(Primera Columna publicada el 30 de abril de 2009)

En la banca de costumbre, César Pompeyo lee una edición antigua de la novela de Robert Louis Stevenson que estremeció al Londres de fines del siglo XIX: “El extraño caso del doctor Jeckyll y el señor Hyde”.

—¿De qué trata? — le pregunta el reportero, que de Stevenson sólo ha conocido, allá en su infancia, “La isla del tesoro”.

—Es el clásico sobre la doble personalidad. La historia de un hombre perseguido por sí mismo. Un hombre perverso, el señor Hyde, cohabita en el alma de un hombre virtuoso, el doctor Jeckyll, y de noche es capaz de infamias que de día son inconcebibles en su compañero de cuerpo. Es la biblia de la duplicidad, de la incongruencia, de la callosidad moral coronada de una aureola de decencia.

—¿Cómo se le ocurren a usted estas lecturas en momentos de crisis, cuando el virus de la influenza llueve sobre el piso mojado de una economía enferma?

—Tus problemas con el PAN, reportero, me llevaron a Stevenson. Vemos en el presidente nacional del partido cierta analogía con Jeckyll y Hyde, cierta nada más pero suficiente para encender las luces rojas de un estado de alerta de Tijuana a Yucatán. En la ciudad de México, Germán Martínez Cázares te dice que te cree, te jura que está contigo cuando afirmas en tu periódico que el panista campechano Lavalle estaba presente en la reunión donde el director de la Lotería te propuso el negocio inmoral de pagar la propaganda política. Luego…

—Luego, de la noche a la mañana, Germán alaba al campechano porque fue al Congreso a manifestar lo contrario: que no estaba allá, que no aprobó nada, que a ti no te conoce, que nunca ha visto al director ni en fotografía. Germán elogia al campechano porque tuvo “el valor civil” de ir a la Cámara a decir que es mentira lo que tú dices que es verdad. Eso no es valor civil: es conciencia plena de que la impunidad lo ampara. Impunidad ordenada desde arriba. Además…

—Además, Germán te informa que no tiene la menor idea de cuándo irá a Campeche, pero al día siguiente va para allá y asiste a la toma de posesión del candidato a la gubernatura. Asiste precisamente con el campechano al que condena un día, pero canoniza al otro. Es el extraño caso del señor Martínez y el señor Lavalle. El caso de la doble personalidad que cohabita en el líder nacional panista. Poncio Pilato al revés: primero condena y luego absuelve. Es el virus…

—El virus mutante, reportero, que está atacando a los señorones del PAN: están haciendo lo mismo que el PRI. Viéndolo bien, los priístas son más fieles a su bandera: quieren regresar al poder federal para hacer allá lo mismo que hacían antes y están haciendo hoy aquí. No tienen doble personalidad. Son definidos: árbol que crece torcido…

—Precise, don César: ¿quién no se puede enderezar? ¿El PAN o el PRI?

—¿Quién sabe hoy quién es PAN y quién es PRI? Recuerda la frase inmortal de Poncio: “La verdad, ¿qué es la verdad? ¿La mentira panista es verdad o la verdad panista es mentira? Ya no sabemos dónde estamos ni qué vecino nos toca. Si me dices que Germán está en el fondo de todo, que él planeó, con la bendición de Los Pinos, dentro de una estrategia nacional, el encuentro de la Lotería y Megamedia, eso sí te lo creo.

—Pero yo no se lo voy a decir, don César. No tengo pruebas. Ninguna. Ya sabe usted que las apariencias pueden engañar. Que los diputados panistas se callen en el Congreso y oigan sin chistar el cuento de Lavalle no quiere decir que una consigna los haya amordazado. Que don Felipe no diga esta boca mía no significa que esté enterado de todo. De repente sigue sin saber nada…

—¿Qué sugieres? ¡Que todo Madrid lo sabía, todo Madrid menos él! Despierta, joven amigo: todos están en el ajo. Todos son cómplices, como en el crimen del tren bala que aclaró monsieur Poirot en la novela de Agatha Christie. Ya verás que al fin y al cabo nadie va a tirar la primera piedra.

—Es el tren expreso, don César. El tren bala es la novela de Ivonne.

—Novela también es lo que usted dice —continuó el reportero— y lo que no dice, pero seguramente piensa, que yo sospecho que es peor. Voy a transcribir sus palabras, aunque sean versión irreal de la realidad. Si las publicamos en la columna no se vaya a imaginar que compartimos, ni mucho menos, las extrañas conjeturas de César Pompeyo sobre la reencarnación del doctor Jeckyll y el señor Hyde en una astracanada campechana. Ni lo sueñe.

—Si las publicamos —concluyó— sería nada más una muestra de nuestro respeto al derecho a la discrepancia y a la libertad de expresión. Una muestra de que el “Diario” no se pone tapabocas, aunque suba a niveles de epidemia el virus mutante de corrupción que está invadiendo las cúpulas de la clase política.

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