Dos músicos alemanes de primer orden, el clásico Joseph Haydn y el romántico Félix Mendelssohn, suministraron un par de obras magistrales para el decimotercer concierto de la XXXVII temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY), anteanoche, en el teatro José Peón Contreras.
“Junio, junio, junio / ya estás de regreso / con tu cálido beso/ junto a la ventana”
El director titular —maestro Juan Carlos Lomónaco— despejó el umbral de la velada con las antítesis de “papá” Haydn y a través de una de aquellas sinfonías elaboradas durante su obediente servicio como “divertidor” ambulante de la familia húngara de los Esterhazy, poderosa, soberbia y rica como pocas lo hayan sido.
La Sinfonía en Fa Menor No. 49 —con el sobrenombre de “La Pasión”— (1768) nos dio acceso a un periodo intermedio del obrar del llamado “padre de la sinfonía”. Fue redactada conforme a un “nuevo espíritu”, el movimiento prerromántico llamado Sturm un Drang que empujaba las galanterías y los adornos a segundo plano para darle al autor libertad de expresar sentimientos y emociones de toda índole.
El sobrenombre de “La Pasión” le vino porque algunos años después de su composición, fue ejecutada en un pueblecillo alemán durante la Semana Santa, aunque también pudiera haber influido ese carácter melancólico que en pocas ocasiones abandona la estructura de la pieza. No hay unanimidad de criterios.
Un Adagio un tanto tenebroso —con dos cornos ominosos e insistentes— preludia la obra como una marca distintiva. Latiendo cual un corazón débil y cansado, este movimiento, con los violines y los chelos algo reprimidos ante cualquier expansión, alientos como extenuados, posee una extraña belleza en medio de su pesadumbre, cual un cantar misterioso que se acomodara frente a la adversidad.
El siguiente Allegro di molto acelera el pulso, aunque no en demasía, sino con apaciguada cautela. Se acuña un equilibrio preciso y sabio entre cuerdas y alientos, el ánimo cansino se desperdiga un tanto y hasta percibimos —muy tenue— una plácida alegría. Un como leve fuego, botón de esperanza, se enreda en los acordes como enmendando cicatrices de la tristeza.
El instante del Minuetto es cuando se hacen presentes los postulados del Sturm und Drang porque, hasta entonces, el sirviente Haydn se atreve a orillarse a la expresión de signos emotivos, sentimientos tímidamente ocultos entre los adornos palaciegos, como fase germinal de aquel declarado individualismo que los románticos volverán costumbre primaria con Beethoven en primera fila.
El momento final —Presto— no claudica en el tono de tensión algo sombría, aunque el ritmo se anima por momentos, florecillas cautelosas que surgen y decaen, imagen artificial de una sociedad injusta y absolutista. Uno de los temas de inicio es recuperado con precisión y se le maneja holgadamente. La pieza finaliza con diáfano vaivén de las secciones. El público premió con intensidad la correcta versión lograda por nuestra orquesta y su director.
Mendelssohn
Muchacho rico, hijo de banquero judío convertido al protestantismo, don Félix tuvo la esperanzada ilusión de los viajes como acicates de desarrollo emotivo e intelectual. Le agradaban los sitios exóticos o ajenos a la cultura alemana que lo rodeaba con su fría sensatez. Y aceptando el consejo de un amigo mayor —el célebre poeta Goethe— decidió visitar las tierras altas de Escocia, Gales y las bullentes ciudades italianas en busca de novedades que impulsaran la imaginación.
Uno de sus biógrafos explica que don Félix, en 1829 tuvo la vigorosa idea de escribir una sinfonía descriptiva sobre el intenso cambio religioso y político que significó para la humanidad el levantamiento de Martin Lutero contra los dictados de la Iglesia Católica (cuyos 300 años de cumplían). Se dice que fue en el interior de una mina de carbón de Gales, a 300 metros de profundidad, que le vino al compositor la idea genérica del último movimiento de esta obra en febrero de 1830.
Aunque es una de las menos apreciadas por el público, la Sinfonía No. 5 en Re Mayor op 107 nos permite residir en el espíritu apasionado y ferviente de exaltación hacia la libertad de conciencia de un joven muy al tanto del creciente liberalismo, que la elaboró meticulosamente, cuidadoso de los detalles, la corrigió muchas veces después de su estreno en Berlín, pero no permitió su publicación mientras viviera.
Posee cuatro movimientos. Se inicia con un Andante como lenta introducción en forma de fuga a cargo de las cuerdas bajas que recuerda los corales protestantes y el Amén de Dresde luterano se haya incluido. Prosigue con un apasionado Allegro, con efusión de alientos y timbal, en que el aprendizaje del estilo de Juan Sebastian Bach luce evidente. Un segundo Andante cierra esta primera parte.
El estilo liviano y feliz de Mendelssohn se aprecia en el segundo movimiento —Allegro vivace— que es como un despabilarse del tono heroico, un reposo en la inquietud de exaltación del tricentenario del alzamiento luterano. En el tercer instante —Andante— levantado sobre el trabajo de las cuerdas y con el aire de aquellas “canciones sin palabras” para piano, nos prepara el maestro para el gesto triunfal del momento definitivo.
“Y contra mil demonios, no hay defensa ni mejor escudo que el Señor”
Un coral de Lutero (“El Señor es mi castillo”) llamado “la Marsellesa” del protestantismo” —cuyo tema utilizó el propio Bach— embelesa el instante final, primero con un solo de flauta y después con un despliegue de los alientos, se continua con una serie de variaciones en las que el motivo del coral se va dispersando hasta que el movimiento culmina en una vigorosa efusión.
La esforzada y bien ajustada versión causó vivo interés en el público.— Jorge H. Álvarez Rendón
