Gracias, Notorious RBG

Alejandro Legorreta (*)

Cualquiera que odie algo, es que se siente amenazado por ello —Neil Strauss

A veces pasamos inadvertido lo importante que es tener modelos a seguir. Tener guías o maestros es vital para imaginar un camino a seguir, para tener referencias de lo que queremos lograr. Tristemente, en la historia, hemos tenido contadas referencias de mujeres extraordinarias. Esto es, por supuesto, nuestra propia culpa: se han montado los más grandes y ridículos obstáculos para que las mujeres sean relegadas a escenarios pequeñísimos y poco valorados.

El 18 de septiembre falleció una de estas mujeres ejemplares que, a pesar de que todo estuvo en su contra, llegó a los más altos estaños, y ahí, luchó por la justicia a las llamadas minorías.

Ruth Bader Ginsburg nació en Brooklyn, Nueva York, en una familia bastante parecida a la mayoría. Su madre murió cuando era aún adolescente, pero le enseñó mucho de la fuerza y el poder de las mujeres. Decidió que quería ser abogada y después jueza. Sabía, desde siempre, que ella iba a cambiar el mundo.

Conocida por el acrónimo RBG, esta mujer se convirtió en la segunda en ocupar un asiento de la Suprema Corte de Estados Unidos, donde estuvo desde 1993 hasta el 2020. Pero su reconocimiento no solo es por haber llegado a ese puesto, importantísimo en la justicia estadounidense, sino las batallas que afrontaba día con día, desde antes de ser jueza, incluso desde antes de ser abogada.

Ruth Bader Ginsburg nació en 1933. Fue una excelente estudiante toda su vida, cosa que heredó de su madre, además del gusto profundo por la lectura. En una visita que hizo a una escuela poco después de asumir el cargo en la Suprema Corte, dijo que ella recordaba envidiar a los niños muchísimo antes de conocer la palabra feminismo. En los años 30, 40, 50 y varios más, las niñas debían de tomar los talleres de costura y cocina, mientras que los varones podían hacer cosas como carpintería, que a RBG le parecían mucho más interesantes.

Estudió en Cornell y después fue una de las nueve mujeres que entraron a la Escuela de Derecho de Harvard, de un alumnado de 500. Se graduó, de Columbia, como una de las mejores en su clase, no sin enfrentarse a múltiples obstáculos, como la enfermedad de su esposo, quien fue diagnosticado con cáncer cuando él estaba en su segundo año de Derecho.

Bader Ginsburg comenzó a tomar sus clases además de las propias y lo mantuvo al tanto para que no perdiera el año, mientras cuidaba su enfermedad, el hogar y a su hija pequeña.

Cuando se graduó, a pesar de tener las mejores calificaciones, ningún bufete de abogados de Nueva York (donde ahora vivía con su familia) la quiso contratar. En la película La voz de la igualdad, dirigida por Mimi Leder, se recuenta esta primera parte de su carrera y los obstáculos que la vida le imponía solamente por ser mujer. Sin importar su talento, su ferocidad, su increíble inteligencia, fue rechazada incontables veces. Pero estos mismos les sirvieron para cimentar sus decisiones de vida y luchar por los derechos de las mujeres, de la comunidad LGBT+, de las personas con discapacidad, de personas afroamericanas y de los y las migrantes.

El día que Ruth Bader Ginsburg murió, las redes sociales se llenaron de fotografías, anécdotas, videos y palabras en su memoria. En Twitter me detuvo una publicación en la que se reclamaba furia. A sus 87 años, RBG estaba en su segunda batalla contra el cáncer y aún enferma, no dejó su puesto de la Suprema Corte —ni siquiera cuando Donald Trump le pidió la renuncia—.

La publicación decía, enfurecida, que le dolía que la jueza no hubiera podido jubilarse, pues de haberlo hecho, los derechos de las llamadas “minorías” se habrían puesto en juego. Así de fuerte era su convicción. Así de importante fue Bader Ginsburg.

Se podría argumentar el por qué de la fama de esta mujer. Se hizo una película, un documental biográfico y un libro de su vida. Se convirtió en una figura cultural, en un ícono pop. Esto pasa, a veces, cuando te abocas a cambiar el mundo.

RBG se volvió importante no sólo en Estados Unidos: se volvió ejemplo en todo América. Su nombre pasará a la historia y será referencia para cientos de miles de niñas que vean que las batallas son necesarias de afrontar, porque aún hay un largo camino para que este mundo sea justo para todas y todos.

También es un ejemplo de una mujer que hizo lo que quería y que no dejó que nadie le dijera que eso no estaba bien. En Yucatán tenemos otros nombres así, como bien lo escribió Dulce María Sauri Riancho en su propio homenaje a RBG, publicado en este medio unos días atrás.

La jueza estadounidense es un gran ejemplo para todas las mujeres del mundo. Pero también para los hombres. Agradezco la lucha de la juez Ruth Bader Ginsburg, por mis hijas y también por las de los demás. Honro su carrera y lucha, y aplaudo a las y los que continúan peleando por la igualdad. Gracias Notorious RBG.

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