Cualquier sociedad con el mínimo sentido humanista debiera aspirar a erradicar el hambre, el desempleo, y la desigualdad socioeconómica. Como dice el Premio Nobel de la Paz Muhammad Yunus, la pobreza no es una condición natural del ser humano, sino una imposición artificial del sistema, que debemos revertir.
Sin embargo, en la mayoría de los países, la brecha entre ricos y pobres es tremenda, lo cual se traduce en inestabilidad política y social, así como sufrimiento para millones de mujeres y hombres. ¿Esto es justificable?
En los últimos doscientos cincuenta años la esclavitud ha sido proscrita en casi todo el planeta —sin duda, un gran avance—. No obstante, alrededor de la mitad de la población mundial sobrevive con un ingreso menor al equivalente a 150 pesos mexicanos al día.
La esclavitud del siglo XXI no implica que el individuo esté sujeto a grilletes como ocurría antaño; la esclavitud de la era contemporánea somete a un sector de la clase trabajadora a salarios miserables, absoluta marginación ante situaciones de crisis, y exclusión de oportunidades para salir adelante.
Lo anterior trae consigo importantes consecuencias que afectan a la sociedad en su conjunto. El arribo de gobiernos populistas y clientelares, los crecientes niveles de delincuencia e inseguridad, y los elevados índices de pobreza alimentaria, son producto del acceso deficiente a derechos tales como el salario digno, la educación, y los servicios públicos de calidad.
De este modo, pareciera que el innegable progreso de la humanidad en varios rubros ha invisibilizado las asignaturas pendientes que aún tenemos, y que nos competen a todos.
Si bien los organismos internacionales debieran desempeñar un papel preponderante y alzar la voz ante estas injusticias, lo cierto es que entes como la Organización de Estados Americanos (OEA) —por hablar de la cruda realidad de nuestro continente— han dejado mucho que desear. El Banco Mundial tampoco ha hecho lo suficiente para lograr sus objetivos.
El pensador británico Edmund Burke solía afirmar: “para que el mal triunfe, lo único que hace falta es la indiferencia de los buenos”. Estas palabras, a pesar de haber sido pronunciadas hace más de dos centurias, rompen la barrera del tiempo, y se tornan más vigentes que nunca en el contexto actual.
La trampa de la pobreza consiste en convencer a las personas en situación precaria de que su falta de preparación, talento y diligencia los mantiene en dicha condición paupérrima. Bajo estos argumentos, la miseria es asumida como una suerte de destino insuperable, que condena a quienes la padecen sin más opciones.
Es posible combatir la marginación, y repensar un modelo socioeconómico en que todos los humanos compartamos la prosperidad del desarrollo y el progreso.
Quienes hoy son excluidos por el statu quo merecen una oportunidad de superarse, dado que la mayoría es gente buena, que simplemente carece de alternativas —por no decir que son víctimas de un esquema injusto de meritocracia mal entendida—.
¿Qué hacer? Los gobiernos tienen la principal responsabilidad, aunque no la única. El empresariado, que genera puestos de trabajo, requiere la voluntad de mejorar los ingresos de sus colaboradores —para lo cual necesitan de políticas fiscales y apoyos gubernamentales efectivos—; las instituciones educativas deben brindar herramientas a los futuros profesionistas y la sociedad, en general, debe reforzar valores como la generosidad y la solidaridad.
Nuestra generación está llamada a borrar, de una vez por todas, la esclavitud, en cualquiera de sus expresiones, si es que queremos transitar hacia un porvenir de auténtico bienestar con sentido ético y humano.
Pensar en un mejor mañana es factible , pero el futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer. La conciencia es el primer paso; el segundo y definitivo es actuar.— Mérida, Yucatán.
fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
