Dice la presidenta Claudia Sheibaum que la cuatro T no tiene nada que ver con el chavismo. Tiene razón: el transformador venezolano se basó en el ideario de Simón Bolívar y en Fidel Castro. En cambio, la cuatro T es una interpretación muy mexicana de los tres movimientos históricos anteriores (la colonia, el Juarismo y la revolución mexicana) para borrar del mapa al período neoliberal que comienza con Miguel de la Madrid y termina con Peña Nieto.

En pocas palabras la Cuatro T es el PRI anterior a estos presidentes señalados. Aquí no necesitamos de Bolívar ni de Fidel. Tenemos nuestro despotismo institucional propio. No faltaba más.

A mi juicio, la presidenta oculta el cúmulo de semejanzas maravillosas que existen entre las dos propuestas político-ideológicas. Ambas se declaran a sí mismas pueblo. El chavismo y La cuatro T no sólo representan al pueblo sino que son la viva encarnación de él. No importa que la presidenta sea hija de migrantes judíos de origen Lituano o Búlgaro; ella representa (es) a los tzotziles, mayas, lacandones, tojolabales y decenas de etnias mexicanas.

Esta representación viene acompañada de políticas publicas de distribución clientelar de la riqueza, como en todos los populismos, desde Perón hasta Chávez, diseñadas para “quitarle” al rico sus privilegios.

La cuatro T y el chavismo son justicieros pues.

El proceso se acompaña por la destrucción de las instituciones y la sustitución de las mismas por la voluntad todopoderosa del muy amado líder que es capaz de llevarnos a conquistar la cima más cercana al cielo, mediante una beca o un saco de maíz. Esta complicidad le lleva a ganar elecciones como cheques en blanco. Esta circunstancia es capaz de redibujar el estado rompiendo los mecanismos de construcción de la soberanía y garantizando que no haya más soberanía que la que él encarna. Así se prepara para una longevidad que solo Dios puede negarle.

Así el chavismo se apoderó de Venezuela, destruyó el país, quemó el petróleo, encarceló a la oposición, quebró el estado y garantizó ser la encarnación de la soberanía desaparecida.

Algunas de sus primeras decisiones fueron: a) concentración de poder en el ejecutivo, b) subordinación de los poderes públicos, c) control férreo del las fuerzas armadas y ampliación de sus funciones, d) polarización social, exclusión de grandes grupos sociales, y liderazgo unipersonal, e) auge y crisis el gasto social que inicialmente disminuyen la pobreza y la desigualdad, pero luego generan falta de confianza, déficit fiscal, inflación y terminan destruyendo la economía y sus aparatos productivos, entre otros.

Y entonces las cosas comienzan a parecerse mucho. La cuatro T y el chavismo tienen, en efecto, semejanzas maravillosas como diría la canción yucateca. Están, en momentos diferentes de sus procesos. El chavismo vive una fase terminal, consecuencia de la destrucción económica y de sus instituciones. La Cuatro T está en una etapa de concentración indiscriminada y paulatina de poder.

El tren ya tiene un rumbo claro. Falta ver si descarrila o llega al abismo.— Mérida, Yucatán

Antropólogo con maestría en Industrias Audiovisuales y doctorado en Comunicación Política

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