Durante más de tres décadas, la economía mundial se organizó bajo un modelo de integración económica que privilegiaba la cooperación entre países como estrategia para competir en un mercado global cada vez más exigente.
La lógica dominante desde los años noventa fue clara: unirse para ser más eficientes, complementar capacidades productivas y aprovechar ventajas comparativas dentro de bloques regionales. Bajo este esquema surgieron grandes procesos de integración como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, hoy T-MEC, el Mercosur en América del Sur y la Unión Europea.
En Asia, aunque con arreglos distintos, también se consolidaron redes productivas regionales profundamente integradas. La idea era sencilla pero poderosa: ser socios, no competidores; crecer juntos, no disputarse los mismos espacios productivos.
México se insertó plenamente en este modelo. La cercanía con la mayor economía del mundo permitió construir un sistema de producción compartida a través de cadenas globales de valor, particularmente en sectores como el automotriz, el electrónico y algunos segmentos de la maquinaria. Partes, procesos y ensambles cruzaban la frontera varias veces antes de llegar al consumidor final. No se trataba de producir lo mismo, sino de complementarse.
En ese contexto, la política industrial fue deliberadamente limitada. Predominó la idea —muy influyente desde los años ochenta— de que la mejor política industrial era no tener política industrial. Bastaba con crear condiciones macroeconómicas estables, abrir la economía y permitir que los factores productivos se localizaran donde fueran más eficientes.
En el caso mexicano, esto se tradujo en una estrategia centrada en la atracción de inversión extranjera directa, bajo el supuesto de que esta generaría, de manera casi automática, un derrame hacia los sectores locales y una transformación progresiva de las economías regionales.
Hoy, ese modelo muestra claros signos de agotamiento.
El entorno global está cambiando aceleradamente. La geopolítica, las tensiones comerciales, la seguridad económica y la disrupción tecnológica están dando lugar a un nuevo escenario geoeconómico, donde la noción de “socios” pierde fuerza y gana terreno la competencia estratégica entre países.
La prioridad ya no es solamente integrarse, sino asegurar capacidades productivas propias, reducir vulnerabilidades y fortalecer sectores considerados estratégicos.
Esto no significa el fin del comercio internacional ni el repliegue hacia economías cerradas. México seguirá exportando, y lo hará de manera relevante. Pero exportar ya no será suficiente. En un mundo donde la tecnología avanza rápidamente y la competencia es cada vez más intensa, solo los territorios con altos niveles de productividad podrán sostener su participación en los mercados globales.
Aquí es donde la política industrial vuelve al centro del debate, no como una novedad, sino como una necesidad histórica postergada.
La nueva política industrial no puede limitarse a atraer lo que venga de fuera; debe enfocarse en generar cambios estructurales desde dentro, fortaleciendo capacidades productivas endógenas. Esto implica invertir de manera sistemática en educación, particularmente en formación técnica y científica; en tecnología e innovación, conectando universidades, centros de investigación y empresas; y en infraestructura productiva, no solo logística, sino energética y digital.
También supone proteger y desarrollar sectores estratégicos —como la energía— que son condición básica para cualquier proceso de industrialización sostenible.
Desde una perspectiva territorial, el desafío es aún mayor. Durante décadas se asumió que la integración externa transformaría automáticamente las economías locales. Hoy sabemos que eso no ocurre sin una estrategia deliberada.
La productividad no se importa: se construye. Y se construye en los territorios, con políticas públicas coherentes, de largo plazo y adaptadas a las realidades regionales.
La transición del modelo de integración al nuevo escenario geoeconómico no debe entenderse como una amenaza, sino como una oportunidad. Una oportunidad para corregir inercias, superar dependencias y repensar el desarrollo desde una lógica más equilibrada.
México no necesita dejar de comerciar con el mundo, necesita competir mejor, con bases productivas propias y con una política industrial que deje de ser implícita y se asuma, finalmente, como una herramienta central del desarrollo económico.
Coordinador del Cuerpo Académico de Comercio y Relaciones Internacionales de la UADY
