A partir del día cinco de agosto, fecha en que la madre de José Eduardo Ravelo Echevarría llevara su ataúd a las puertas de Palacio de Gobierno, los ciudadanos de la ciudad más segura de México entramos en una vorágine informativa —y desinformativa— que nos ha hecho transitar por gran variedad de estados emocionales que van desde la compasión por el sufrimiento de la familia hasta la indignación ante hipótesis varias sobre las causas de la muerte y las supuesta tortura y violación a las que fue sometido antes de fallecer.
No pretendo desmentir o confirmar ninguna de ellas, sino simplemente analizar otros elementos que han jugado un importante papel en el estudio del caso y, como ciudadana, reflexionar sobre la cautela necesaria antes de convertirnos en caja de resonancia de cualquier mensaje o, peor aún, títeres de intereses maniqueos en busca de obtener ganancia política de la indignación pública.
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