La corrupción se define como el abuso de poder para beneficio privado, erosiona la salud, educación, infraestructura, confianza y el futuro de una sociedad.
La corrupción es tan antigua como la civilización, naciendo con el asentamiento de las sociedades y la administración de bienes comunes, manifestándose en sobornos desde 3000 a.C. Existe un relato sumerio, uno de los registros más antiguos de los que se tiene conocimiento, de un maestro sobornado con regalos por su alumno para darle buenas notas. Sin embargo, se maneja como si fuera una enfermedad nueva, una plaga reciente o un vicio exclusivo de nuestro tiempo.
Pero, basta mirar hacia atrás para descubrir que no solo es antigua, sino profundamente estudiada. Hace más de dos mil años, los filósofos griegos ya la señalaban como uno de los mayores peligros para el individuo y para la vida en comunidad. Había ya manipulación de raciones egipcias, o nepotismo en China; sus orígenes se arraigan en la debilidad institucional, la desigualdad, el miedo y la costumbre, evolucionando desde el robo de bienes físicos hasta la erosión de la confianza, con sistemas como la venta de oficios coloniales exacerbándola y siendo combatida históricamente mediante rendición de cuentas y leyes, aunque persiste globalmente.
Al dejar de ser nómadas y establecerse, surgió la necesidad de administrar recursos, lo que generó competencia y la tentación de apropiarse de lo común. La Nueva España llego a convertirse en un caldo de cultivo. Se vendían cargos públicos, mordidas y favores eran comunes y populares bajo Carlos V. El sistema de rendición de cuentas era inexistente. Sin prensa libre o jueces independientes ésta proliferó y se mantuvo como el zacate seco bajo generosa lluvia, que lo resucita siempre porque en realidad no muere jamás.
¿Consecuencias “in eternam”?: Desigualdades, injusticia, y mucha pobreza que se resiste a dimitir o ceder. Es un fenómeno universal. Una mezcla venenosa de naturaleza humana y problemas sociales, pero, más que todo, de la ausencia y/o debilidad de los sistemas de control. Mientras más civilizado y culturalmente preparado es un Estado, muchísima menos corrupción existirá. Los países menos corruptos del mundo, según el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional (IPC 2024), son Dinamarca, Finlandia y Singapur, seguidos de cerca por Nueva Zelanda, Noruega, Luxemburgo, Suiza y Suecia.
¿Qué los caracteriza?: gobernanza transparente, leyes sólidas y cultura de integridad pública, Dinamarca es de todos, el líder consistente. “El mal surge de la ignorancia del bien afirma Sócrates”. Lo que hay que educar es la conciencia. Para Platón no es un accidente: es una traición al propósito del poder. Dejan de buscar el bien común para servir únicamente a sus intereses.
Creo que la definición de Aristóteles es la más completa y profunda: “es el desvío de la finalidad natural del ser humano. Al ponerse al servicio de lo privado en vez de al bien común, se transforma en tiranía. Totalmente de acuerdo”. Estas ideas, formuladas siglos antes de que existieran los Estados modernos, siguen describiendo con precisión inquietante nuestra realidad actual.
Hoy aprendemos —o recordamos— que la corrupción no comienza en los grandes escándalos ni termina en los tribunales. Empieza en pequeñas renuncias a la verdad, en silencios cómodos, en la costumbre de justificar lo injustificable. La corrupción no es solo robar dinero público. Es corromper el sentido del deber, vaciar de significado las palabras justicia y servicio, convertir el poder en privilegio y la autoridad en abuso.
Tal vez, como pensaba Sócrates, seguimos ignorando el bien. O quizá lo conocemos demasiado y hemos decidido mirarlo de lejos. Porque la pregunta no es solo qué es la corrupción, sino cuánto estamos dispuestos a tolerarla —afuera y dentro de nosotros mismos— antes de admitir que también nos hemos apartado de la verdad aunque ésta resuene estallando en nuestros oídos. ¡Tantas veces que nos deja sordos!— Mérida, Yucatán
Abogada y escritora
