Elecciones 2018

Freddy Espadas Sosa (*)

La idea de que todos los fenómenos de la realidad discurren de manera dialéctica a lo largo del tiempo y que están sujetos a procesos contradictorios de cambio y transformación profundos, fue genialmente esbozada hace 2,500 años por el filósofo griego Heráclito de Efeso, cuando afirmaba: “Nadie se baña en el río dos veces porque todo cambia en el río y en el que se baña”; “nada es permanente, excepto el cambio”.

Con el desarrollo de las ciencias naturales y la conformación de las ciencias sociales, la concepción dialéctica sobre el universo, el mundo, la historia y la sociedad se consolidó con las aportaciones del filósofo alemán Friedrich Hegel y de la corriente marxista del pensamiento a mediados del siglo XIX.

En el análisis del fenómeno político que nos ocupa, que es la renovación de los poderes federales, cuando hablamos de cambio hacemos referencia al conjunto de medidas y acciones que se necesita adoptar a fin de propiciar una transformación sustancial de la crítica situación económica, política y social que pulsa nuestro país.

Estos comentarios vienen al caso al observar que, efectivamente, la propuesta del cambio ha ocupado un lugar preferente en el discurso político expresado en la precampaña federal recién concluida. Pues bien, en la actual disputa por el poder presidencial sostenemos que las fuerzas político-sociales que fundan sus discursos en la idea del cambio son las que abanderan Andrés Manuel López Obrador, de la coalición Morena-PT-PES “Juntos haremos historia”, y Ricardo Anaya Cortés, de la alianza PAN-PRD-MC “Con México al Frente”.

Si afirmamos lo anterior es porque en el caso del aspirante de la alianza PRI-PVEM-Panal “Todos por México”, José Antonio Meade, no hay ni puede haber ninguna intención de cambio alguno, en razón de que su oferta está orientada a continuar por el rumbo que el grupo gobernante le ha impuesto al país, con el consecuente cuadro de crisis generalizada que padecemos millones de mexicanos.

En esta tesitura y a reserva de que en los meses por venir habremos de ahondar sobre las propuestas programáticas de los principales aspirantes presidenciales, cabe plantear dos preguntas centrales: ¿a cuál cambio aspiramos la mayoría de los ciudadanos? ¿Qué es lo que deseamos que se transforme de nuestra vida pública y de nuestro proceso de desarrollo económico y social?

Es evidente que los mexicanos —hartos como estamos de tanta corrupción, impunidad, inseguridad, violencia, imposiciones electorales, exclusión, desigualdad, a lo que se suma el deterioro de la economía familiar— aspiramos a que un nuevo gobierno siente las bases para impulsar una profunda transformación en los siguientes rubros de la vida nacional:

  1. a) El rescate de las instituciones del Estado mexicano, hoy inmoralmente secuestradas y utilizadas de manera facciosa por la oligarquía económica y la clase política a su servicio.
  2. b) La restauración del Estado de derecho, la rendición de cuentas de los servidores públicos y la garantía de contar con elecciones libres, equitativas, austeras y exentas de la coacción y compra del voto ciudadano.
  3. c) El combate frontal a la corrupción y el fin de la impunidad, verdaderas afrentas para la ciudadanía.
  4. d) Instaurar la austeridad republicana, eliminando el dispendio millonario y reduciendo los gastos superfluos del gobierno, con lo cual se liberarán importantes recursos para atender las ingentes necesidades sociales.
  5. e) Impulsar la pacificación del país, adoptándose las medidas políticas y jurídicas adecuadas para revertir la situación de violencia e inseguridad que azota a varios estados de la república.
  6. f) Reorientación de la política económica, a fin de impulsar un desarrollo incluyente y equitativo que fortalezca el mercado interno y beneficie a los sectores mayoritarios de la población.
  7. g) Reorientación de la política social, con el objeto de abatir la pobreza extrema e incluir a los sectores desprotegidos como los jóvenes, indígenas y campesinos.
  8. h) Revisión de las llamadas reformas estructurales, para esclarecer si realmente han beneficiado al país y a sus habitantes, o si por el contrario han resultado dañinas para los intereses nacionales y los estratos populares.

Como dijimos, tanto AMLO como Anaya pretenden persuadir a la ciudadanía con el discurso del cambio; el primero lo llama “cambio verdadero”, el segundo lo sintetiza en su conocida arenga de “el PRI corrupto se tiene que ir”. El intenso desarrollo de las campañas en puerta permitirá conocer con mayor claridad qué diagnóstico hacen del país y qué propuestas de gobierno someterán ambos a la deliberación y al escrutinio públicos.

Más temprano que tarde sabremos qué coalición política convencerá al electorado sobre la viabilidad de sus propuestas y obtener su voto mayoritario para acceder a Los Pinos. Un hecho es evidente: los mexicanos reclamamos un cambio de fondo, pues estamos plenamente convencidos de que el país no puede aguantar otros seis años de un continuismo ramplón que no ofrece ningún futuro promisorio para las grandes mayorías. Al tiempo.— Mérida, Yucatán.

canek_1999@yahoo.com.mx

Profesor-investigador titular “C” de T. C. Universidad Pedagógica Nacional, Unidad 31-A, de Mérida, Yucatán