Mensaje de Ella Fanny Quintal Avilés, investigadora del INAH Yucatán, especialista en el estudio de la religiosidad popular e identidad étnica, en el conversatorio realizado en la noche del jueves 8 en la iglesia de El Jesús (Tercera Orden), con motivo de la presentación del proyecto multiplataforma “100 joyas del arte sacro de la península de Yucatán”, auspiciado por Diario de Yucatán:
En esta bella obra, denominada 100 Joyas del Arte Sacro en Yucatán, se menciona a los fieles en algunos de los textos que en ella se incluyen. En el catolicismo, estos son quizá el motivo más importante de las grandes iglesias, de los retablos, de las imágenes sagradas.
Es un hecho ampliamente documentado por la antropología, que las creencias y las prácticas asociadas a la religión católica, al ser recibidas por los fieles de las comunidades y sobre todo por los de las comunidades indígenas, experimentan cambios y resignificaciones.
La etnohistoria y la antropología han dado cuenta de los procesos de síntesis que los devotos católicos de las comunidades llevan permanentemente a cabo, resignificando, dando un nuevo significado, transformando y adaptando a sus propias cosmovisiones y culturas, las enseñanzas que en la iglesia reciben.
Así, Jesús es Kich Kelem Yu’um (Hermoso padre), o Kich Kelem Tzul ( hermosos caballero), la virgen, Kichpan Kolebil (Hermosa mujer) y en tiempos coloniales a los santos se les llamaba Bolon Pixano’ob (expresión que era traducida al castellano como, bienaventurado).

Estas palabras que en lengua maya refieren a Jesús, María y los santos, aparecen frecuentemente en las plegarias de los especialistas religiosos mayas, los j-meeno’ob, en rituales y ceremonias para pedir lluvia, para agradecer la cosecha, para” bendecir” un terreno. Y hay otros muchos ejemplos de estas resignificaciones, por ejemplo, cuando los señores de la lluvia de los cuatro puntos cardinales, los cháako’ob que riegan las milpas, se trasforman en santos, arcángeles, santas y alguna advocación mariana.
El culto a los santos patrones de las ciudades, barrios y comunidades de la península de Yucatán es quizá, el “espacio”, el tiempo y el motivo que permite el ejercicio de la capacidad adaptativa y reinterpretativa de los pobladores católicos de Yucatán.
Habría que empezar por destacar que, por ejemplo, en el oriente del estado, el culto a los santos tanto a los de la comunidad, como a los santos familiares, dispone de cuatro formas organizacionales, mismas que permiten a los devotos, reunirse, tomar acuerdos, sufragar los gastos que el culto conlleva.
Estas formas organizativas son, consideradas, de menor a mayor complejidad: 1) la novena, 2) el kuuch, 3) el gremio y 4) el sistema de diputados de fiesta.
Quizá la forma más sencilla de organizarse para celebrar a un santo es la novena. Antaño, era quizá un acontecimiento comunitario mucho más significativo en la vida de los devotos, que actualmente.
Otra manera de organizarse para rendir culto al santo o a la santa patrona es el kuuch institución innegablemente de origen precolonial. Hoy se “practica” sobre todo en el oriente yucateco y en el centro de Quintana Roo. Es una forma organizativa propia y exclusiva de la población maya, para venerar tanto al patrono de la comunidad como al de un barrio.
Por otro lado, definitivamente es el gremio, la organización más presente en las celebraciones a los santos patronos de las comunidades y barrios de la península.
De origen en el siglo XIX, resultó tan atractivo para la población católica, que pronto llegó a las comunidades y pueblos, donde ha experimentado constantemente cambios.
Hoy, basta echar un vistazo a las redes sociales para constatar las constantes adaptaciones de estas organizaciones a las condiciones actuales de vida y religiosidad de la población católica en la península.
Finalmente, el sistema de diputados de fiesta, que tiene su origen histórico en la cofradía, es sin lugar a duda la manera más compleja de organizarse para rendir culto a los santos patronos. Su complejidad exige ciertas dimensiones demográficas, pues es inviable en pequeñas poblaciones.

Mi breve contribución en este bellísimo libro que ahora se presenta, tiene que ver con una de las ofrendas más vistosas y poco conocidas, que los devotos que participan en el kuuch, palabra maya cuyo significado es cargo, carga u obligación, presentan ante la imagen venerada.
Se trata de los ramilletes. Consisten estos en una pértiga de hasta metro y medio de alto, en la que, teniéndola como eje y centro, los devotos, disponen una sobre otra una especie de canastas llamadas “tramos”; en estos tramos los devotos depositan panes de harina de trigo en forma de águila, a los que se conoce en maya como ch’iich’ waj (pájaros de pan), cigarros y una botella de ron, básicamente.
Los tramos son decorados con banderitas de colores de papel de seda, cuyos “mástiles” son “ch’iilibes”. De ahí que en maya a los ramilletes se les denomine jo’ch’iilib (ofrendar “ch’iilibes”).
Los ramilletes son trasportados, acompañados de música desde la casa de quien organizó la elaboración de estos, hacia la iglesia, donde son colgados del coro o del techo.
Los bienes que contienen los ramilletes son consumidos al final de la celebración al santo por aquellos que se comprometen a que el próximo año, participarán con recursos y trabajo en la elaboración, o como dicen, en “vestir” un ramillete.
Suele pensarse que el santo o santa patrona de la comunidad está “acostumbrado(a)” a recibir en su festejo un número determinado de ramilletes. Cuatro, cinco, hasta diez ramilletes.
Hay varios tipos de ramilletes, diferentes a lo arriba descrito, pero todos expresan la creatividad y las habilidades de personas de las comunidades y son sobre todo muestra de la devoción del pueblo a la imagen sagrada, que es un rasgo importante de su identidad colectiva.
El texto acerca de los ramilletes que está en el libro 100 Joyas del Arte Sacro, muestra la permanente síntesis entre costumbres y prácticas ancestrales, la resignificación de creencias y prácticas católicas y las condiciones cambiantes de la vida actual. De estas síntesis creativas, surge una dimensión clave de la identidad colectiva de los pueblos y comunidades.
