Hola a todos, qué gusto tenerlos nuevamente por aquí en la columna de vinos. Hoy quiero hablarles sobre cómo el vino y las dietas pueden ir de la mano. La comida y la bebida, cuando se consumen con moderación, pueden complementarse muy bien.
Sin embargo, cuando hay excesos comienzan a elevarse los niveles de triglicéridos, colesterol y otros indicadores que reflejan un desorden alimenticio. Cuando se empieza a equilibrar la alimentación, esos valores tienden a normalizarse. Pero hay ciertos elementos —los famosos “enemigos blancos”, como las harinas y los azúcares— que tanto nos gustan y que, en muchos casos, nos terminan llevando al consultorio del nutriólogo.
Es entonces cuando llega esa frase temida: “No puede tomar alcohol”. Y si me lo dicen a mí… ya se imaginarán mi cara de asombro y lo que puede pasar después. Hace tiempo tuve que acudir al consultorio de un nutriólogo y le comenté que me dedicaba al mundo del vino. Aun así, el profesional, sin una base documental sólida, mantenía su postura de prohibir el alcohol.
No tengo nada en contra de los nutriólogos —valoro mucho su labor—, pero siento que en algunos casos hay información que se les escapa. Prohibir el alcohol puede tener sentido por los azúcares residuales y los compuestos monosacáridos que contiene. Sin embargo, el vino no debería meterse en la misma categoría que otras bebidas alcohólicas, ya que posee propiedades realmente beneficiosas para la salud. Y de eso trata este artículo.
Tomar una copa de vino por la noche no solo ayuda a relajarnos después de un día estresante, sino que también puede tener efectos positivos en nuestra salud. Un estudio publicado en el “American Journal of Clinical Nutrition” reveló que una copa de vino puede beneficiar al sistema digestivo. El tracto intestinal alberga una gran cantidad de bacterias, algunas buenas y otras no tanto. El equilibrio de estas bacterias influye directamente en problemas de salud como el aumento de peso, la diabetes tipo 2 y la inflamación de distintos órganos.
El vino tinto, en particular, puede favorecer la proliferación de bacterias buenas en el sistema digestivo, contribuyendo así a una mejor salud y, potencialmente, a un peso más equilibrado. Esto se debe a los polifenoles, antioxidantes naturales que dan el color rojo característico al vino tinto.
Nuestro cuerpo no puede absorber completamente estos polifenoles: solo procesa alrededor del 50% en la primera fase de la digestión. Aunque parezca negativo, los polifenoles no absorbidos se convierten en alimento para las bacterias buenas del intestino, lo que favorece su reproducción.
Además, una investigación realizada por una universidad en España estudió durante 20 días a personas que tomaron una sola copa de vino al día durante un mes. Los resultados mostraron no solo un aumento saludable de las bacterias buenas, sino también una menor predisposición a enfermedades cardiovasculares, especialmente en lo relacionado con los niveles de triglicéridos.
Esto se explica porque las bacterias buenas mejoran el metabolismo, ayudando al cuerpo a quemar grasa de manera más eficiente.
Entonces, he entendido que una copa de vino por la noche, acompañada de una dieta balanceada siguiendo las recomendaciones del nutriólogo, puede ser parte de un estilo de vida saludable.
Un consejo sencillo: seguir la dieta, caminar al menos 30 minutos al día, consumir frutas y verduras, y disfrutar de una copa de vino. Y cuando alcancemos nuestro peso ideal… ¿por qué no disfrutar de dos copas? Siempre con moderación, por supuesto.
¡Hasta la próxima semana!
*Sommelier.
