“Ustedes tengan miedo, nosotros haremos el resto” —Corey Robin, politólogo
Vivimos en una suerte de realismo mágico político, y no es que veamos ancestros volando, sino que observamos a gobernantes prometiendo el oro y bienestar, mientras nosotros, cual espectadores de un partido ya definido, solo atinamos a cambiar de canal.
La causa es un cóctel de miedos, como lo diagnostica Alexandra Agudelo López en su estudio sobre la “gubernamentalidad del miedo” en Latinoamérica. Hemos pasado de ser ciudadanos a sujetos atrapados en la “fobopolítica”, donde el miedo nos secuestra emocionalmente, convirtiéndose en la forma más rentable de gobernarnos.
Nos encontramos cautivos por el temor a la pérdida de nuestros escasos recursos: el empleo con un supervisor exigente, la vivienda con filtraciones, la dignidad comprometida y el miedo a que, al expresar nuestra insatisfacción por la falta de atención y servicios, la autoridad se sienta ofendida y nos perciba como antagonistas.
La ironía fina nos conduce a aferrarmos al status quo de aquel adolescente que se quedó colgado y literalmente pegado en la rama de un árbol, y que a pesar de saber que no puede estar ahí para siempre, que las ramas son delgadas, y que el viento sopla, le aterra más bajar al cambio, aferrándose a la costumbre absurda.
En el fondo, como sociedad, preferimos la queja conocida a la solución incierta, somos como el paciente que prefiere su gripe crónica a tomar una medicina que podría cambiarle el desagradable sabor de boca que mantiene con su enfermedad.
El miedo —ese viejo conocido— nos ha convencido de que la libertad es un lujo riesgoso, y la seguridad, un consuelo barato, mientras en esa danza, el gobernante susurra: “No se preocupen, nosotros manejamos el susto, ustedes solo obedezcan”, pero ¿y si el verdadero riesgo no fuera cambiar, sino quedarnos eternamente en la rama?
Dejemos de “copiar y pegar” y adaptemos nuestra realidad, ubicación y condiciones socioculturales. Veamos a los países que, en lugar de ignorar el desastre, le subieron el volumen.
No hablamos de utopías, sino de naciones como ciertos tigres asiáticos o economías nórdicas que, ante el abismo, decidieron saltar y construir un trampolín en la caída. Implementaron reformas estructurales profundas, a veces dolorosas, como pagar los “efectos secundarios” de la modernización (desempleo temporal, reajustes) a cambio de un despegue sostenido. Rechazaron la idea de que el sacrificio de hoy es la única forma de deshacerse de la hipoteca de la mediocridad.
Contrastemos lo bien hecho sin comparar. Mientras ellos hacían “upgrade de software” nacional (elevando el nivel de los componentes lógicos y económicos), nosotros escondíamos el polvo debajo de la alfombra.
Sugerencias
Pero no todo está perdido. A mediano plazo, ¿cómo podemos agarrar al toro por los cuernos sin que nos embista?
Primero, institucionalicemos el “desconfiómetro”.
Aprendamos a distinguir entre peligro real y amenaza virtual, el “tucho” mediático. La “Alfabetización Emocional y Mediática” desde la escuela es clave para identificar trucos políticos y exigir propuestas concretas.
Segundo, fomentemos el “chisme constructivo”.
Adaptemos los presupuestos participativos nórdicos con sabor latino.
Comentemos y decidamos sobre las cuentas públicas, que el “¿y tú cuánto ganas?” sea para las autoridades.
Tercero, lo más importante: creemos seguros de riesgo al cambio. Ofrezcamos programas de reconversión laboral ágiles, asistencia legal y apoyo psicológico gratuito.
La red de protección social debe ser real, no un chiste.
Esto no es caridad, es estrategia: un pueblo que no teme morir de hambre sí reclama, es un pueblo que reclama con dignidad, es atreverse a pagar los efectos —el costo político y social del cambio—, para cosechar los beneficios de una ciudadanía empoderada y un país que, en lugar de sobrevivir, vive.
Gobernar mediante el colirio o gotas del miedo constituye la esencia misma del autoritarismo disfrazado, y superar esta estrategia, representa el primer paso hacia la consecución de la libertad. Debemos trascender la condición de meros receptores pasivos del pánico, convertirnos en la fuerza impulsora que desafía la inercia del inmovilismo.
La valentía no se define por la ausencia de miedo, sino por la comprensión de que el valor de la dignidad se alcanza mediante la acción, no mediante la resignación, en conclusión, debemos descender de la rama, pues el suelo, aunque firme y resistente, siempre resulta más reconfortante cuando decidimos pisarlo por nuestra propia voluntad. ¿Está de acuerdo?
Corolario: “La dignidad exige y se paga con acciones valientes”.— Mérida, Yucatán
ingenieroalfonsogonzalez@gm ail.com
@alfonsoengineer
Asesor del Consejo Mundial de Ingenieros Civiles (WCCE)
