La educación en México es moneda de cambio para los fines políticos de cada administración, sin importar siglas y colores.
Lo hemos visto con claridad con los recientes movimientos, lo mismo a nivel federal, con el intransigente Marx Arriaga, que estatal, con la salida de la titular encargada del impulso científico, humanista, tecnológico e innovador, en busca de nuevos horizontes electorales.
Es práctica común desde hace décadas que las dependencias encargadas de la educación estén más enfocadas en tareas políticas que en forjar a los educandos que se harán cargo del país en el futuro.
La educación es tarea que da resultados a largo plazo, por eso no recibe la importancia que las autoridades le deberían dar. Para un político mexicano nada hay más repugnante que el largo plazo.
En contraparte, la educación concentra a millones de maestros, un ejército para el trabajo político. Y a decenas de millones de estudiantes, un plato suculento para adoctrinar.
Veamos a los titulares de educación para tener idea de la importancia que a ésta se le ha dado desde el siglo pasado. Si echamos un vistazo, los nombres se barajan en un mazo que incluye ases lo mismo que naipes de la más baja denominación.
En la lista encontramos nombres de la estatura de José Vasconcelos, pilar donde se sostuvo la escuela mexicana después de la Revolución. También está Delfina Gómez.
Algo habrá que reconocerle a Álvaro Obregón, además de su habilidad castrense —hay quienes lo consideran el mejor estratega militar de México—, y es que escuchó a Vasconcelos y le dio armas para alfabetizar el país.
La cosa se empezó a torcer en el maximato, cuando, durante el miniperíodo de Portes Gil, el jefe máximo, Plutarco Elías Calles, fue secretario de Educación, en 1929. La SEP, como oficina de estrategia política, que no el despacho que cincela el futuro de los mexicanos desde la niñez, había nacido.
Jaime Torres Bodet enderezó el barco. Luego vinieron nombres como Porfirio Muñoz Ledo y Jesús Reyes Heroles, cuya carta de presentación era su enorme destreza política, confirmando así que la oficina del titular de la SEP era el despacho donde se fraguaba mucha de la actividad política del PRI.
Con Salinas de Gortari hubo cuatro secretarios de Educación. Del primero, basta recordar el nombre para medir cuan importante era la tarea educativa en ese sexenio: Manuel Bartlett Díaz. Fue en la administración salinista cuando el sindicato se volvió todopoderoso, con Elba Este Gordillo.
La educación al servicio de la política.
Zedillo empezó mal. Nombró al “doctor” Fausto Alzati, de quien pronto se supo que ni título tenía y debió removerlo.
Otros personajes más políticos que educadores fueron Emilio Chuayffet, con Enrique Peña Nieto, y Esteban Moctezuma, con López Obrador.
El sexenio de este último tuvo tres titulares: además de Moctezuma, la hoy gobernadora del Estado de México, Delfina Gómez, quien, aun siendo maestra, demostró nula estatura estratégica, y la que “no podría contestar eso” a la pregunta de cómo un niño aprendería matemáticas en el nuevo modelo educativo, Leticia Ramírez Amaya. Noventa por ciento lealtad, diez por ciento capacidad.
No pudo contestar porque, además de su ignorancia, el modelo se puso en manos de un adoctrinador, no de un educador, que respondía directamente a López Obrador.
La actual administración confirmó la regla de que la educación pública le importa al gobierno un cacahuate: la SEP fue la graduación para el expresidente del partido.
El modelo educativo en México está plagado de estrategia política, manipulación de programas, adoctrinamiento para sembrar “la transformación”, plataformas de lanzamiento en busca de puestos de elección popular…
Diríase que es un milagro que los niños aprendan con ese coctel molotov de intereses políticos ajenos a la educación. Pero no es un milagro: la educación sigue dando frutos por los maestros comprometidos. Si de los titulares y creadores de modelos educativos dependiera, todos los niños estarían volteados contra la pared con orejas de burro.
Los titulares de los poderes siguen viendo las oficinas educativas como bases de lanzamiento de actividades políticas.
¿Y la educación, apá?— Mérida, Yucatán
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Politólogo
