una fianza de 35,000 dólares y un monitor electrónico sujeto a su tobillo. Ahora lucha por quedarse en Estados Unidos ante los cargos federales de exceder el tiempo de estadía de su visa.
Bobreneva, quien es de Rusia, tiene una solicitud de tarjeta de residencia permanente pendiente, y su abogado afirma que nunca perdió su estatus legal.
Su caso representa un nuevo frente en la campaña de deportación masiva del presidente Trump: arrestos en aeropuertos de personas cuyas visas han expirado, pero que tienen casos de inmigración activos y sin antecedentes penales.
Duplicar los arrestos diarios de 2000 personas
Aunque los solicitantes de tarjeta de residencia permanente con visas vencidas pueden ser detenidos según la ley federal, los gobiernos anteriores no consideraban que estuvieran en el país ilegalmente. Pero a medida que el gobierno de Trump busca casi duplicar sus arrestos diarios a 2000 personas, está deteniendo e intentando deportar a miles de personas que creían estar siguiendo las reglas.
“El atractivo de la campaña de MAGA se enfocaba en la entrada ilegal de delincuentes”, afirmó Jindra, de 48 años. “Nunca hubo un mandato para que este presidente girara el cañón del arma y comenzara a perseguir a las personas que entraron legalmente”.
En respuesta a preguntas sobre el caso de Bobreneva, el Departamento de Seguridad Nacional dijo en un comunicado que ella era “una extranjera ilegal” que había sido objeto de arresto porque “excedió su estadía en violación a las leyes de nuestra nación”.
“Para ser claros, una autorización de trabajo o una solicitud pendiente NO confieren estatus legal en Estados Unidos”, dijo la agencia en un comunicado.
La agenda de inmigración de Trump
La agenda de inmigración de Trump, que ayudó a impulsarlo a la Casa Blanca para un segundo mandato, se está convirtiendo en una vulnerabilidad para el Partido Republicano antes de las elecciones intermedias, ya que incluso algunos miembros de su base han comenzado a condenar las tácticas de línea dura del ICE.
Jindra se consideraba un patriota del movimiento MAGA hasta la detención de su esposa.
“Ella no saltó un muro, no cruzó un río nadando”, dijo. “Entró por la hermosa y gran puerta principal de Trump”.
Bobreneva llegó con una visa de turista a finales de 2021, la extendió dos veces tras la invasión de Rusia a Ucrania y solicitó asilo en 2022. Conoció a Jindra en marzo de 2025 y para diciembre ya estaban casados.
“Fue el típico romance de cuento de hadas”, afirmó Jindra.
Jindra presentó una petición en abril para patrocinar a su esposa para una tarjeta de residencia permanente por matrimonio. Recibieron la confirmación oficial de que la solicitud había sido aceptada. A ella le tomaron las huellas dactilares.
Los recién casados compraron una “casa de ensueño” en Cleveland, Ohio, donde Jindra creció, y tenían la intención de mudarse allí pronto.
Planearon un viaje a la región vinícola del condado de Sonoma para celebrar el cumpleaños número 40 de Bobreneva el 16 de julio. Jindra reservó una suite en un hotel boutique, pagó por adelantado visitas a tres viñedos y contrató a un conductor.
Nunca llegaron.
Detenidos en el aeropuerto
El 13 de julio, la pareja abordó un vuelo de San Francisco a Burbank, donde Jindra planeaba reunirse con clientes y Bobreneva, ver a unos amigos.
Cuando se les acercaron agentes vestidos de civil en el aeropuerto, la pareja pensó al principio que era un engaño.
“Cuando mostraron la placa del ICE, fue evidente que era legítimo”, recordó Jindra, y utilizó las siglas en inglés del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas.
Él llamó de inmediato a su abogado de inmigración, pero los agentes se negaron a hablar con él. Llevaron a Bobreneva a una habitación y dejaron a su esposo en el vestíbulo, flanqueado por la policía del aeropuerto de Burbank, relató.
Adentro, los agentes le dijeron a Bobreneva que se había quedado más tiempo del permitido en su visa. “Estaba absolutamente segura de que se trataba de un error”, dijo.
Explicó que estaba en proceso de obtener una tarjeta de residencia permanente y presentó los documentos.
Cuando un agente sacó las esposas, Bobreneva quedó estupefacta. Pidió entregar su anillo de compromiso y otras joyas a su esposo. Luego se la llevaron, y le dijeron que Jindra sabría dónde encontrarla.
“Un ciudadano estadounidense acababa de ver cómo se llevaban a su esposa a la fuerza y no tenía idea de adónde iba”, recordó Jindra.
