“Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.— Jesús de Nazaret, en Mateo 22, 17-22
Con el motivo que en 2026 será el centenario del inicio formal de la llamada Guerra Cristera, recibí una llamada telefónica para invitarme a participar con ese tema en una de las escuelas del Movimiento de Jornadas de Vida Cristiana. El objetivo es que sus jóvenes integrantes conocieran más acerca de los acontecimientos por los que ha atravesado el catolicismo, su religión. Según la información recibida, la escuela pretende una reevangelización entre los mismos muchachos.
Con ese antecedente no debía llegar como el viejo profesor que les llevara su verdad, sino motivar un conversatorio para que concluyeran en lo que aconteció cien años atrás.
En la Historia Nacional, oficial, por supuesto, con su maniqueísmo se exaltan a sus héroes y denigran como traidores a sus enemigos o antagonistas, se trata de hacer parecer a la Iglesia Católica entre los segundos y tiene un rol fundamental entre los villanos de sus narrativas. No todo es así, hay que sacar lo bueno que nos ha dejado el catolicismo, sin desconocer sus errores como en toda institución humana.
Invariablemente se hacen conmemoraciones en los centenarios de acontecimientos importantes que dejaron hitos en la historia, para este año corresponde a la persecución religiosa contra el catolicismo, la religión, por mucho, mayoritaria en México; sin embargo, a pesar de aquello, desde el siglo XIX existieron pugnas con mucho encono y belicosidad entre la Iglesia y el Estado por no saber distinguir entre las obligaciones civiles y las espirituales entre los contendientes.
Los liberales del ayer pretendían mermar el poder de la Iglesia, para, según ellos, conducir a México a una nación moderna con garantías individuales y las Leyes de Reforma para lograr la supremacía del Estado. Entre otras causas esa fue la razón que daría origen a la llamada Guerra de Reforma o de los Tres Años que ganaron los liberales. Aquello no se queda en el siglo antepasado. Durante el largo porfiriato, el discurso era de respeto y se propugnó por una buena relación con el clero, pero sin dar marcha atrás a las reformas liberales en la Constitución de 1857.
Después del triunfo de la Revolución Mexicana se revivieron las pasiones entre los jacobinos revolucionarios y el clero católico. Yucatán, en 1915, tuvo el caso de Salvador Alvarado con sus ataques a los templos, quema de imágenes religiosas y persecución a los sacerdotes. Entre 1922 y 1927, Tomás Garrido Canabal sembró el terror entre los católicos al quemar imágenes e iglesias, así como asesinar a sacerdotes católicos en Tabasco, Veracruz y hasta en la capital de la República. Se decía influenciado por Salvador Alvarado a quien admiraba, ya que, a su decir, su accionar correspondía al de todo un revolucionario. Fue Garrido de los más feroces con sus batallones rojos. Empezaba sus discursos diciendo: “Dios, si existes, mándame un rayo para que yo muera”. Era para demostrar la inexistencia de Dios. Aquello generaba y acumulaba rencores en los católicos. Por supuesto que Obregón y Calles lo apoyaban, él trataba con sus acciones dejar satisfechos a los sonorenses jefes revolucionarios en un claro actuar zalamero.
Siendo presidente Álvaro Obregón fue víctima de atentados y se culpó a grupos y personajes católicos. Destaca el fusilamiento del padre Miguel Agustín Pro, cuando en realidad nunca se pudo comprobar ninguna participación. La verdad era que el valiente sacerdote, haciendo uso de su libertad, pronunciaba fogosos discursos contra el gobierno por los ataques a la Iglesia Católica.
Con Calles en la presidencia, ordena a su fiel congreso crear una ley reglamentaria del Artículo 130 existente en la Constitución de 1917 ésta resultaba sobradamente agresiva contra la religión católica. Cuando el clero decidió no acatar las medidas en su contra, se suspendieron los cultos públicos y las misas. Hubo la necesidad de aplicarlas en el clandestinaje. Aquellas medidas encendieron las pasiones del pueblo católico que optó por levantarse en armas al grito de ¡Viva Cristo Rey!, sobre todo en el centro occidente de nuestro país con campesinos armados, y también surgió la Liga de la Defensa Religiosa para informar a los ciudadanos y apoyar a la lucha armada. Realizaban impresos clandestinos y recolectaban recursos. Asimismo, hubo sacerdotes y habitantes citadinos que se fueron a la guerra para defender su fe con orgullo y pasión.
También se cerraron las escuelas católicas y hubo restricción al número de sacerdotes, quienes necesitaban el permiso de gobernación para ejercer su misión pastoral. Al principio fueron grupos sin organización militar que fácilmente caían a las embestidas de ejército federal. Por aquella razón les urgía un líder con conocimientos castrenses y así fue como el empresario tequilero Bartolomé Ontiveros de una conocida marca que aún existe en el mercado se encargó de encontrarlo y convencerlo, poniendo a su disposición contactos y recursos. El General Enrique Gorostieta, militar retirado, aceptó actuar como mercenario a cambio de $3,000, oro al mes y un seguro de vida para su familia por $50,000, pero aquel combatiente asalariado terminó convencido por la fe manifiesta de sus huestes, él puso el orden y decidió utilizar la guerra de guerrillas para poner en jaque al ejército federal ya modernizado para entonces, pero ante la falta de caminos no podían ingresar vehículos motorizados para combatir a los alzados.
Como en toda conflagración hubo héroes, mártires y traidores en cada uno de los bandos. En julio de 1928 fue asesinado el reelecto presidente Álvaro Obregón, el ejecutor fue un católico radical que se hizo pasar por caricaturista y le vació su pistola para cometer un magnicidio. Sin duda fue el autor material, pero quedan dudas hasta ahora acerca del intelectual y se apunta al presidente Calles para quedarse con todo el poder.
José Sánchez del Río un jovencito de tan solo 13 años en el bando de los cristeros fue apresado, torturado, amputado de las piernas y antes de morir gritaba ¡Viva Cristo Rey! Hoy ha sido canonizado.
Con la mediación del embajador norteamericano se puso fin a esa guerra, aunque sin cesar del todo las hostilidades entre los jacobinos y católicos. Todo por una falta de respeto a la libertad de creencias.
Muy interesados y participativos resultaron los muchachos. Gracias por la invitación.— Espita, Yucatán
Escritor, docente y cronista de Espita
