Jugador chispa
El luto en el béisbol sigue: ahora, por Joe Morgan, el segunda base que fue la chispa de la “Gran Máquina Roja” y el prototipo de pelotero de la era de los terrenos de juego sintéticos.
Morgan falleció el domingo en Danville, California, a los 77 años. El miembro del Salón de la Fama padecía de polineuropatía, un trastorno de los nervios periféricos.
El deceso de Morgan es el más reciente de varias leyendas este año: Whitey Ford, Bob Gibson, Lou Brock, Tom Seaver y Al Kaline.
Morgan fue proclamado Jugador Más Valioso de la Liga Nacional en dos ocasiones. También fue elegido 10 veces al Juego de Estrellas y ganó cinco Guantes de Oro.
Con su característico movimiento del codo izquierdo en el plato, Morgan era capaz de conectar jonrones, robar bases y alterar la dinámica de un juego con su audacia. Fue la pieza que terminó de darle forma al equipo de Cincinnati que conquistó la Serie Mundial en 1975 y 1976, acompañando a figuras como Pete Rose, Johnny Bench y Tony Pérez. Un sencillo de Morgan para romper el empate con dos outs en el noveno inning en el séptimo juego de 1975 dio a los Rojos el título en una memorable serie con Boston. También fue el motor de la barrida a los Yanquis en 1976.
Morgan fue el “MVP” de la Nacional en ambos años. Y sus compañeros y mánager, que también fueron inmortlizados, le señalaron como el gran gestor de esos logros. El más pequeño entre todos en la “Gran Máquina Roja” fue la pieza más importante, elegido sin discusión en su primera oportunidad para Cooperstown. “Fue sencillamente un excelente pelotero y persona”, comentó en una ocasión Sparky Anderson, el expiloto de los Rojos y Tigres.
En una trayectoria de 22 años que culminó en 1984, Morgan anotó 1,650 carreras, robó 689 bases, conectó 268 jonrones y bateó para .271. Sus estadísticas muestran muy poco el impacto en el campo del bateador zurdo con el número 8.
Rebosante de confianza y altanero, Morgan fue imitado. Su costumbre de batir el codo para mantenerlo alto al batear fue calcado por muchos. “Joe no sólo fue el mejor segunda base de la historia”, dijo Bench. “Fue el mejor pelotero que me tocó ver y una de las mejores personas que he conocido”.
Quebrantos de salud le afectaron en años recientes. Una operación de ridilla le obligó a andar con un bastón cuando fue homenajeado en el Great American Ball Park previo al Juego de Estrellas de 2015 y tiempo después necesitó de un trasplante de médula por una enfermedad.
En su apogeo, Morgan revolucionó el béisbol con su velocidad y otras virtudes, especialmente en la superficie artificial del Riverfront Stadium.
“Tenía un inusual poder para ser alguien que pesaba 150 libres“, se grabó en su placa en el Salón de la Fama.
Morgan debutó en las mayores con Houston en 1963, cuando el equipo era como conocido como los .45s y jugaban en césped. Afianzado como titular en 1965, cuando el club adoptó el nombre de Astros y se mudó al Astrodome, empezó a exhibir el repertorio polifacético de muchos peloteros en el nuevo terreno de juego.
Los Rojos ya tenían un equipo formidable, pero se quedaron cortos en 1970 al perder ante Baltimore en la Serie Mundial. Cincinnati sorprendió tras la temporada de 1971 con un canje por Morgan, cediendo al toletero Lee May y al segunda base Tommy Helms dentro de una negociación que involucró a ocho jugadores.
Morgan resultó ser la pieza que necesitaban los Rojos para dar el salto definitivo.
“Joe se acopló con el resto de nosotros como la pieza que faltaba en el rompecabezas“, dijo Rose en una ocasión.
Rose era el experto de conectar sencillos y acabó como el líder histórico de hits de las mayores. Bench aportó el poder con el madero. Pérez fue el bateador con los hits oportunos. Y Morgan hizo de todo un poco, empalmando imparables y robándose bases.
Morgan recibió numerosas oportunidades. Genial para negociar bases por bolas y ayudado por una estrecha zona de strike, fue el líder de embasado en cuatro de sus primeros cinco años con los Rojos, retirándose con un porcentaje de .392.
“Fue cuando la pelota adquirió más velocidad“, dijo Rose. “Otros hicieron otras cosas, pero Joe se robaba bases cuando todos en el estadio sabían que se iba al robo. No desperdiciaba los robos. Les sacaba provecho. Joe pudo robarse más bases. Hay gente que roba para engordar estadísticas, pero no cuentan a la hora de ganarw el juego. Las de Joe marcaban la diferencia.”
Después de retirarse como pelotero, Morgan se desempeñó como comentarista de juegos de los Rojos, Gigantes y Atléticos, además de las cadenas ESPN, NBC, ABC y CBS.
Fue exaltado al Salón de la Fama en 1990.
“Hacía de todo y lo hacía todo el tiempo“, resumió Bench, el primer miembro de la Gran Maquinaria Roja en ingresar al museo de Cooperstown.
Le sobreviven su esposa de 30 años, Theresa; sus hijas gemelas Kelly y Ashley; y sus hijas Lisa y Angela de su primer matrimonio con Gloria Morgan.
No se dieron a conocer de inmediato los detalles del sepelio.