La camioneta blanca se alejó a toda velocidad en la oscuridad. Bobreneva, a solas con dos hombres, dijo que temió por su seguridad hasta que llegaron a unas instalaciones del ICE.
Estuvo retenida en una habitación helada con un puñado de mujeres. Recordó a una demacrada migrante diabética de unos 70 años que suplicaba por insulina, sin éxito. Bobreneva se acurrucó en el suelo bajo una manta térmica de aluminio.
Encadenada de los tobillos, la cintura y las muñecas
Unas 18 horas después, fue encadenada de los tobillos, la cintura y las muñecas y subida a una furgoneta sin identificación con varios otros migrantes. Rebotaban de arriba a abajo en el sofocante vehículo mientras este se dirigía a toda velocidad hacia el centro de detención en Adelanto.
“Me sentí como un pedazo de carne, no como un ser humano”, recordó Bobreneva.
Para cuando se puso el uniforme azul de prisión y le asignaron la litera L63 —una cama de abajo en la sección de mujeres— eran las 5 a. m. Treinta minutos después, mientras se quedaba dormida, sonaron a todo volumen las órdenes por el altavoz para el conteo de detenidas y la fila del desayuno.
La falta de sueño era una constante, dijo. Las luces siempre estaban encendidas. Las radios portátiles que llevaban los guardias hacían ruido de día y de noche. En su cumpleaños, recordó Bobreneva, compartió el chocolate que había pedido en el comisariato con otras detenidas de habla rusa provenientes de Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Armenia.
Bobreneva describió negligencia, inmundicia y personas desesperadas.
Para 120 mujeres, había siete duchas; solo funcionaban cuatro. El agua potable era escasa; a las personas enfermas se les negaba atención médica hasta que requerían hospitalización, dijo, haciendo eco de las acusaciones en una demanda federal.
The GEO Group, que opera el centro de detención, se negó a hacer comentarios sobre las acusaciones de Bobreneva y remitió las preguntas al ICE.
En un comunicado, un portavoz de seguridad nacional dijo: “Cualquier afirmación de que hay condiciones deficientes en el centro de procesamiento del ICE en Adelanto es FALSA. A todos los detenidos se les proporcionan comidas adecuadas, agua, tratamiento médico y tienen oportunidades para comunicarse con sus familiares y abogados”.
El ICE no respondió a las preguntas.
“Te conviertes en un número”, dijo. “A nadie le importa. Hay cero empatía”.
Jindra la visitaba cuando se lo permitían, tres veces por semana, y se apresuró a asegurar su liberación.
Pasaron dos semanas.
Liberada con una fianza de 35,000 dólares
Su abogado, Patrick Valdez, solicitó una audiencia de fianza, que fue programada para el 28 de julio. Bobreneva fue liberada el 29 de julio con una fianza de 35,000 dólares, un monitor de tobillo y una orden de presentarse ante el ICE en San Francisco el 5 de agosto.
Durante la cena en un restaurante de mariscos en Redwood City la noche antes de su cita, Bobreneva apenas tocó sus croquetas de cangrejo. Había tenido dificultades para dormir y estaba aterrada de ser detenida nuevamente.
“Nunca pensé que fuera tan fácil quitarle la libertad a alguien”, dijo.
Jindra también estaba nervioso.
“Estamos viviendo con miedo en mi propio país”, dijo.
A la mañana siguiente, se unieron a una fila afuera del edificio de inmigración que daba la vuelta a la cuadra. Bobreneva entró con su abogado más de dos horas después.
Salieron con instrucciones del ICE de presentarse nuevamente el 7 de septiembre.
La pareja regresó a Redwood City, donde regalos de cumpleaños sin abrir y globos desinflados descansaban sobre la mesa del comedor, junto a un jarrón con dos decenas de rosas marchitas.
“No puedo celebrar nada”, dijo Bobreneva.
Su primera comparecencia ante el tribunal es el 22 de octubre, pero su caso tardará meses en resolverse.
Dado que lleva el monitor electrónico, Bobreneva está confinada a un perímetro reducido.
El domingo pasado, la pareja se aventuró a ir a la playa.
Bobreneva estaba “disfrutando de su libertad”, dijo Jindra, “en todo su radio de 120 kilómetros”.
Kirsten Noyes colaboró con investigación.
Miriam Jordan reporta sobre personas migrantes y su impacto en la demografía, la sociedad y la economía de Estados Unidos desde la perspectiva de base.
Kirsten Noyes colaboró con investigación.
