El coleccionista incurable. Cuánta gente hay que colecciona sellos postales, figuras de porcelana, monedas, plumas, trenes eléctricos y un sinnúmero de cosas inimaginables. Yo no tenía idea, pero es una manía conocida como Síndrome de acumulación compulsiva, que obedece a la obsesión de acaparar cualquier objeto; también la llaman disposofobia o silogomanía.
Para el coleccionista de verdad siempre hay un principio, pero nunca un final. Una frase que escuché un día de mi amigo Carlos Flores, que coleccionaba latas de refrescos (sin abrir) de muchas partes del mundo.
Todo comenzó con una visita al bar de la Hacienda de los Morales en CDMX, donde exhibían temporalmente una colección de tequilas que le daba un matiz muy especial al lugar, ya de por sí espléndido, el que abrigaba tanto en su lujosa barra como en las paredes, una buena cantidad de botellas de tequila de distintos tamaños, tipos, marcas y formas.
Sorprendidos de lo que veíamos, mi hijo y yo, entusiasmados a la par, nos tomó por sorpresa e intempestivamente disparó el síndrome de acumulación.
En esa época (finales de los 90) nunca pensé que alguien pudiera coleccionar botellas de tequila sin abrir. Soy sincero, ni a mi hijo ni a mí nos gusta el tequila, y la fascinación por coleccionarlo obedece a algo difícil de explicar, tal vez le encontramos el lado que otros cuatro locos coleccionistas del envasado de agave le vieron.
El tequila, objeto coleccionable
Fuimos invitados por Juan Francisco Torres Landa a su casa de Querétaro para visitar su colección, catalogada como la más grande del mundo, en ese entonces con seis mil botellas, haciéndolo acreedor al Récord Guinness, aunque coleccionaba además del tipo de tequila, los tamaños y los cambios en botellas, desde la primera hasta la última. Hoy día su colección llaga casi a las diez mil piezas.
Mi amigo y compañero de profesión Ricardo Ampudia es otro coleccionista, que a la fecha debe tener poco más de dos mil.
José Antonio García, dueño de la colección que se exhibió en La Hacienda de los Morales, propietario de la tienda de abarrotes El Madroño, donde se vendían principalmente tequilas y que por necesidad la tuvo que vender.
El señor Rafael Selvas, ya fallecido, amigo de mi hijo con una colección muy respetable la cual adquirió la Hacienda Chablé en Yucatán, para adornar las paredes de su magnífico restaurante.
Tres mil botellas de tequila
Finalmente nos incluimos en esta lista de locuaces que vemos en cada botella un espécimen posiblemente de arte, de cultura, de tradición, de ingenio por las marcas con que los bautizan o por el simple hecho de sabernos poseedores de un tesoro que solo unos cuantos desequilibrados pueden darse el lujo de tener.
Nuestra colección ya cuenta con más de tres mil botellas, hoy día almacenadas por falta de un espació donde exhibirlas, pero que pronto estarán adornando una enorme vitrina, donde destacarán las damajuanas: botellones de vidrio so|plado recubiertos de yute hechos del bagazo de agave para evitar roturas o la del cincuentenario de José Cuervo, de poco más de 200 años de antigüedad, las botellas exóticas, las rústicas, las de cerámica, las caras, las baratas, las antiguas muy antiguas, las temáticas etc,etc.
Hablando de colecciones raras, en uno de mis viajes a Alemania para asistir a la exhibición de Volkswagens antiguos en Hessisch Oldendorff, nos tocó visitar la colección más importante y más grande del mundo que exhibía 120 autos de la marca en un museo particular compuesto por dos grandes naves climatizadas. El propietario, German Walter que murió este año, fue además un enamorado de todo lo que llevara el logo de VW. Una visita inolvidable donde también conocimos a un coleccionista de corcholatas de cervezas y refrescos. Así podríamos mencionar otros con los que nos hemos topado y cuya afición por acumular cosas rebasa cualquier límite.
Originalmente nuestra colección de botellas de tequila ocupaba una cava de doble altura que remodelamos en casa, la que exhibía 800 botellas. Al entrar, el aromático olor al agave producto de la transpiración de las botellas nos transportaba a una destilería con sus barricas de añejamiento. Construida a seis metros bajo el nivel principal de la casa. Sus repisas que sostenían el vidrio y la cerámica, mostraban con orgullo la infinidad de marcas. Un agasajo visual entrar a la Cava de los Retana como decía el letrero grabado en madera a un lado de la puerta. Una mesa de cantina al centro y dos típicas sillas de alambrón daban el toque singular al espacio.
El día de la inauguración de la cava formará parte de la historia de la familia, 35 invitados que degustaron los canapés mexicanos acompañados de un caballito de tequila de las siete marcas que se ofrecieron. Así es como formamos parte de este grupo de coleccionistas con una extraña afición, que hasta la fecha, se ha convertido en incurable.— Mérida, Yucatán Twitter: @ydesdelabarrera
