Una tristeza profunda la visita. Nos conocemos hace décadas, cuando Tlaxcalilla en el estado de Hidalgo, empezó a transformarse.

Estado de caciques, el comercio fue desplazando la actividad agrícola. Hoy es una próspera comerciante.

Al atiborrado establecimiento lo llamamos el “Costco de Tlaxcalilla”. Fruta y legumbre, allí está: guayabas deliciosas, aguacate en su punto, jitomate sin mayugar. Un nuevo cable de celular que se estropeó, allí lo va a encontrar, detrás de lápices y acuarelas para los niños, libretas, baterías de todo tipo. Y si la mirada comete la osadía de hurgar un poco, allí están, termos a muy buen precio o sartenes de todos los tamaños.

Al “Costco” vamos con frecuencia por faltantes imprescindibles: chipotles, o arroz o cerveza o lo que sea. La bodega que está atrás es inmensa, grandes ollas para tamalizas, triciclos, también tequila o ron por si se ofrece.

Ay licenciado, me dice, esto va mal. Ya por las noches circulan unos “camionetones” robados en fuga de la carretera federal, o el huachicol que está por todas partes. Ya nos llegó la droga, también entre los jóvenes.

Esto ocurre en el municipio de Hidalgo, que cuenta ya con preescolar, una enorme primaria, secundaria, un Colegio de Bachilleres y, cerca, un Tecnológico que crece sistemáticamente.

Ese plantel ha abierto horizontes vitales a cientos de estudiantes. Ella y sus hermanos pertenecen ya a lo que llamaríamos clase media. Pero ella sabe, que todo eso fue posible gracias a la creciente estructura educativa.

Son un núcleo poblacional bastante unido, que nada tiene que ver con el Valle del Mezquital de los setenta, que era ejemplo de los peores indicadores: mortalidad materna, infantil, desnutrición, terribles dolores de espalda en las mujeres que todo —lavar, guisar, criar— lo hacían sobre el piso.

Recuerdo hombres tirados por días en las calles hechas sobre roca, con moscas rondándoles la boca, borracheras interminables de una producción incontrolada de pulque.

Hoy hay un buen doctor con una farmacia surtida. Ya tienen dos buenos pozos y ya están en la cuarta generación de demandas municipales —así me dijo un presidente municipal— plantas de tratamiento de aguas.

El término común es movilidad social, esa esperanza, y realidad cuando las cosas van bien, de incrementar ingresos. Pero no es lo más importante, la educación es la pieza clave para ampliar capacidades de ocupación, acceder a un nivel de vida que no se mide en pesos, sino en el quehacer cotidiano.

Cuántos casos no conocemos de padres campesinos, hijos mecánicos y nietos profesionistas. La movilidad, con todo lo que hoy se diga, era un tesoro oculto de la sociedad mexicana: la esperanza es un poderoso motor de mejoría. El Centro de Estudios Espinosa Yglesias cuenta con estudios de primera al respecto.

Conforme el mundo cambia, los requerimientos educativos y laborales también deben escalar.

Va la dolorosa realidad:

En el ciclo 2024-2025, 994,219 jóvenes dejaron sus estudios. Un aumento del 20% con relación con el año previo. En primaria la tasa de abandono alcanzó el 2.8%. En el siglo XXI, carecer de primaria es una condena a la marginación y la pobreza.

Lograr la cobertura total —o casi— en primaria supuso un esfuerzo nacional y continuidad de décadas que hoy quieren ingenuamente borrar de nuestra historia.

En preescolar, falta mucho. Aulas, presupuesto, preparación de maestros, materiales. En secundaria fue lo mismo hasta que alcanzamos el 84% de cobertura.

La educación media superior es compleja, la tentación laboral es enorme. El ciclo pasado el abandono rebasó el 11%. Y qué decir de educación superior, esa ilusión cercana a la fantasía. Abandono, 7.1%. Resultado: de cada 100 niños que ingresan a la primaria, sólo 84 llegan al bachillerato y 28 logran concluir una licenciatura.

La deserción femenina es una tragedia es de otra dimensión: son las madres las que brindan apoyo a sus hijos y logran inyectar empeño. Su tristeza es justificada.

Investigador y analista

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