• A la izquierda, un momento de la misa en la Casa de la Cristiandad; debajo, el arzobispo de Yucatán, monseñor Gustavo Rodríguez Vega
  • Sobre estas líneas y a la derecha, integrantes de las Voluntarias Vicentinas de Yucatán, asistentes a la ceremonia eucarística celebrada ayer en la mañana
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“Manos que dan nunca están vacías; la caridad hacia los más necesitados es ver en cada uno de ellos a Cristo, y cuando se da tanto en lo material como en lo espiritual, la existencia cobra sentido y se torna agradable a Dios”, aseguró monseñor Gustavo Rodríguez Vega, arzobispo de Yucatán, en la misa de acción de gracias celebrada la mañana de ayer en la Casa de la Cristiandad, con motivo de la culminación del jubileo por los 155 años de la fundación de las Voluntarias Vicentinas de Yucatán.

La obra, cuyos orígenes se remontan a San Vicente de Paúl, surgió en 1617 en Chatillon-les-Dombes, Francia, hace ya 409 años. Se sustenta en la iniciativa del santo, quien observó que existía mucha gente generosa, pero carecía de organización, y redactó el primer reglamento el 23 de agosto de ese año, bajo el amparo de la Inmaculada Concepción, venerada como patrona de la obra en asociación con Cristo.

Las Voluntarias Vicentinas nacen con la misión de servir a los pobres.

Al acto litúrgico acudieron representantes de los ocho centros comunitarios de las Voluntarias Vicentinas de Yucatán, encabezadas por la presidenta del Consejo Local de la obra, Ligia Josefina Ferráez Evia, quien recordó que actualmente 74 damas integran el voluntariado.

En su homilía, monseñor Rodríguez Vega, quien celebró junto a los padres Óscar Viñas Olvera e Irving Gabriel Amaro Ramayo y Rosendo Martínez Flores, de la Congregación de la Misión, compartió reflexiones sobre la caridad y el servicio a los más necesitados.

“Nadie puede amar a Dios si no ama a sus semejantes. La obra de las Voluntarias Vicentinas, sustentada en la espiritualidad de San Vicente de Paúl de amar a Dios en los más necesitados, nos recuerda que lo poco o mucho que se posee, al compartirse con los demás, estimula el espíritu de la paz”.

Asimismo, subrayó: “No confundan esperanza con optimismo. El optimismo es creer que las cosas pueden cambiar para bien, pero la esperanza es aceptar lo que Dios quiere. La esperanza nos conduce a la luz y a los bienes eternos; compartir lo material, nuestro tiempo y nuestra entrega es encontrar a Dios en el prójimo, y eso debe alegrarnos. Servir a los necesitados es un don”.

La historia de las Voluntarias Vicentinas en Yucatán se remonta al año 1865, cuando, a solicitud de la emperatriz Carlota durante su visita a estas tierras, llegaron a la entidad las Hijas de la Caridad y los padres vicentinos, con el apoyo de la señora Ana Peón de Regil y su familia. Se fundaron colegios y un albergue, y a partir del 6 de enero de 1870 se organizaron grupos de Damas de la Caridad, en la actualidad Voluntarias Vicentinas, en el Sagrario, San Cristóbal y Santiago.

A partir de ese momento, los grupos comenzaron a crecer tanto en la ciudad como en las comunidades visitadas por los misioneros vicentinos, especialmente con los padres Coello y Petul, originarios de la entidad.

Las fundaciones se extendieron a parroquias de la ciudad y a comunidades como Valladolid, Progreso, Uayma, Tizimín, Umán y Espita, llegando a tener presencia en 34 poblados de Yucatán y 10 de Campeche.

Con el paso del tiempo, las voluntarias llegaron a ser más de 1,400, entre activas y contribuyentes; sin embargo, algunos centros fueron cerrando. Actualmente, la obra mantiene presencia únicamente en Mérida, con ocho centros, 74 voluntarias y un Consejo Local, vinculado al Consejo Nacional y a la Asociación Internacional de Caridades, con sede en Lovaina, Bélgica.

.Entre las acciones que realizan se encuentran la atención de comedores para infancias y personas adultas mayores, visitas domiciliarias, entrega de despensas y aparatos ortopédicos, labores de evangelización, organización de bazares, promoción de la reparación de viviendas y tareas de formación espiritual, entre muchas otras, todas ellas con el amor, la entrega y la caridad como eje central.

Ayer, al finalizar la Eucaristía en la Casa de Cristiandad se ofreció un desayuno a los asistentes.— Emanuel Rincón Becerra

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