Credit: los editorialistas franck fernán

Antroponimia es una palabra rara. Pocos la conocen. Es la ciencia que estudia los nombres propios en general (nombres de personas, lugares, etc.).

Mi espíritu de siempre investigar me lleva a buscar de dónde viene un apellido cuando lo escucho alguna vez. Es un ejercicio que me gusta mucho. Dentro de los apellidos los hay sencillos y menos sencillos. Hablemos del español. Los apellidos como Fernández, Martínez, Rodríguez y Pérez son patronímicos. Patronímico viene de la palabra “pater”.

Originalmente eran: hijo de Fernando, hijo de Martín, hijo de Rodrigo, hijo de Pedro. Están los apellidos toponímicos: ahí tenemos los Segovia, Ávila, Toledo. Estos apellidos toponímicos surgieron en la Edad Media para indicar la procedencia de una persona. Toponímicos también son los apellidos como: Río, Valle, Puente… y así podríamos seguir.

Sin embargo, hay apellidos que tienen otras historias… y no solo son los apellidos españoles. Hay apellidos de gran solidez por acompañar a casas reales, imperiales, ducales. Aunque estos apellidos van en desuso por el transcurso de la historia, siguen teniendo una importante huella en la misma.

Hay personas que se cambian los apellidos. Las razones pueden ser múltiples. Los familiares de Adolfo Hitler residentes en los Estados Unidos pidieron formalmente cambiar su apellido… y se entiende. Otros han cambiado también sus apellidos por cuestiones de desconfianza que hacia su apellido pueda tener la mayoría, y esto me lleva de plano al tema que quiero tratar hoy: el abandono del apellido Sajonia-Coburgo-Gotha por la familia real británica, su cambio de apellido dando lugar al nacimiento de la dinastía Windsor. La familia real británica, tal como la conocemos hoy, tiene profundas raíces alemanas.

La reina Victoria, símbolo de una Inglaterra orgullosa y expansiva en el siglo XIX, se casó en 1840 con el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, procedente del Reinado de Sajonia. Al morir Victoria en 1901, su hijo Eduardo VII se convirtió en el primer monarca de la casa Sajonia-Coburgo-Gotha en el trono británico.

El apellido no parecía entonces un problema. La realeza europea estaba entrelazada debido a matrimonios dinásticos y lo germánico no resultaba ajeno a la corte de Londres. Pero la situación cambió con brutal rapidez a partir de 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Alemania pasó de ser un país aliado y familiar a convertirse en el enemigo absoluto.

En ese clima, tener un apellido alemán en Buckingham Palace se volvió una incomodidad, incluso un estigma. La tensión llegó a su punto más alto en 1917. Ese año, Londres sufrió los primeros bombardeos aéreos de la historia. Los zepelines y los aviones de la marca Gotha, que lanzaban sus bombas sobre la población civil, se convirtieron en símbolos de miedo. Ahora, con esos aviones la coincidencia era letal: “Gotha” era parte del apellido de la familia real.

Los periódicos no tardaron en señalar la paradoja: mientras los británicos morían bajo las bombas alemanas, su rey Jorge V llevaba el apellido de los fabricantes de esas mismas máquinas de guerra. La prensa satírica se cebó con la cuestión. La opinión pública exigía un gesto claro de separación.

El monarca, consciente de la necesidad de preservar la legitimidad de la Corona, entendió que no podía seguir identificándose con un linaje que olía a enemigo… a muerte y a destrucción.

Fue de esta forma que, el 17 de julio de 1917, Jorge V emitió una proclamación histórica: a partir de ese momento, él y sus descendientes renunciaban al apellido Sajonia-Coburgo-Gotha y adoptarían un nuevo nombre dinástico, inspirado en uno de los símbolos arquitectónicos más ingleses: el Castillo de Windsor. El nuevo apellido Windsor no fue elegido al azar. Se escogió por evocar tradición, solidez y una conexión directa con la tierra inglesa. El castillo homónimo, a orillas del Támesis, era ya desde la Edad Media una de las residencias predilectas de los monarcas. Convertir ese nombre en el sello de la familia real significaba arraigarla simbólicamente en el corazón mismo de Inglaterra.

El cambio fue inmediato y radical. No solo se transformó el apellido de la familia real, sino que también se anglicanizaron títulos y ramas de la parentela. Los príncipes Battenberg, por ejemplo, se convirtieron en Mountbatten, versión inglesa de su apellido original. Fue una operación de imagen pública tendiente a que no hubiera malos pensamientos entre la población. Quería dejar en claro que la monarquía estaba del lado del pueblo británico, no vinculada con el enemigo germano.

Este cambio fue recibido con alivio y entusiasmo por la opinión pública. Lejos de debilitar a la Corona, la decisión de Jorge V la fortaleció. Demostró que la monarquía sabía adaptarse, que no estaba aislada en su torre de marfil, sino atenta a las emociones del pueblo.

El apellido Windsor acompañó a Jorge V hasta su muerte en 1936. El mismo apellido fue heredado por su hijo, Jorge VI, después de la renuncia del rey Eduardo VIII por amor a la americana Wallis Simpson.

En 1947, cuando la princesa Isabel se casó con el príncipe Felipe de Grecia y Dinamarca, surgió un nuevo dilema. Felipe, de origen germano-danés, había renunciado a sus títulos extranjeros y adoptado el apellido Mountbatten, la forma anglicanizada de Battenberg. Isabel, convertida en reina en 1952, quiso mantener el apellido Windsor, mientras Felipe deseaba que sus hijos llevaran su propio apellido.

La disputa generó tensiones dentro de la familia real y en el propio gabinete británico. Finalmente, en 1960 se llegó a un compromiso: los descendientes de la reina Isabel y el duque de Edimburgo llevarían el apellido Mountbatten-Windsor cuando no usaran títulos reales.

Así, la fórmula combinaba la tradición inaugurada por Jorge V con la herencia familiar de Felipe. Son los apellidos que utilizará el príncipe Andrés después de haber sido despojado de todos sus títulos por los escándalos en que se vio envuelto con Jeffrey Epstein.

Hoy, más de un siglo después de aquel cambio forzado por la guerra, el apellido Windsor sigue siendo sinónimo de monarquía británica. Con este apellido han reinado Isabel II durante siete décadas y ahora su hijo Carlos III. El nombre, que nació de una crisis, se ha convertido en una de las marcas dinásticas más sólidas del mundo.

El episodio demuestra cómo incluso las instituciones más antiguas necesitan adaptarse al dictado de la historia. En los casos de los nobles, un apellido no es solo una cuestión genealógica: es también un signo político, un símbolo que los conecta con la nación que representan.

En 1917, Jorge V comprendió que para sobrevivir debía desprenderse del lastre alemán y reinventar la identidad de la Corona. Y con ese gesto, aseguró la continuidad de la monarquía británica en el siglo XX.

Traductor, intérprete y filólogo.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán